Pesadilla


Me habían hecho regresar a Expansión para trabajar un último día. Era un caos, todo mi escritorio era un desorden y no lograba hacer las cosas bien: no había actualizado mis canales en todo el día. Era un estrés desesperante.

Cuando por fin acabé ya estaba anocheciendo. Empaqué una por una todas mis cosas y dejé mi lugar vacío. Estaba sentada en las mesas de la terraza cuando un compañero me dijo que me apresurara a cobrar mi liquidación porque estaban a punto de hacer el mayor recorte de personal que se hubiera hecho en los medios, el próximo jueves.

Había algo así como un concierto en el patio central. Una compañera me dijo que no sabía a quién invitar al baile, que si yo quería ir con ella… (¿?)

Cuando salí del trabajo apenas quedaba un poco de luz, era casi de noche. Yo caminaba entre una multitud sobre los carriles de un segundo piso. Apenas unos cuantos coches conseguían pasar y habia que tener cuidado de que no nos atropellaran.

Entre la gente destacaban unos hombres que empezaron a hacer bromas y a gritar muy fuerte. De repente uno de ellos, enorme, trató de agarrarme y me levantó del piso para llevarme con él. Yo gritaba con todas mis fuerzas, aterrada, pedía ayuda. «Por favor, ayúdenme, me va a llevar con él, por favor». Me retorcía entre sus brazos para soltarme.

La gente me oía, pero me miraba impotente, sin saber cómo luchar contra esa banda de criminales. Pero entonces, otro amigo del trabajo llegó y me arrancó de ellos. Salí corriendo.

Bajamos el puente y la calle se hizo aún más oscura. Mi esposo ya estaba por ahí, me aferré a sus brazos y nos refugiamos junto a una patrulla y una ambulancia, que parecian vigilar el lugar.

Un policía nos dijo que siguiéramos caminando, pero yo le dije que por nada del mundo nos íbamos a mover de allí: Ya había visto otro grupo de delincuentes esperando a llevarme con ellos. Podía ver la vida que me esperaba allí: palizas y violaciones sin fin.

Nos quedamos allí parados un buen rato esperando a que se fueran. Desperté. Aún siento el miedo.

La huida


Estábamos en medio de un camino desierto, sería mucho llamarlo carretera porque por ahí no parecían circular coches frecuentemente. En medio de la luz del día se veían vagones de tren abandonados aquí y allá.

Nosotros éramos un grupo de cinco o seis personas, claramente nómadas, que cruzábamos el país para llegar a algún punto. Sin pertenencias casi, con un par de mochilas que contenían agua, comida, cigarros. Qué difícil era conseguir un cigarro…

Un par de vehículos llegaron por el camino, se detuvieron junto a nosotros y quedamos atrapados en medio. Comenzaron los gritos y amenazas del grupo de delincuentes. Apuntaban sus armas largas (como dirían las noticias) hacia nosotros.

Pensé que eso era todo: nos matarían o con peor suerte nos llevarían con ellos a un destino horrible. Yo había escuchado estas historias…

Pero entonces comenzaron a pelear entre ellos y aprovechamos la discusión para escapar corriendo con todas nuestras fuerzas.

Los siguiente que recuerdo fue que estábamos en una casa muy grande. Una de esas mansiones que solían ser destruidas para convertirlas en decenas de pequeños departamentos. Pero esta se había salvado, sin embargo había quedado muy lejos el tiempo en el que pertenecía a un sólo dueño, a una ama y señora de su casa. Ahora había gente por todos lados, era el refugio de todos los que, como nosotros, estábamos viajando (¿huyendo?) de algo.

Mmm… Estábamos huyendo del país. Pero ¿por qué?, ¿hacia dónde?

Recorrí las habitaciones de paredes blancas en busca de un baño, todo estaba sucio y revuelto por todos lados. Al salir, conseguí que alguien me diera la mitad de un cigarro.

Ellos estaban planeando nuestra siguiente etapa de viaje.

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Estábamos en un salón reunidos, era una especie de espacio abierto, parcialmente techado. Había mucha gente y cada una debía llenar en una computadora registros sobre sí mismo. Yo tardaba años completando párrafos y párrafos en Word.

