Sangre en el estudio de ballet


(Soñé que) habían matado a alguien en el estudio de ballet. Yo practicaba giros en la diagonal del salón y mis zapatillas se llenaban de sangre a cada paso.

Los asesinos estaban en una esquina, hablando.

—Al menos limpien la sangre —les dije.

Ellos discutían qué hacer con el cuerpo.

Sigue leyendo

Asesinos abstractos


(Soñé que) querían matarme. Cuando entramos al estacionamiento, un coche se emparejó al nuestro y mi esposo me dijo: «Agáchate».

Los del auto rojo comenzaron a disparar, y yo permanecí agachada contra la puerta, ocultando mi cabeza de la ventanilla. Él trataba de agacharse también, pero seguía manejando.

Sigue leyendo

Nudo corredizo / Mariposas negras


Que iba a colgarme con una cuerda. Estábamos en un clóset muy pequeño y la cuerda era demasiado larga. Una chica que estaba conmigo me ayudó a acortarla. Fuera de eso, la cuerda funcionaba, el nudo corredizo era perfecto.
Alguien lo había dejado todo dispuesto para mí muerte. Y yo estaba dispuesta.
Pero no llegué a hacerlo. Cambio de sueño.
—————
Tenía que matar a alguien, un viejo, pero en el último momento me arrepentía.
Me senté a contárselo a una amiga y a reírnos juntas del pobre hombre.
En ese momento, llegó volando una mariposa negra, de esas que presagian muerte. Fue directo hacia mí. Comenzó a atacarme.
Y entonces se le unieron más. Más mariposas negras volando y estrellándose contra mi cara, contra todo mi cuerpo. Y yo, en un estado de angustia, gritaba y rogaba que alguien hiciera algo, que alguien las alejara de mí.

20120508-084306 p.m..jpg

Ataque químico



Fui la última en entrar al cuartel. Crucé el umbral y fue entonces cuando comenzaron a sonar las sirenas: La alerta de un ataque químico.

Como el protocolo de seguridad dicta, cerré las puertas tras de mí tan rápido como pude y subí los cierres de la protección plástica que aisla al edificio de los gases tóxicos.

Las manos me  temblaban, fue entonces cuando sentí que uno de mis compañeros las sostenía entre las suyas para calmarme. Alex me ayudó a subir el resto de los cierres. Al terminar, me abrazó para tranquilizarme. Un poco de alivio cálido entre el caos.

Alguien dio un grito ahogado. Volteé hacia donde todos miraban: Un niño pequeño de cabello negro estaba tocando el vidrio con su manita.

Miré hacia mis superiores con un gesto de duda. Una parte de mí gritaba que no podíamos dejarlo allá afuera. Pero su negativa muda fue más imperiosa que cualquier emoción mía.

Si abríamos la puerta para él, todos estaríamos muertos.

En mi cabeza sonaba a todo volumen una canción: “There’s no reason, there’s no secret to decode. If you can’t save it, leave it dying on the road”.

La mayoría del personal de la agencia corrió a refugiarse en la parte trasera del edificio, donde un domo transparente los aislaba del aire exterior.

Tendieron sábanas y toallas para sentarse en el suelo de aquel patio. Fue entonces cuando me di cuenta de que quizá pasaríamos meses encerrados allí, sin nada que hacer más que esperar, mirar y racionar las provisiones.

Me quedé al frente del edificio, como mi puesto de autoridad demandaba, y esperé el inicio del ataque.

Un grupo de patrullas llegó a toda velocidad por el extremo izquierdo de la calle y se detuvo frente al cuartel. Los agentes no se atrevieron a bajar de sus autos y simplemente miraron hacia las puertas de vidrio de mi edificio.

El estridente sonido de las sirenas llegaba amortiguado a mis oídos debido al aislamiento del edificio. Todo lucía al mismo tiempo irreal y extremadamente cierto.

Un grupo mayor de autos avanzó desde el extremo contrario de la calle, claramente tratando de huir del ataque químico: esa gran nube negra que parecía perseguirlos.

Al toparse con las patrullas, no tuvieron más remedio que detenerse, y esperar el golpe.

Yo sólo miré, impotente, a través de la ventana, hasta que la nube negra lo devoró todo.

Cuando se disipó el humo, me atreví a asomarme, junto con otros miembros del personal, por la ventana de la oficina a mi derecha. Pude ver, en medio de los residuos del gas oscuro, restos de edificios y muebles hechos polvo y, entre ellos, esqueletos y cráneos humanos.

Recuerdo que solamente pude preguntarme qué tan poderoso era ese gas como para reducir a huesos a personas que segundos antes estaban con vida.

Afortunadamente, nosotros estábamos a salvo. Atrapados, pero a salvo.

Persecución y escondite (otra vez)


Estábamos en un viejo anfiteatro, rodeados de una veintena de personas. Todo parecía ir bien. Pero entonces ellos dijeron que eran hombres lobo, y que bastaba ver su cabello rojo encendido y sus adornos verdes para comprobarlo.

Yo no pensé que nos atacarían, pero él me tomó de la mano y me obligó a correr.

Corrimos fuera del anfiteatro y nos encontramos dentro de un estadio. Iba a dirigirme hacia la salida, donde había guardias y quizá una posibilidad mayor de huir, pero él subió por las gradas y yo lo seguí.

Subimos hasta llegar a los palcos. Abrí la puerta de uno y entré. Nos separamos.

Abrí puertas tras puertas, subí escaleras y más escaleras. Corría, en pánico, a través de baños, a través de cuartos. Hasta que llegué a una serie de departamentos.

