Mateo


Debí haberlo sabido.

Iba a encontrarme con él a las dos en punto en el andén del camión. Era un día importante: Me habían pedido volver a presentarme en público y estaba nerviosa. Era la primera vez en casi tres años que cantaba ante tanta gente. Antes no tenía tanto miedo escénico, pero ahora confiaba más en mi voz.

Pasaban apenas de las dos y él no llegaba. Me detuve en el andén con mis cuatro hijas a mi alrededor y le pedí a la más pequeña que me pasará el celular para llamarle a su padre. Julia lo tomó y trató de teclear el teléfono de su padre, como había visto hacer a sus mayores.

Me quedé mirando sus deditos sobre las teclas y comencé a sospechar lo peor. Debí haberlo sabido. Sin razón alguna, recordé mis dedos sobre las cuerdas de mi guitarra como si representaran las señales que debí haber visto antes.

Con una preocupación creciente tomé el teléfono de las manos de Julia y le dije a las niñas que era tarde y que llamaría a su padre a la casa. Julia respondió:  «Papá nunca está preocupado por nada». Era su héroe.

Marqué y sonó varias veces el tono de llamada.

Mateo…

Contestó una desconocida voz masculina: «Bueno». Se hizo un silencio porque me quedé sin habla. Fue entonces cuando escuché las cámaras fotográficas emitiendo varios clics por segundo. Y lo entendí todo.

Me alejé un poco de las niñas, me agaché contra un muro y pregunté: «¿Quién habla? ¿Qué ha pasado? ¿Mateo?».

Quien asumí era un oficial de policía repondió, confirmando mis peores temores: «Señora, lo siento, lo encontramos en el suelo. Tenía una carta dirigida a usted junto a él».

«Nooooo», pensé y gemí a un tiempo.

Él dijo: «Por favor, señora, no me haga esto más difícil de lo que ya es»: Y yo pensé: «¿Qué clase de palabras son esas para una mujer que acaba de enterarse de que se ha quedado viuda con cuatro hijas».

Le pedí que me leyera la carta, escrita en papel amarillo:

«Sé que te he arrebatado tu última oportunidad razonable de que tu música fuera reconocida una vez más como algo bello. Pero quiero darte esto a cambio».

El oficial dijo que había un disco con una pequeña canción grabada. Me imaginé que Mateo pensó que esa canción sería la clave para aliviar la montaña de sufrimiento que me había echado encima con su acción. Pero yo sabía que no. Y era una canción que no escucharía.

—————–

De nuevo y como siempre, yo sabía que es perfectamente posible, al menos para mí, volar.

Y volaba sobre las calles cercanas a mi casa, como siempre he volado, sin elevarme demasiado. Los vecinos me odiaban un poco porque solía pasar junto a sus ventanas flotando en el aire y ellos no lo entendían. Y a mí me parecía absurdo que no supieran volar si era tan sencillo y real.

Esta vez, recorría las calles sobre las azoteas, pero me di cuenta de un detalle: Me costaba trabajo volar en otra dirección. No quería volar ni a la derecha ni a la izquierda, y tampoco quería ir a donde no había ido antes (muy simbólico esto, ja).

Baby


Los temas que discutí durante el día se mezclan de forma extraña en mi mente, en la noche:
En una plaza, varios escuchábamos a alguien que hablaba sobre el fin del mundo, el Armagedón, el Apocalípsis. Decía que Dios atendería primero a los bebés o a aquellos relacionados con ellos, que los salvaría a ellos por una cuestión de la letra ‘B’: “baby”, “(To be) born”.
Yo me alegraba por mi hermano y su familia, y en cuanto a nosotros, pensaba en que quizás para esas fechas (del fin del mundo) ya habría sucedido algo (mmm… no planeado). Hacía cuentas de 9 meses con mis dedos desde enero o hasta enero, ya no recuerdo bien.

El funeral de Jesucristo


(Oh, este sí supera a todos…)

Estaba en el funeral de… Jesucristo.

Era uno de esos velorios tipo gringo, en los que la gente se sienta en sillas de frente al ataúd. Y allí estaba el ataúd de Él.  A mi lado izquierdo estaba sentado el Diablo. Era un tipo elegante y seductor, algo así como un Mauricio Garcés: traje gris, bigote puntiagudo y un gran porte.