Cuando llegó el momento, nos llamaron a todos y nos pidieron las hojas, yo acababa de guardarlas en una mochila, las busqué, pero no pude hallarlas como me ocurre siempre, así que las mandé imprimir de nuevo, apurada.

Al salir de la reunión, un amigo me contaba casi llorando sobre lo difícil que le resultaba la escuela y los exámenes y yo trataba de alentarlo. Pensé en lo afortunado que era al poder ir a una escuela.

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Estábamos caminando en Nueva York. Entramos a una iglesia que encontramos a un lado del camino, parecía sencilla desde fuera, pero al entrar la encontramos majestuosa.

El techo era muy alto, las paredes blancas y decoradas con cuadros de Jesús y de los Santos, no había bancas de madera, sino sillones tapizados de terciopelo rojo. Una alfombra conducía al altar. Avancé para recibir la comunión: en lugar de la pequeña hostia que yo había recibido toda mi vida, me entregaron un envoltorio de plástico. Vi que los demás llevaban hostias del tamaño de un pan, y mi bolsa contenía una cruz… de jamón serrano…. ja ja ja. Pensé: con razón aquí en Estados Unidos los vagabundos no mueren de hambre.

Mar rojo oscuro


Así que me enteré que ella había decidido tirarse al mar, pero no para morir sino para vivir allá dentro.

Miré hacia al mar, era una inmensidad de olas furiosas color rojo oscuro y negro, color sangre. Era de noche.

Fuimos a buscarla todos, a tratar de encontrarla encaramados en estructuras de metal que llegaban mar adentro sobre la superficie. Sólo olas y olas con reflejos rojos y negros.

Perdí mis anillos de compromiso y de matrimonio en el agua… Pensé que no iba a hallarlos, pero aparecieron en una cajita transparente, flotando.

Regresamos a tierra. Entré a una casa con paredes blancas, en un baño enorme me quité el empapado traje de baño, dejando charcos a mi alrededor. De pronto, a mi espalda un voz dijo: «Ella te manda saludos».

Era una niña, sentada en las alturas de un conjunto de estantes blancos que abarcaban toda la inmensa pared blanca. Los estantes estaban repletos de muñecos de peluche de todos los colores.

Peiné con la mirada las repisas porque sabía que allí escondida debía estar mi amiga. Descansando tranquila en un lugar cálido y seco y no en las profundidades del mar nocturno.

No pude encontrarla, pero sabía que allí estaba. Sobre todo, entendí que ella no quería vernos, quería estar escondida allí porque su dolor era tan grande que no quería que tuviéramos que mirarlo o compartirlo. Lo entendí y sin embargo, me enojé: no podía hacernos eso, no podía escapar así, dejándonos creer que había muerto o desaparecido.

StumbleUpon

El mar seguía allí y se aclaró cuando amaneció. Regresé de él y la encontré a ella sentada en una banca blanca, fuera de un conjunto de tiendas, gente por todos lados.

Yo seguía enojada, pero más aun, desconcertada. La miré desde lejos, sentada en esa banca, tan frágil pero tan querida.

No quise decirle nada, sólo la observé, recelosa. Tenía miedo de que me abandonara de nuevo. Ella me miró en silencio con sus ojos oscuros doloridos y algo apenados. Caminé hacia el extremo de la calle de las tiendas, dándole la espalda a su mirada.

Cuando doble la esquina encontré de nuevo la playa. Yo traía mis lentes oscuros que reflejaban el sol del ocaso, amarillo casi blanco, perdiéndose en el horizonte del mar. Estaba muy oscuro y me quité los lentes. Sólo sus reflejos y la afilada luz del sol iluminaban la playa llena de gente, sentada en las orillas sobre la arena; gente callada, inmóvil, mirándome fijamente y con curiosidad mientras yo pasaba. Sentí nerviosismo mientras atravesaba la playa oscura y a la vez iluminada, intimidante.