Entré a un departamento, silenciosamente. Las paredes eran de madera y el sol iluminaba todo. Abrí puertas y clósets, en busca de un lugar donde ocultarme. Robé un vestido verde para poder cambiarme de ropa y no ser reconocida. Oí los pasos de la dueña de la casa y tuve que salir.

Iba a subir por una escalera, pero escuché pasos que bajaban. Me quedé petrificada. Una chica bajó, me miró y dijo: «Te están buscando en el piso de arriba».

Volví sobre mis pasos y corrí hacia al otro lado del pasillo, completamente asustada y abrí la primera puerta. Resultó ser una especie de oficina, con una hilera de baños a un costado. Estaba dispuesta a meterme en un bote de basura de ser necesario, con tal de que no me encontraran, pero no cabía en ninguno.

Vi un gran clóset, de pared y pared y de piso a techo. Subí, con trabajo, a la parte más alta y me hice espacio, quitando muñecas y ropa. Otras dos chicas estaban allí, también escondiéndose.

Traté de cubrirme con las mismas ropas para que los perseguidores no me vieran si es que abrían las puertas.

Cerré la puerta corrediza frente a nosotras y jalé con todas mis fuerzas de la puerta pequeña del lado derecho, que se seguía abriendo.

Rezaba con todas mis fuerzas para que no me encontraran, que no me encontraran por favor…

Hitler o Voldemort


Nos dimos cuenta de que iban tras nosotros. Así que echamos a correr por los jardines de un sitio grande como una hacienda. Avanzamos, agachándonos junto a las paredes, ocultándonos.

Entramos a una pequeña casa vacía y tratamos de escondernos, acostándonos en el suelo detrás de los sillones. Yo traté de ocultar sus pies detrás de aquel sillón verde, pero era muy visible. Comprendí que yo no lograría esconderme de esa manera, así que me metí como pude dentro del estante de un clóset. Apenas cabía y temía que si alguien lo abría me encontraría de inmediato. Así que traté de ocultarme, echándome encima ropa y cobijas.

Ellos llegarían en cualquier momento. Mi angustia estaba al límite.

Entraron en la casa y yo traté de no hacer ruido. Ni siquiera respiraba. Imaginaba el destino de él, rogaba porque no pudieran distinguir sus pies bajo el sillón.

Al final, él se reveló ante ellos, pero no le hicieron ningún daño. Rieron y lo tomaron como una broma. Agradecí al cielo por eso.

Ellos nos buscában porque éramos diferentes, para castigarnos porque éramos diferentes.

Cuando salieron de la casa, yo me escabullí hacia un auto y me escondí en una especie de cajuela que daba a la parte interna del coche. Trataba de cubrir mi cuerpo por completo con una frazada.

El auto se puso en marcha, y el coche en que ellos iban quedó detrás del mío.

En el asiento trasero del auto que me transportaba,  iba sentada una muchacha sonriente. Me vio y trató de hablar conmigo, sin prestar atención a mi pánico.

Ella no se daba cuenta de que cada movimiento que yo hacía o cada palabra que ella me dirigía, podría revelar mi presencia a aquellas personas. Y entonces, yo sería presa de ellos, y me castigarían o provocarían mi muerte.

Persecución en Nueva York


Que yo había arruinado el negocio de mi padre a causa de una carta que traduje. Sin saber el sentido, yo había dado información confidencial a sus rivales.

En los márgenes de la carta estaban escritos recados de amor nuestros de otros tiempos.

Estábamos en una plaza comercial. Mamá me mandó lejos a checar algún producto para que yo no escuchara el pleito empresarial.

Caminando por la tienda departamental, íbamos él y yo y un amigo que había reencontrado. Mientras ellos platicaban, yo me di cuenta de que nos seguían.

Los dirigí hacia la salida de la tienda, y nos encontramos en medio de una plaza en Nueva York. Frente a nosotros se alzaba el edificio de MetLife.

MetLife

Nos tendimos sobre el pasto y yo intenté tomar algunas fotos del edificio, pero una repentina nube de humo bloqueó la visibilidad. Entonces vi que una estructura había caído sobre el edificio ahora cubierto por una nube negra. Logré ver, con mi cámara, la cabeza de una estatua de piedra en medio de la estructura: era un barco, y el busto era de Poseidón.

De pronto el edificio fue cubierto por el agua, que se desbordó rápidamente hasta llegar a la plaza. Corrimos al interior de la tienda de nuevo.

Alcancé a ver un par de soldados con uniformes rojos y rifles venir hacia nosotros. Eché a correr hacia un elevador, desesperada, apreté los botones para lograr entrar antes que ellos.

Y así inició una larga persecución entre escaleras y elevadores. Al salir de uno, encontré a un viejo conocido impidiendo el paso. Supe que estaba perdida.

A través de trampas, alambres y cuerdas, consiguió hacerme subir por unas escaleras que conducían a donde esperaba, tranquilo y sonriente, su jefe.

Me amarraron, mientras él preparaba una especie de tortura que empezaría por los dedos de mis pies. Conseguí estirarme lo suficiente para alcanzar unas tijeras que enterré en su brazo sin pensarlo dos veces.

Corté mis amarras y salí corriendo hacia un elevador. Mis perseguidores parecían zombies en este punto. Yo les enterraba las tijeras una y otra vez, pero ellos parecían no sentir dolor. Sólo sangraban y se llevaban las manos a las heridas, mientras intentaban atacarme de nuevo.

Herí de muerte a tres o cuatro. La última que quedaba en la habitación blanca era una mujer embarazada. La acuchillé sin piedad hasta llegar a su vientre, entonces pensé que era mejor destruir aquello que llevaba antes de que naciera, ese monstruo… Enterré una y otra vez las tijeras hasta que el horror de la visión me hizo despertarme.