Ruby


—Can you hear the alarm bells?
—I think they’re just in your head.
—Hmmm… I don’t feel well.

Except for the first verse
that song could be all mine,
I guess.

I just have this thing with the past.
“Nostfilia”, he said once.
“I will steal the name”, I planned.
But it was “algia” today.
It certainly was.

If you ask me, I don’t like to be chained;
I asfixiate.

I was drowning today,
yesterday,
whenever,
anyway,
I didn’t know where the water came from.

Was it when he asked?
Did somebody asked…?
But what did he say?
(Who the fuck could think that?)

So, did the river flood
and devastate
my mind?

—I am just confused,
I think I said out loud.

I am just confused
about the bright colors in my mind
(RGB, CMYK;
which Pantone is the pain inside?)

Ruby.
I was singing Shallow in my sleep
thinking about a refuge,
a rounded ruby bright red
protector inner circle
of the core.

But I still feel
the panic attack
within myself.
That’s just what it was.

(M) Correr (sueño)


Correr. No de ellos, sino conmigo.

Había salido de la habitación del interrogatorio, donde todo era justificarse. «¿Por qué has sentido lo que has sentido?», «¿por qué has hecho lo que has decidido?». Un hombre jamás tuvo que dar explicaciones de ese tipo. Mesas llenas de interrogadores; mujeres que rezan, que lloran, que se enojan, que reclaman.

—Carla, ¿a dónde vas?

Y eché a correr hacia el estadio. Sentir la lujuria observando mis pasos, y cómo todo lo observable parece ser eso…

No me importó nada. Entré desde la calle hacia las gradas. Subí hasta la más alta y eché a correr por el borde, el borde que separaba la cancha de las gradas, el borde que separaba las gradas del abismo, de la pendiente pronunciada.

Y corrí. Corrí. No huyendo, no con miedo. No huyendo de ellos (de todos ellos), sino yendo conmigo. Oí en mi cabeza el (diluvio de) comentario(s), el tono (despectivo), el juicio (generalizado), un versículo originario (del machismo). Las palabras son un arma contundente, una bala de escopeta que ellos apuntan al centro de mi mente.

Son el río.

Corrí por el borde a una velocidad jamás antes alcanzada. Corrí liberada, sintiendo el vértigo en cada vuelta, la fuerza centrífuga. Y gritaba. Gritaba en cada curva, con un rugido… una llama… un sollozo que desahogaba, liberaba, independizaba. [Ese grito quiero pronunciarlo en voz alta (pero son las 6 de la mañana) en la orilla de la carretera, hacia esos paisajes que nadie frecuenta, que casi nadie frecuenta].

Y rodeé el estadio a la velocidad vertiginosa, una dos, tres vueltas. Y gritaba.

Hasta que vi frente a mí a un hombre que estaba por caer. Un jugador que se tambaleó, o algo así, en un saque de banda. No iba a poder detenerme. Chocamos y quedé debajo de él cuando me cayó encima. Y eso me detuvo de caer por el borde de la grada.

—Sostenme o me voy caer al abismo —Le señalé con la mirada mi situación precaria.

—Tuviste suerte de que detuvieran el partido —dijo y luego sonrió.

Y sonreí.

Hubiera podido caer también hacia el otro lado, hacia la velocidad de sus carreras y la fuerza sus patadas.

Entonces llegó un par de mujeres que me ayudaron a sostenerme por los brazos y sentarme en el borde.

Y les agradecí.

Anoche, el río


Me bañé, de noche,
en el río de sal.

Vino el calor y la niebla,
la idea inconexa
sobre mí y la ventana,
la azotea.

Y el discurso calmado
sobre la primavera.
—El día en que venga,
¿será después de ella?—

Me bañé, de noche,
en el agua ardiente
de la muerte.

—El día en que venga,
¿será antes que ella?—

Y cuando salí,
el cabello se ahogaba
sobre la almohada.

Pero dije: «Abril».

Se abrió una puerta.