Boda


Que tenía que sostener en mi mano una cucaracha enorme.. Era como un escarabajo, duro y cuadrado.
En mi asco, lo apreté demasiado y le empezó a salir un liquido viscoso color lila. Estaba en riesgo de matarlo y no debía.
Por fin llegué a un lugar donde pude meterlo a un cajón. Aghhhh.
—–
Estaba en un hotel, encerrada con varias personas que tenían un problema mental o algo. Yo era una de ellas.
Cada quien tenía un cuarto. En el de alguien había un bebé en una canasta, a oscuras, había que ir de vez en cuando a cuidarlo.
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Tenía que ir a comer a casa de mis papás, pero al salir, la policía nos agarraba y nos llevaba ante el juez.
El asunto era por una vez que habíamos estado en Cuernavaca, según haciendo escándalo en la vía pública. Me preguntaron si los shorts que llevaba eran demasiado provocadores, dije que no porque no lo eran.
Yo sentía que todo aquello era una estupidez, yo sólo quería irme. Mi sentencia se vería reducida si en mi vida había hecho obras sociales, pero no me tenían en cuenta todo lo que hice en la Guay.
La sentencia fue exagerada. Mi papá estaba allá afuera y yo me alegraba de que fuera el día de mi boda porque así no sufriría su enojo. Ya no volvería a esa casa.
Me senté en el suelo, viendo a la gente que salía vestida y preparada para la ceremonia.
Entonces, era la boda de Sheila, vestida de blanco.
Se organizaba la procesion antes de lo que yo esperaba y me formaba hasta atrás, sola.
Entraba y me pregunté porque no bailábamos. Ah… Era la boda de Thabata. La vi de pie frente a la inmensa plaza de piedra gris, vestida con un vestido morado con vetas y el pelo medio recogido. Muy guapa.
El escenario era impresionante: un semicirculo de bancas de piedra pulida. El cielo totalmente abierto, al atardecer y pocas nubes de colores. Una brisa fuerte y agradable.
La gente tomaba asiento a su alrededor, las damas vestidas de lila.
Me senté lejos. Hasta que vi que Thabs estaba muy nerviosa y me senté frente a ella. Le pregunté que qué pasaba, me dijo que el Nigger no llegaba, que estaba apenas en Lago. Pero había tiempo y había que tener paciencia. Ella fue a hablar con los tipos de la música.
Alguien al lado de mí me dijo que yo lucía embarazada. Le pregunté si lo decía en serio y después de poner su mano en mi panza dijo: si, 24 semanas… Hice el cálculo y pensé que era demasiado.

Baby


Los temas que discutí durante el día se mezclan de forma extraña en mi mente, en la noche:
En una plaza, varios escuchábamos a alguien que hablaba sobre el fin del mundo, el Armagedón, el Apocalípsis. Decía que Dios atendería primero a los bebés o a aquellos relacionados con ellos, que los salvaría a ellos por una cuestión de la letra ‘B’: “baby”, “(To be) born”.
Yo me alegraba por mi hermano y su familia, y en cuanto a nosotros, pensaba en que quizás para esas fechas (del fin del mundo) ya habría sucedido algo (mmm… no planeado). Hacía cuentas de 9 meses con mis dedos desde enero o hasta enero, ya no recuerdo bien.

Mar ámbar


Tras alejarme de un tenso conflicto, bajé al puerto. Era el momento en que empieza a anochecer pero aún hay luz, pero tan escasa que no sirve para ver.
El mar era amarillo oscuro, color ámbar de anochecer. Y todo era tranquilidad, paz. Caminaba sobre la arena con el agua a mi cintura.
Lejos.

Elvis


Sentados a la mesa, rodeados de amigos, tuve una visión:
Tú y yo, patinando en una pista de hielo. Elvis Presley cantando al fondo: «Wise men say ‘only fools rush in’ but I can’t help falling in love with you». Su voz hermosa y el piano detrás.
Tú y yo, haciendo acrobacias sobre el hielo, enmarcados en esa aura que tienen los videos antiguos: la velocidad distorsionada, los colores solarizados y la luz saturada que quemaba la imagen por momentos: el aspecto de un sueño.
Me bajé de la silla y rodé al lado de la mesa hacia ti. Abracé tu espalda y apoye mis labios contra ti, un ataque de amor.
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Well, we can’t skate (that song) but we can dance (it) (that day).