Sombrero de espinas


Estaba caminando por una calle oscura. Lloraba mi propia muerte. Recuerdo con claridad que estaba devastada, por la muerte de alguien, y ese alguien era yo misma.

Al final de ese callejón, encontré lo que buscaba: un ‘sombrero de espinas’, entretejido con tallos secos de rosas.

Debía colocarlo en mi cabeza.

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Estábamos todos discutiendo.

No recuerdo bien el motivo, simplemente recuerdo que yo le dije a alguno de los dos: ‘¡Ya no digas más eso!’

Entonces tomé una silla de madera, y golpeé al hombre varias veces en la cabeza. La silla simplemente se rompió. En realidad, nadie salió herido.

Trepé a una parte superior de la habitación. Como una barra de concreto que estaba casi rozando el techo de la cocina. Era algo que solía hacer antes de ir a la escuela, para tomar mi lunch o algo así.

Cuando miré hacia abajo vi a un prima que había regresado, que había logrado dejar al hombre que la maltrataba. Bajé corriendo y la abracé con todas mis fuerzas.

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La escuela. Llegaba tarde a una clase y atravesaba el enorme campus corriendo a toda velocidad.

Subí por un elevador y entré a una sala de cómputo para imprimir un trabajo. Un chico guapo me explicó un par de cosas sobre la impresora.

Corrí hacia el salón, sin saber muy bien en qué parte del laberíntico edificio estaba. Vi a una vieja amiga y supe que el salón estaba allí. Me animaron a entrar, pese a que ya habían pasado 45 minutos de clase.

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Otra vez la escuela. Varios compañeros huyeron de la clase de aquella maestra estricta. Logre sentarme junto a aquel niño. Me hacía reír mientras sacaba los cuadernos de mi papelera.

El resto de los alumnos boicoteamos la clase. Todos dijimos que debíamos salir por algo fuera del salón. Salimos corriendo justo a tiempo para que la maestra no nos viera.

Ojos color lila


Dos imposibles:

Mi tía Vicky estaba viva. Ella, mi mamá, mi abuela y otra tía estaban en la Guay, iban a ir a un paseo o algo así. Todas vestían pants grises, como si fuera un uniforme.

Mi tía Vicky tenía el cabello blanco y lo llevaba corto. Había envejecido, sin embargo, seguía fuerte y hermosa. Estaba sentada en una banca, esperando con las demás a que mi mamá terminara de arreglarse.

Mientras tanto, otro imposible sucedía. Me habían mandado a reportear. Yo estaba trabajando en Expansión y debía ir a una convención a averiguar si sí o no iban a hacer no sé qué.

Debía llegar a las 7 de la mañana del día siguiente, y mandar como mínimo dos notas, supuse. Pensé en enviarlas ya escritas, en lugar de llamar para que alguien tomara dictado.

Isabel no había ido a trabajar, ni ese día ni el anterior  (quizá estaría enferma). Así que tuve que buscar sola un sitio para comer.

El comedor parecía en realidad una fiesta, la gente estaba platicando en grupo. Me senté junto a un amigo y platicamos un poco.

Caminé de regreso a dónde mis tías y mi abuela esperaban a mi mamá. Me senté junto a mi tía Vicky y le pedí disculpas por no estar ahí más tiempo, le dije que estaba nerviosa por el asunto del trabajo.

Sentadas en la banca, la tomé del brazo y recargué mi cabeza en su hombro.

Le dije: «Te quiero tía, te he extrañado». Porque yo creía que ella había estado viviendo en Tijuana todos estos años y por eso no la había visto.

Me dijo que estaba bien, que no me preocupara. Y yo seguí mirando detenidamente su aspecto mayor, su cabello corto y completamente blanco, sus mejillas más llenas, las pocas arrugas en su cara…

Desperté.

Recordé mi sueño, preocupada por lo del reporteo, y me di cuenta con alivio de que eso no podía ser cierto. Y entonces, me di cuenta que lo de mi tía tampoco podía ser cierto.

Y aunque jamás me sucede (jamás), regresé al mismo sueño cuando me volví a dormir.

