Persecución en Nueva York


Que yo había arruinado el negocio de mi padre a causa de una carta que traduje. Sin saber el sentido, yo había dado información confidencial a sus rivales.

En los márgenes de la carta estaban escritos recados de amor nuestros de otros tiempos.

Estábamos en una plaza comercial. Mamá me mandó lejos a checar algún producto para que yo no escuchara el pleito empresarial.

Caminando por la tienda departamental, íbamos él y yo y un amigo que había reencontrado. Mientras ellos platicaban, yo me di cuenta de que nos seguían.

Los dirigí hacia la salida de la tienda, y nos encontramos en medio de una plaza en Nueva York. Frente a nosotros se alzaba el edificio de MetLife.

MetLife

Nos tendimos sobre el pasto y yo intenté tomar algunas fotos del edificio, pero una repentina nube de humo bloqueó la visibilidad. Entonces vi que una estructura había caído sobre el edificio ahora cubierto por una nube negra. Logré ver, con mi cámara, la cabeza de una estatua de piedra en medio de la estructura: era un barco, y el busto era de Poseidón.

De pronto el edificio fue cubierto por el agua, que se desbordó rápidamente hasta llegar a la plaza. Corrimos al interior de la tienda de nuevo.

Alcancé a ver un par de soldados con uniformes rojos y rifles venir hacia nosotros. Eché a correr hacia un elevador, desesperada, apreté los botones para lograr entrar antes que ellos.

Y así inició una larga persecución entre escaleras y elevadores. Al salir de uno, encontré a un viejo conocido impidiendo el paso. Supe que estaba perdida.

A través de trampas, alambres y cuerdas, consiguió hacerme subir por unas escaleras que conducían a donde esperaba, tranquilo y sonriente, su jefe.

Me amarraron, mientras él preparaba una especie de tortura que empezaría por los dedos de mis pies. Conseguí estirarme lo suficiente para alcanzar unas tijeras que enterré en su brazo sin pensarlo dos veces.

Corté mis amarras y salí corriendo hacia un elevador. Mis perseguidores parecían zombies en este punto. Yo les enterraba las tijeras una y otra vez, pero ellos parecían no sentir dolor. Sólo sangraban y se llevaban las manos a las heridas, mientras intentaban atacarme de nuevo.

Herí de muerte a tres o cuatro. La última que quedaba en la habitación blanca era una mujer embarazada. La acuchillé sin piedad hasta llegar a su vientre, entonces pensé que era mejor destruir aquello que llevaba antes de que naciera, ese monstruo… Enterré una y otra vez las tijeras hasta que el horror de la visión me hizo despertarme.

Persecución sin miedo


Estábamos en un baño público cuando ellos entraron. Ellas dos consiguieron ocultarse tras los excusados, pero ya no había lugar para mí.Me agaché junto a la puerta y vi una salida de agua en el piso. Desatornillé la tapa con mis dedos.

Cuando ellos entraron, dirigí el agua caliente a sus uniformes militares antiguos y azules.

Todos cayeron al suelo, doliéndose de las quemaduras. No pude creer que había funcionado.

Salté sobre sus cuerpos y eché a correr por el pasillo. Por elevadores y escaleras logré salir de edificio.

Pasé por una ventana y encontré a una anciana frente un lavabo, lavando algo.

Antes de que volteara, tomé su cabeza de cabello gris y la giré para romper su cuello, como había visto hacer en las películas.

Sin embargo, no murió, incluso comenzó a hablar: quería dirigirme hacia algún lugar.
Yo estaba frustrada por hacerla sufrir y no haberla matado, así que tomé de nuevo su cabeza entre mis manos…

Saltando por azoteas y a través de ventanas rotas, una mujer me perseguía. Un traje de lycra envolvía su figura. Era una ninja.

Era demasiado fuerte y demasiado rápida para lo que yo podía soportar. Venía tras de mí, más cerca a cada momento.

Sin embargo, no tenía miedo. No sentía la conocida aprehensión que sufro en las persecuciones cuando vengo a la realidad alterna.

En un punto me detuve y la encaré. Estábamos las dos de pie, solas, en la azotea desierta.
Le dije: «Eres mejor que yo, lo reconozco. Déjame vivir para aprender de ti». Ella aceptó.

