No tengo miedo de hablarte,
ni de buscar en mí lo que quedó de ti.
No temo dirigirte la palabra
porque después de tantos años
no importa más.
Sin esperanza ya,
sólo un vago remedio,
una cura a la larga.
De esto, no me detiene nada.
Incluso, me gusta mirar
tras la cortina de los años,
de los que fueron,
y de las cosas que no serán.
Solamente me aterra
que no sepa escuchar la llamada,
que no atienda al corazón
cuando me dicta la palabra exacta;
que no encuentre mi voz,
la que abre el camino desde dentro hacia los dos.
Tengo miedo
de que (tú/yo) no encuentre mi voz,
de vuelta.
Mi voz…
Dios venía a verme
Que Dios venía a verme. Yo lo veía como una figura blanca y alta, envuelto en túnica. Pero en el espacio en que debía estar su cara y su pecho, sólo había un gran óvalo negro.
Es imposible de mirar.
Recuerdo que me extendió su mano y yo acerqué la mía.
También recuerdo algo de negro en esa túnica.
Al principio lo había olvidado, pero los demás me contaron que a medianoche yo llevé a Dios con ellos, a su habitación.
Para mí, todo el recuerdo era difuso, como si esa noche hubiera estado drogada o alcoholizada. Pero era verdad.
Estábamos todos en una casa enorme, como una escuela o un convento. Yo paseé por los corredores enormes bordeados de camas. Sólo encontré desastre allí.
Tenía que bajar por una rampa de metal, pero de pronto se detuvo. Yo empujaba un carrito de supermercado y me esforcé por no soltarlo para no lastimar a los demás.
Había niñas allí, de diferentes edades. Ellas cabían por un túnel de metal que se abría al final de la rampa. Las arrojamos de espaldas. Para ellas era como una aventura.
Como yo no cabía, tuve que ir por las escaleras. En cada descanso encontraba camas con objetos míos: almohadas, ropa… Tomé varias cosas para llevarlas a mi nueva casa.
En un piso, encontré a mi padre hablando con otros señores. No quise salir de la escalera.
‘Eleanor Rigby’ de fondo
Teníamos que abandonar el barco, se estaba hundiendo. Yo trataba de empacar mis cosas: guardar ropa y meter gelatinas en cajas.
Todo era un desastre, le dije a mi esposo que lo ordenaría cuando regresáramos.
Pasamos a desayunar a un restaurante estilo estadounidense: muchas mesas y mucha gente, y de autoservicio.
Al terminar, él fue a pagar y me dijo: «Te espero afuera». Se nos hacía tarde para ir al trabajo. Yo fui a la caja y tardé mucho. Tuve que ayudar a la cajera a limpiar varios platos.
Cuando por fin me cobró, me dio una tarjeta para que escribiera en ella tres canciones que me iban a regalar en iTunes o algo así. Yo escribí tres de los Beatles, pero todas eran «Eleanor Rigby», sólo que con nombres distintos como «Strangers» o «Lonely people».
Tarde años en poder escribirlas. Salí a decirle a mi esposo que se fuera a su trabajo.
Me hicieron una especie de fiesta: Mucha gente en una explanada y una orquesta al fondo.
Sentada en las gradas con los demás, me disponía a escuchar los tres temas que había pedido. Tocaron canciones de Shakira, mientras la cajera bailaba. Yo sólo quería escuchar «Eleanor Rigby».
El festejo fue interrumpido por las noticias de que, durante un festival de Reggae, se habían registrado ataques terroristas.
En un momento ya estaba allí, en la Astor Plaza en New York City. Los hombres con rastas alzaban carteles de paz, restando importancia al asunto.
Veía al centro de la plaza, un edificio de gobierno con pilares blancos y de mármol rosado. Una bomba explotó justo en el centro de la fachada.
Entonces, por fin, «Eleanor Rigby» comenzó a sonar a todo volumen en mis oídos.
La explosión fue pequeña y sumamente brillante. Al final arrojó agua y salpicó a la multitud. Corrí, estuve a centímetros de ser alcanzada por la sustancia que yo creí un arma química.
Yo buscaba desesperadamente a mi esposo, sin suerte.
Escuché una segunda explosión.
Hablaba con una señora que estaba corriendo a mi lado. Decíamos, sobre el sonido estridente de violines y las voces McCartney y Lennon, que qué terrible país era aquel. Elogiábamos a los nuestros. Ella era de Brasil creo.
Subimos una escalera no muy ancha, que desde la plaza se elevaba hasta una playa. La vista inmediatamente me tranquilizó. El mar era como una alberca que llegaba casi hasta nuestros pies. La gente nadaba y jugaba en él, tranquilamente.
Volteé hacia atrás, y en medio del caos de la plaza, pude distinguir a mi esposo subiendo la escalera.
«Ah, look at all the lonely people. Ah, look at all the lonely people».
Avioneta
No sé cómo explicarlo, pero en la puerta del bar había una avioneta incrustada. (La imagen debe venir del concierto de Roger Waters-The Wall o de las Torres Gemelas, quizás)
Estábamos en un puerto, entramos por la extraña puerta al enorme bar. Había mesas por todos lados.
Él se sentó, pero yo tuve que salir a hacer algunas cosas. Encontré a un antiguo profesor y a una tía. Conversando con ellos, perdí el tiempo. Cuando volví, él ya había acabado su tarea y se fue a jugar Play Station.
Yo quería acabar mis deberes pero ni siquiera sabía por donde empezar.
Premio de literatura :p
Había ganado un premio de literatura en el extranjero. Me enteré mientras caminaba por las calles de aquel país y vi un espectacular que decía: «Carla Paola Reyes debe donar su premio de literatura al Hospital Fulano de Tal».
