Piedra (poesía)


Publicado originalmente en Marimarus

silueta hombreElla acudió a la cita, puntual.

Él se retrasaba.

Se pasó los dedos por el cabello,
nerviosa,
mientras la espera duraba.

A voluntad, dejó de mirar hacia afuera.

Y así, no lo vio cuando entró en escena,
a prisa,
con el semblante más que serio,
helado.

Cuando él llegó,
el sol de la tarde se volvió invierno.
Y las manos temblaban,
las de ambos.

Pero no se tocaron.

Él dejó que ella se explicara.
Ella habló seria, pero risueña,
con palabras ligeras, pero asustada.

Y entonces,
el invierno vespertino se volvió nevada. Sigue leyendo

La máquina (versión lineal)


Al principio ella pensó que era un #sueño, excepto porque no estaba dormida. Pero, ¿quién no ha soñado despierto? Alguien le estaba diciendo qué soñar. Esas olas rompiendo en la orilla, ese frío en los pies mojados. Era demasiado real.

Las bandas en su cabeza le dieron otra pista. Los ‘bips’ intermitentes del monitor le recordaron que no estaba en cama. Sus pies estaban sobre la arena de una playa, su cabeza en un austero cuarto de experimentación, conectada a una máquina.

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Ataque químico



Fui la última en entrar al cuartel. Crucé el umbral y fue entonces cuando comenzaron a sonar las sirenas: La alerta de un ataque químico.

Como el protocolo de seguridad dicta, cerré las puertas tras de mí tan rápido como pude y subí los cierres de la protección plástica que aisla al edificio de los gases tóxicos.

Las manos me  temblaban, fue entonces cuando sentí que uno de mis compañeros las sostenía entre las suyas para calmarme. Alex me ayudó a subir el resto de los cierres. Al terminar, me abrazó para tranquilizarme. Un poco de alivio cálido entre el caos.

Alguien dio un grito ahogado. Volteé hacia donde todos miraban: Un niño pequeño de cabello negro estaba tocando el vidrio con su manita.

Miré hacia mis superiores con un gesto de duda. Una parte de mí gritaba que no podíamos dejarlo allá afuera. Pero su negativa muda fue más imperiosa que cualquier emoción mía.

Si abríamos la puerta para él, todos estaríamos muertos.

En mi cabeza sonaba a todo volumen una canción: “There’s no reason, there’s no secret to decode. If you can’t save it, leave it dying on the road”.

La mayoría del personal de la agencia corrió a refugiarse en la parte trasera del edificio, donde un domo transparente los aislaba del aire exterior.

Tendieron sábanas y toallas para sentarse en el suelo de aquel patio. Fue entonces cuando me di cuenta de que quizá pasaríamos meses encerrados allí, sin nada que hacer más que esperar, mirar y racionar las provisiones.

Me quedé al frente del edificio, como mi puesto de autoridad demandaba, y esperé el inicio del ataque.

Un grupo de patrullas llegó a toda velocidad por el extremo izquierdo de la calle y se detuvo frente al cuartel. Los agentes no se atrevieron a bajar de sus autos y simplemente miraron hacia las puertas de vidrio de mi edificio.

El estridente sonido de las sirenas llegaba amortiguado a mis oídos debido al aislamiento del edificio. Todo lucía al mismo tiempo irreal y extremadamente cierto.

Un grupo mayor de autos avanzó desde el extremo contrario de la calle, claramente tratando de huir del ataque químico: esa gran nube negra que parecía perseguirlos.

Al toparse con las patrullas, no tuvieron más remedio que detenerse, y esperar el golpe.

Yo sólo miré, impotente, a través de la ventana, hasta que la nube negra lo devoró todo.

Cuando se disipó el humo, me atreví a asomarme, junto con otros miembros del personal, por la ventana de la oficina a mi derecha. Pude ver, en medio de los residuos del gas oscuro, restos de edificios y muebles hechos polvo y, entre ellos, esqueletos y cráneos humanos.

Recuerdo que solamente pude preguntarme qué tan poderoso era ese gas como para reducir a huesos a personas que segundos antes estaban con vida.

Afortunadamente, nosotros estábamos a salvo. Atrapados, pero a salvo.

Sofía


Llevaba mis manos a mi vientre, tocaba un bulto y entonces recordaba que estaba embarazada… Percibía un color lila al hacerlo, y así supe que era una niña: Sofía Fernanda.

Pensé que pasaría mas tiempo antes de que tuviera que decírtelo, antes de que me topara contigo de frente,  antes de que tuvieras que verlo y yo tuviera que decirte su nombre…

Puerta blanca


Él y yo ante una puerta blanca, cerrada. Ante una puerta que no queriamos traspasar.

Estábamos bien del otro lado. No interesaba lo que había más allá. Éste era nuestro lugar.

Ni adentro ni afuera, simplemente separados de lo que sea que hubiera del otro lado, de ese misterio: oficinas llenas de trabajo importante que hacer, miembros de un régimen secreto elaborando estrategias, cuarteles de hombres armados preparados para atacar.

Yo me inclinaba por esto último, por eso me sobresalté cuando se escuchó la voz grave y rasposa de un hombre al otro lado de la puerta.

Preguntó si todo estaba en orden. ¿Si todo estaba en orden…? La pregunta no iba dirigida a mí, ciertamente, sino a aquel que estaba de pie junto a mí al otro lado de la puerta.

Él respondió que sí, que todo estaba bajo control, que la prisionera estaba bajo control.

Era yo la prisionera. Y él, mi celador.

Pero debajo de eso, de ese papel, él me cuidaba, era mi protector: Mi guardia y mi guardián.

Llena de miedo, traté de cubrir el ojo de la puerta para que el hombre al otro lado no pudiera ver lo que pasaba aquí.

Él estaba preparando comida para mi, como solía hacer.

Caminó conmigo y me dejó en el camino hacia el campo, cargada de comida escondida en los bolsillos. Me dijo que le había pedido a la encargada de las labores que no me hiciera trabajar demasiado. A mi no me gustaba esa idea. Pero en el fondo, me conmovía que hiciera eso por mí, y me conmovían todas las cosas que solía hacer.