Texcocoya.com

A la espera de algo terrible


Al volver, sueños vívidos de Nueva York. Situaciones y calles claramente representadas en mi mente. Tuve quizá diez o doce sueños distintos que pude recordar, pero un día después mi memoria se ha borrado.

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Estaba en la oficina, hablando con mis compañeros y ellos parecían ocultarme algo. Cuando miré alrededor, los encontré a todos usando a todos lentes oscuros y mirando hacia la ventana. Bromeé diciendo: «¿Qué, ya estamos en la Matrix? Voy a buscar mis lentes». Nadie rió. Mónica se atrevió a decirme que algo grave iba a suceder. Estaban todos a la espera de patrullas o de coches militares.

Me levanté del escritorio, sabía que ya no podía hacer más puesto que ya no trabajaba ahí. Caminé por los pasillos y me fijé en el carrito con utensilios de limpieza que empujaba una señora. La rueda parecía estar en llamas y a punto de hacer explotar un tanque de gas.

Corrí con todas mis fuerzas, esperando llegar a las escaleras antes de que explotara. Quise advertirle a Isabel, pero no me atreví a detenerme. Sólo grité «fuego» y seguí corriendo. La explosión sucedió ya que había llegado al otro bloque de escritorios. Deduje que ese era el terrible suceso que esperaban.

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Otra noche, pero de nuevo, la sensación de que algo malo iba a pasar.

Yo estaba empacando mis maletas para irme a vivir fuera del país. Antes de irme, pasé por la vieja escuela: un edificio alto de paredes y escaleras blancas.

En un salón, estaban dando misa. El padre intentaba mantener una apariencia tranquila, pero yo podía distinguir la tensión en él y en el resto de los sacerdotes. Sonreían, pero no querían hacerlo.

En otro salón, nos sentamos frente a una mesa larga y rectangular. Yo estaba cerca de la cabecera y a ambos lados tenía sentados a algunos policías. Sus radios sonaban de vez en cuando. Yo me esforzaba en comprender lo que las voces al otro lado de la ruidosa línea decían. Hablaban sobre algún acontecimiento malo que estaba a punto de ocurrir.

Los policías bajaron el volumen de su radio e intercambiaron miradas nerviosas. Comprendí que era tiempo de marcharme, llamé a mi esposo y jalé su mano para bajar corriendo las escaleras del edificio.

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Estábamos en un lugar nuevo, nos indicaron que debíamos atravesar por un puente. Muy tarde recordé que en ese puente había un sujeto que se había impuesto la tarea de «castigar» a los violadores. A todo el hombre que atravesaba el puente lo consideraba culpable. Corrimos, logramos escapar. Tensión, angustia. Recuerdo que se escapa.

Pesadilla


Me habían hecho regresar a Expansión para trabajar un último día. Era un caos, todo mi escritorio era un desorden y no lograba hacer las cosas bien: no había actualizado mis canales en todo el día. Era un estrés desesperante.

Cuando por fin acabé ya estaba anocheciendo. Empaqué una por una todas mis cosas y dejé mi lugar vacío. Estaba sentada en las mesas de la terraza cuando un compañero me dijo que me apresurara a cobrar mi liquidación porque estaban a punto de hacer el mayor recorte de personal que se hubiera hecho en los medios, el próximo jueves.

Había algo así como un concierto en el patio central. Una compañera me dijo que no sabía a quién invitar al baile, que si yo quería ir con ella… (¿?)

Cuando salí del trabajo apenas quedaba un poco de luz, era casi de noche. Yo caminaba entre una multitud sobre los carriles de un segundo piso. Apenas unos cuantos coches conseguían pasar y habia que tener cuidado de que no nos atropellaran.

Entre la gente destacaban unos hombres que empezaron a hacer bromas y a gritar muy fuerte. De repente uno de ellos, enorme, trató de agarrarme y me levantó del piso para llevarme con él. Yo gritaba con todas mis fuerzas, aterrada, pedía ayuda. «Por favor, ayúdenme, me va a llevar con él, por favor». Me retorcía entre sus brazos para soltarme.