Así que gané un premio, me dije. Le tomamos una foto al anuncio y empezamos a buscar el hospital. No tenía inconveniente en donar el dinero, porque un premio significaba que tarde o temprano me reconocerían con otro y así… al éxito. 🙂
Llegamos a un hospital y nos dijeron que allí no era. Buscándolo de nuevo, íbamos caminando al borde de una especie de Periférico bajo la luz del mediodía.
Mamá mencionó entonces que yo debía asistir esa tarde, dentro de un par de horas, a la ceremonia de premiación. «¿Y apenas me dices?». Yo no llevaba más que un par de tennis deportivos, una blusa roja de algodón y jeans.
Ella trató de convencerme de que no tenía importancia que fuera así vestida, y empezó a dar excusas sin sentido por no haberlo dicho antes. Pero yo sólo pensaba en que el mundo entero iba a verlo en la televisión.
Entramos a una tienda y compré un desodorante, un perfume pequeño. Iba a buscar algo de ropa decente. Pero entonces comencé a probarme pelucas, extensiones de pelo y se me fue el tiempo.
La tienda se convirtió en una escuela y la vendedora, en una maestra. Había niños por todos lados y yo trataba de buscar en la computadora de la profesora el nombre de la institución que me había dado el premio.
Un niño insistía en poner sus dedos sobre el teclado y arruinar lo que yo escribía. Enojada, le di un manotazo. Salió, llorando, a acusarme con su mamá.
Yo estaba cada vez más frustrada y enojada. Llamé, aún calmadamente a la maestra y a mi mamá, que esperaba en un pasillo afuera. Les expliqué que estaba a punto de convertirme en algún monstruo tipo Hulk, que estaba a punto de estallar. Que se llevarán a los niños por favor.
Nunca llegué a la ceremonia del premio de literatura. Un sonido extraño de piano me despertó y no supe de dónde salió.
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Que él iba a mudarse al norte, más arriba de Monterrey, a Estados Unidos. En un patio había miles de cajas que se debían transportar. Muchos hombres las custodiaban, creo que eran del ejército.
Yo trataba de ayudar y entraba a una alberca techada, nadaba hacia el fondo para recuperar unas credenciales. Se las entregaba a un oficial.
Musical
Que estaba cantando en un musical, casi iba a acabarlo, pero mamá me interrumpía: teníamos que movernos de sitio.
En el camino logré recopilar unas cuantas cosas necesarias para la obra: un papalote, un par de sillas.
Al llegar al nuevo lugar, me di cuenta de que estaba en mi habitación de cuando era niña. Había que decorarla para que el musical se viera mejor. Una amiga de la primaria me ayudaba.
Empecé a practicar mis canciones, mientras bailaba. Me sentía tan libre al hacerlo, por fin estaba bailando y cantando, y bien.
Ya quería empezar de nuevo, el público iba llegando y se desesperaba por el inicio del show. Pero, como siempre, fue uno de esos sueños frustrantes en los que nunca acabo de hacer lo que deseo.
A la espera de algo terrible
Al volver, sueños vívidos de Nueva York. Situaciones y calles claramente representadas en mi mente. Tuve quizá diez o doce sueños distintos que pude recordar, pero un día después mi memoria se ha borrado.
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Estaba en la oficina, hablando con mis compañeros y ellos parecían ocultarme algo. Cuando miré alrededor, los encontré a todos usando a todos lentes oscuros y mirando hacia la ventana. Bromeé diciendo: «¿Qué, ya estamos en la Matrix? Voy a buscar mis lentes». Nadie rió. Mónica se atrevió a decirme que algo grave iba a suceder. Estaban todos a la espera de patrullas o de coches militares.
Me levanté del escritorio, sabía que ya no podía hacer más puesto que ya no trabajaba ahí. Caminé por los pasillos y me fijé en el carrito con utensilios de limpieza que empujaba una señora. La rueda parecía estar en llamas y a punto de hacer explotar un tanque de gas.
Corrí con todas mis fuerzas, esperando llegar a las escaleras antes de que explotara. Quise advertirle a Isabel, pero no me atreví a detenerme. Sólo grité «fuego» y seguí corriendo. La explosión sucedió ya que había llegado al otro bloque de escritorios. Deduje que ese era el terrible suceso que esperaban.
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Otra noche, pero de nuevo, la sensación de que algo malo iba a pasar.
Yo estaba empacando mis maletas para irme a vivir fuera del país. Antes de irme, pasé por la vieja escuela: un edificio alto de paredes y escaleras blancas.
En un salón, estaban dando misa. El padre intentaba mantener una apariencia tranquila, pero yo podía distinguir la tensión en él y en el resto de los sacerdotes. Sonreían, pero no querían hacerlo.
En otro salón, nos sentamos frente a una mesa larga y rectangular. Yo estaba cerca de la cabecera y a ambos lados tenía sentados a algunos policías. Sus radios sonaban de vez en cuando. Yo me esforzaba en comprender lo que las voces al otro lado de la ruidosa línea decían. Hablaban sobre algún acontecimiento malo que estaba a punto de ocurrir.
Los policías bajaron el volumen de su radio e intercambiaron miradas nerviosas. Comprendí que era tiempo de marcharme, llamé a mi esposo y jalé su mano para bajar corriendo las escaleras del edificio.
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Estábamos en un lugar nuevo, nos indicaron que debíamos atravesar por un puente. Muy tarde recordé que en ese puente había un sujeto que se había impuesto la tarea de «castigar» a los violadores. A todo el hombre que atravesaba el puente lo consideraba culpable. Corrimos, logramos escapar. Tensión, angustia. Recuerdo que se escapa.