Allí estaba la banca, mi tía Vicky, mi abuela, mi otra tía y mi mamá que se arreglaba para salir.

Me senté al lado de mi tía Vicky y me incliné hacia ella: Era más joven, su cabello no era blanco, su cara era delgada y hermosa.

Me miraba sonriendo. Supe que ella también había entendido que yo había despertado de mi sueño y que la estaba viendo ahora del modo verdadero. Del modo en que nunca envejeció.

Intrigada, acerqué mi rostro a su rostro y le miré los ojos. Noté que sus ojos tenían un aro color lila y otro café en el iris. Le dije: «Tus ojos son como color morado, con un aro color lila y otro café».

Y ella dijo sonriendo: » Y los tuyos tienen un aro verde y otro café».

Prisioneros



Estábamos prisioneros, mi familia, mi esposo y yo. Era una especie de campo de concentración moderno, lleno de pandillas, pero al fin y al cabo, con bancas de madera en las que debíamos dormir.

Mis padres, mi hermano y yo logramos escabullirnos por un rato ante un descuido del guardia. Con el cambio que traía conmigo, logré comprar dos cigarros. Pensé que me servirían de algo.

Fuimos a una tienda de abarrotes y robamos algunas cosas. Me llevé varias frutas pequeñas en los bolsillos de mi ropa, para mi esposo. Pensé que necesitaríamos comer algo de fruta para no morir de inanición ahí dentro. No sabía cuánto tiempo estaríamos encerrados allí.

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Estaba en un baño público, en una especie de plaza comercial o una escuela. Alguien entró al pequeño cuarto sin tocar a la puerta. Pensé que había sido un error y le dije que no se preocupara, pero la mujer empujó la puerta contra mí, una, dos veces. La dejé entrar por fin y ella comenzó a golpearme.

Furiosa, comencé a pegarle en la cara a puñetazo limpio, una y otra y otra vez. Era tan aliviador sacar mi ira.

Bajamos corriendo las escaleras eléctricas, ella tratando de zafarse de mí y yo intentando golpearla más. Un hombre más alto y más fuerte que yo me cerró el paso en la escalera para detener mis golpes sobre la desconocida.

Hitler o Voldemort


Nos dimos cuenta de que iban tras nosotros. Así que echamos a correr por los jardines de un sitio grande como una hacienda. Avanzamos, agachándonos junto a las paredes, ocultándonos.

Entramos a una pequeña casa vacía y tratamos de escondernos, acostándonos en el suelo detrás de los sillones. Yo traté de ocultar sus pies detrás de aquel sillón verde, pero era muy visible. Comprendí que yo no lograría esconderme de esa manera, así que me metí como pude dentro del estante de un clóset. Apenas cabía y temía que si alguien lo abría me encontraría de inmediato. Así que traté de ocultarme, echándome encima ropa y cobijas.

Ellos llegarían en cualquier momento. Mi angustia estaba al límite.

Entraron en la casa y yo traté de no hacer ruido. Ni siquiera respiraba. Imaginaba el destino de él, rogaba porque no pudieran distinguir sus pies bajo el sillón.

Al final, él se reveló ante ellos, pero no le hicieron ningún daño. Rieron y lo tomaron como una broma. Agradecí al cielo por eso.

Ellos nos buscában porque éramos diferentes, para castigarnos porque éramos diferentes.

Cuando salieron de la casa, yo me escabullí hacia un auto y me escondí en una especie de cajuela que daba a la parte interna del coche. Trataba de cubrir mi cuerpo por completo con una frazada.

El auto se puso en marcha, y el coche en que ellos iban quedó detrás del mío.

En el asiento trasero del auto que me transportaba,  iba sentada una muchacha sonriente. Me vio y trató de hablar conmigo, sin prestar atención a mi pánico.

Ella no se daba cuenta de que cada movimiento que yo hacía o cada palabra que ella me dirigía, podría revelar mi presencia a aquellas personas. Y entonces, yo sería presa de ellos, y me castigarían o provocarían mi muerte.