La gente me oía, pero me miraba impotente, sin saber cómo luchar contra esa banda de criminales. Pero entonces, otro amigo del trabajo llegó y me arrancó de ellos. Salí corriendo.

Bajamos el puente y la calle se hizo aún más oscura. Mi esposo ya estaba por ahí, me aferré a sus brazos y nos refugiamos junto a una patrulla y una ambulancia, que parecian vigilar el lugar.

Un policía nos dijo que siguiéramos caminando, pero yo le dije que por nada del mundo nos íbamos a mover de allí: Ya había visto otro grupo de delincuentes esperando a llevarme con ellos. Podía ver la vida que me esperaba allí: palizas y violaciones sin fin.

Nos quedamos allí parados un buen rato esperando a que se fueran. Desperté. Aún siento el miedo.

Pesadilla psicológica


Que salía de una casa, de un portal, y afuera había un hombre.
Me asusté de inmediato al verlo.
Él me tomó de los hombros para llevarme con él. Me llené de pánico.
Como pude, me resistí entrando en la primera puerta que vi. Era una tienda de abarrotes.
Creo que yo estaba montada en los hombros de este sujeto, que era enorme.
En el techo de la tienda, a mi alcance, había copas, vasos y botellas. Tome una botella y rompí el vidrio, para usarla como arma.
Golpeé su cabeza una y otra vez, una y otra vez, hasta que la destruí, hasta que no fue sino una masa sangrienta.
Y como yo estaba sobre sus hombros parecía que yo había destruido mi propia cabeza. No podía ver mi cabeza.

¿Simbolismos?


Estaba en el cuarto de mis papas, sentada de frente al pasillo, platicando con ellos.
De pronto, vi pasar un hombre al final del pasillo hacia la sala. Volteé hacia mi madre y le pregunté: «¿Quién esta en la casa?». Y me dijo que nadie.
Me asusté porque el hombre se parecía a mi papá. Y luego vi pasar a una mujer parecida a mi mamá. Pero ellos estaban allí.
De repente se acercaron y vi sus ojos en blanco y su maldad.
Trataban de engañarme diciendo cosas como: «Está atrás de ti».
Me metí en su cama, cual niña pequeña, en medio de los dos. Temblaba de miedo.
Fui a mi cuarto después y le gritaba a mi mamá: «Ven, ven». Muerta de miedo.

El funeral de Jesucristo


(Oh, este sí supera a todos…)

Estaba en el funeral de… Jesucristo.

Era uno de esos velorios tipo gringo, en los que la gente se sienta en sillas de frente al ataúd. Y allí estaba el ataúd de Él.  A mi lado izquierdo estaba sentado el Diablo. Era un tipo elegante y seductor, algo así como un Mauricio Garcés: traje gris, bigote puntiagudo y un gran porte.

Se recargó contra la silla, hasta quedar casi acostado y encendió un cigarro de mariguana. Al fumar, llenó el ambiente de humo. Me sentí drogada sólo de respirar. Yo era la encargada de decir el discurso para despedir al difunto y me preocupé porque no podía recordar nada de lo que quería decir, de lo que había planeado decir.

Salí al pasillo en busca de aire fresco.. quise entrar a un baño para mojar mi cara y recuperar mis ideas, pero Lucifer, con su encantadora presencia, venía tras de mí. No supe más.

………….

En otro sitio, una gran escuela, los jóvenes era acarreados por órdenes de los profesores o directores. Yo trataba de escabullirme, confundiéndome entre el mar de gente.

Logré meterme a un pasillo sin ser vista y llegué a un dormitorio. Me asome a la ventana para tratar de calcular si seguiría viva después de saltar. Estaba demasiado alto. A ambos lados de la ventana existían escalerillas, pero no alcanzaría a llegar a ellas. Abandoné la idea.

Aún a escondidas llegué a una habitación, era de una de las directoras. Vi una ventana abierta, serían acaso treinta centímetros lo que medía. Me lancé a través de ella y me abrí paso con todas mis fuerzas hasta lograr atravesarla.

Caí sobre el pasto en un jardín interior a la casa. Salté la barda que era muy baja y me alejé corriendo del sitio donde los otros jóvenes quedarían presos de una ideología ajena.