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Acerca de Carla Paola Reyes

Editora general de Editorial Salto al reverso. Mi objetivo es fomentar mi crecimiento profesional y personal impulsando a escritores y artistas para que publiquen sus propios libros. Soy editora general de la Editorial Salto al reverso, que publica obras de poesía, relato y artes plásticas en inglés y en español.

Revista Salto al reverso #7


Reblogueo la revista #7 de Salto al reverso. Fue un placer colaborar con tantos autores y editores talentosos. Un abrazo a todos y muchas gracias por su participación.

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Ya está publicada la séptima edición de la revista Salto al reverso (junio-agosto).

Revista 7 Salto al reverso FINAL

AÑO 1, NÚMERO 7
junio-agosto 2015

‘Amores enfermizos’

issuu

Pueden ver este y los anteriores números en la sección Revista.

Y en nuestra página en Issuu: issuu.com/saltoalreverso

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La angustia del nunca (sueño)


«¿Dónde estoy, dónde estoy?», pensé.

Intenté abrir los ojos y solo vi un flash de luz, una breve imagen. Y otra vez se cerraron. Era incapaz de recobrar la consciencia.

La segunda vez, mis ojos permanecieron abiertos. «No, no, no», pensé. Ni siquiera estaba en mi país. «¿Cómo llegué aquí?». Estaba en esa ciudad extranjera, sentada en una banca ante una parada de tranvía.

Todo a mi alrededor parecía estático, detenido en el tiempo. Una sensación de peligro me traspasaba toda. Pero debía fingir que estaba bien.

Miré a mi alrededor. Estaba en una plaza. Un par de jóvenes fingían dormir en otras bancas. Pero todos me miraban disimuladamente. Yo estaba decidida a largarme de allí e ir a un lugar seguro.

Me levanté y crucé la calle, y entonces alguien me interceptó. Era una vieja conocida de la escuela. Me llamó por mi nombre.

—Te están esperando de aquel lado. Tienes que ir con ellos.

Simplemente la ignoré.

Continué hacia el centro de la plaza. Había más gente conocida allí, antiguos amantes, amigos, mi esposo.

Todos me decían: «Debes ir allá. Te están esperando de aquel lado».

Seguía sin entender hasta que lo vi: los restos del avión sobre el centro de la plaza.

Y lo supe: estaba muerta.

La desesperación se disparó. «Estoy muerta, estoy muerta, estoy muerta». Y fue exactamente como dicen: esa sucesión veloz de todos los recuerdos importantes de tu vida, todas las personas importantes. Pero faltaba una. Una. Nunca sus ojos. Nunca su abrazo. Nunca… No, hasta que él muera. Y la ansiedad. No hay palabras para describir la ansiedad. «Díganle… díganle…».

Me llamaban por mi nombre otra vez. «Tienes que venir de este lado, ir con ellos. Te están esperando».

Me llevarían al otro lado, pero esta vez yo no quería ir. No lo quería con todas mis fuerzas. No.

Caminé más allá de los restos del avión. Hasta el borde de la plaza. Rehusándome a ir con ellos, los que me esperaban.

Y grité, grité, grité con todas mis fuerzas y sin voz. Y la desesperación no me despertó.

La complicada huida (sueño)


Era el momento esperado después de décadas. Debía salir de ahí y yo quería su compañía. Los recuerdos de años eran grilletes en cada una de las habitaciones de esa prisión; en cada pasillo, balcón, ventana enrejada. Incluso estaban presentes en el patio de ‘recreo’ que daba al exterior.

Tirados en cama, en la celda, fingíamos dormir ante la vigilancia.

Había que escapar y yo sabía las claves. Eran frases, no demasiado largas para recordar pero un reto a mi memoria dañada. En voz baja le pedí a él que las memorizara también. Le dije que era la única forma por si en el momento del escape nos arrebataban todo, todas las notas, todas nuestras posesiones.

Puse en marcha el plan cuando todos en la prisión estaban despiertos. La gente caminaba por todos lados sin sospechar que se acercaba la alarma, el veneno escondido, el momentáneo caos.

Y así llegó. Eclipsé sus mentes con la sustancia disfrazada. Una mano tendida hacia mí en súplica, pero no. A partir de entonces nadie me recordó. Pude caminar ante sus ojos como una desconocida. Nadie trató de detenerme cuando usé las claves aprendidas para largarme.

Ahora todos me sonreían, ciegos. Oh, pero yo sabía. Yo recordaba todo, las décadas y las frases.

Y era un lugar nuevo la prisión. Un lugar de retiro junto al mar: barcos y veleros anclados en las orillas, gente paseante bajo el sol. Se acercaba el ocaso. Muchos querían volver a casa y yo no sabía hacía dónde era eso.

Así que me acerqué al muelle donde la gente feliz lucía algo angustiada. Querían la vía de salida más rápida. Y yo no. Yo miraba el mar con ojos nostálgicos de quien no quiere apartarse, y pensaba que nada me haría más feliz que sumergir mis pies en sus lenguas azul cobalto.

¿Está cerrado el mar? El encargado de los barcos dijo que no. Y cuando me miró a los ojos, supe que él sabía quién era yo. Pudo ver a través del olvido. Dejó a los otros marcharse en el submarino exprés, y me ofreció un paseo lento que me permitiría mirar a mi antojo las olas.

Acepté. Me bañé en mi camarote frente al amplio ventanal que mostraba el mar. Todo era agua a mi alrededor: la vista, el tacto, en mi boca, y el vapor. Nada más necesitaba mi corazón que mi propio elemento. El cabello largo y fastidioso se aplacaba en el rocío de la regadera caliente.

Oh, ¿y por qué no me he lanzado al mar?, pensé.

Llegando a puerto, seguí una voz conocida hacia afuera. Y me encontré una pistola apuntando a mi frente. Y no una, veinte armas hacia mí, en una extraña práctica policial en plena vía pública.

Pero había un hombre que me apuntaba fijo y me sonreía. Hazlo, pensé, mirando su rostro indescifrable. Me encogí esperando la bala cuando tiró del gatillo. Y vi llegar a mi rostro agua, de su pistola de agua. Agua, agua, agua. Y sonreí al entender su gesto. Y sentí la angustia en mí y no alivio. Nunca alivio. Solo agua, agua, agua.

Cetro


columnaUn dios
clavado en la cima
brilla

el que ató mis manos
para arrastrarme

Y sin embargo,
nada que reprocharle

Yo lo quise,
pedí esta agonía

Un ancla
clavada en tierra
persiste

la que ató mis pies
para maldecirme

Y sin embargo,
todo que agradecerle

Yo lo quise:
nacer de ella
ser su hija

Un diamante
es la joya
del cetro que sostiene
toda mi vida

de la columna
—rota—
que es mi eje
y mi vía
de salida