‘No estás preparada’


Estaba en un sueño confuso…

Un hombre me regalaba un libro.  Él era un viejo conocido de mi padre, pero cuando cuando quise agradecerle el regalo, ninguno sabía su nombre.

Él me dio a entender que era algo normal, que él impedía que la gente lo recordara porque él sólo existía en los sueños o  algo así. Su imagen no era muy inusual: calvo, un poco canoso y con lentes.

Cuando abrí el libro que me dio, tuve la visión de lo que iba a hacer con él en los años siguientes: Sobrevolé varias grandes ciudades de manera invisible, pero rociando sobre ellas líquidos de colores para desaparecerlas.

Despúes, entré en un cuarto volando, como suelo hacer en los sueños. Y el hombre me dijo que evitara hacerlo o que al menos tratara siempre de volar bajo.

Me dijo: «Sé lo que estás intentando hacer, pero no estás preparada». Y una mujer comentó: «Tal vez debería pasar otro año solamente anotando sus sueños». Yo no dije nada, pero entendí que se referían a la práctica del sueño lúcido.

Mateo


Debí haberlo sabido.

Iba a encontrarme con él a las dos en punto en el andén del camión. Era un día importante: Me habían pedido volver a presentarme en público y estaba nerviosa. Era la primera vez en casi tres años que cantaba ante tanta gente. Antes no tenía tanto miedo escénico, pero ahora confiaba más en mi voz.

Pasaban apenas de las dos y él no llegaba. Me detuve en el andén con mis cuatro hijas a mi alrededor y le pedí a la más pequeña que me pasará el celular para llamarle a su padre. Julia lo tomó y trató de teclear el teléfono de su padre, como había visto hacer a sus mayores.

Me quedé mirando sus deditos sobre las teclas y comencé a sospechar lo peor. Debí haberlo sabido. Sin razón alguna, recordé mis dedos sobre las cuerdas de mi guitarra como si representaran las señales que debí haber visto antes.

Con una preocupación creciente tomé el teléfono de las manos de Julia y le dije a las niñas que era tarde y que llamaría a su padre a la casa. Julia respondió:  «Papá nunca está preocupado por nada». Era su héroe.

Marqué y sonó varias veces el tono de llamada.

Mateo…

Contestó una desconocida voz masculina: «Bueno». Se hizo un silencio porque me quedé sin habla. Fue entonces cuando escuché las cámaras fotográficas emitiendo varios clics por segundo. Y lo entendí todo.

Me alejé un poco de las niñas, me agaché contra un muro y pregunté: «¿Quién habla? ¿Qué ha pasado? ¿Mateo?».

Quien asumí era un oficial de policía repondió, confirmando mis peores temores: «Señora, lo siento, lo encontramos en el suelo. Tenía una carta dirigida a usted junto a él».

«Nooooo», pensé y gemí a un tiempo.

Él dijo: «Por favor, señora, no me haga esto más difícil de lo que ya es»: Y yo pensé: «¿Qué clase de palabras son esas para una mujer que acaba de enterarse de que se ha quedado viuda con cuatro hijas».

Le pedí que me leyera la carta, escrita en papel amarillo:

«Sé que te he arrebatado tu última oportunidad razonable de que tu música fuera reconocida una vez más como algo bello. Pero quiero darte esto a cambio».

El oficial dijo que había un disco con una pequeña canción grabada. Me imaginé que Mateo pensó que esa canción sería la clave para aliviar la montaña de sufrimiento que me había echado encima con su acción. Pero yo sabía que no. Y era una canción que no escucharía.

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De nuevo y como siempre, yo sabía que es perfectamente posible, al menos para mí, volar.

Y volaba sobre las calles cercanas a mi casa, como siempre he volado, sin elevarme demasiado. Los vecinos me odiaban un poco porque solía pasar junto a sus ventanas flotando en el aire y ellos no lo entendían. Y a mí me parecía absurdo que no supieran volar si era tan sencillo y real.

Esta vez, recorría las calles sobre las azoteas, pero me di cuenta de un detalle: Me costaba trabajo volar en otra dirección. No quería volar ni a la derecha ni a la izquierda, y tampoco quería ir a donde no había ido antes (muy simbólico esto, ja).