Se recargó contra la silla, hasta quedar casi acostado y encendió un cigarro de mariguana. Al fumar, llenó el ambiente de humo. Me sentí drogada sólo de respirar. Yo era la encargada de decir el discurso para despedir al difunto y me preocupé porque no podía recordar nada de lo que quería decir, de lo que había planeado decir.

Salí al pasillo en busca de aire fresco.. quise entrar a un baño para mojar mi cara y recuperar mis ideas, pero Lucifer, con su encantadora presencia, venía tras de mí. No supe más.

………….

En otro sitio, una gran escuela, los jóvenes era acarreados por órdenes de los profesores o directores. Yo trataba de escabullirme, confundiéndome entre el mar de gente.

Logré meterme a un pasillo sin ser vista y llegué a un dormitorio. Me asome a la ventana para tratar de calcular si seguiría viva después de saltar. Estaba demasiado alto. A ambos lados de la ventana existían escalerillas, pero no alcanzaría a llegar a ellas. Abandoné la idea.

Aún a escondidas llegué a una habitación, era de una de las directoras. Vi una ventana abierta, serían acaso treinta centímetros lo que medía. Me lancé a través de ella y me abrí paso con todas mis fuerzas hasta lograr atravesarla.

Caí sobre el pasto en un jardín interior a la casa. Salté la barda que era muy baja y me alejé corriendo del sitio donde los otros jóvenes quedarían presos de una ideología ajena.

Tres muertes y (de nuevo) el Apocalipsis


Parte I

En un refugio, la gente se apilaba en camas y literas a los lados de una larguísima habitación.

Nosotros dos luchábamos por un poco de agua. Una mujer amable nos sirvió de una jarra el liquido naranja con hielos, en pequeños vasos. Les llevábamos a los otros, nuestras respectivas parejas.

Yo sólo quería dormir, pero me hicieron subir a un coche. Yo iba en el asiento de atrás con la otra chica.

Al salir del refugio, tomamos una calle principal.

Del lado izquierdo, vimos una iglesia enorme, incendiándose. Tenía varios edificios, en unos de ellos la piedra gris se enrojecía por el fuego; en otros, las llamas trepaban por las paredes. Rodeada de humo, se veía sin colores. De hecho, toda la ciudad carecía de color, todo estaba en una gama de negros, grises y azules.

Las nubes de las formas mas extrañas surcaban el cielo, presagiando algo malo. Alcancé a verlas al pasar por una glorieta, desde donde se alcanzaba a ver el horizonte.

Un ser volador apareció en el cielo, tenia forma de dragón y era enorme. Al caer y posarse con fuerza en el suelo, se convirtió en una especie de robot. Caían varios de ellos.

Supliqué al conductor que fuera más rápido, pero las máquinas seguían cayendo. Se creó un caos entre el sonido de sirenas de las policías y ambulancias, los seres metálicos que aterrizaban y rodaban por las calles, las personas corriendo y los agentes intentando alcanzar en sus motocicletas a las máquinas.

Sentí que ese era el fin del mundo, podía prever como todo se encaminaba al desastre a mi alrededor y quería ver más, quería verlo todo, quería ver el final.  Pero sonó la maldita alarma y, de nuevo, me desperté con el sabor a sangre en mi boca.

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Muerte


Estábamos en una especie de hacienda, arreglando cosas de la boda. Yo me metí en un pleito con dos de las invitadas que estaban en un jardín enorme. Entré corriendo a la casa por los pasillos para escapar de ellas.

Me seguía un hombre, en uno de los cuartos me alcanzó; traía una pistola y no dejaba de apuntarme. Yo estaba aterrada porque era insoportable la espera, la ansiedad de no saber en que momento iba a dispararme: el suspenso, una de las sensaciones que más odio.

Cubría mi cara con mis manos y le decía: «Por favor, ya, ya…» Y él me obligaba a verlo a los ojos. Yo no quería ver cuando finalmente apretara el gatillo y me matara a mí y a él. No quería ver el momento justo antes de sentir el dolor… y la muerte.

Finalmente escuché el disparo, sin verlo. Y luego otro. Yo sabía que estábamos muertos, pero como pude levantarme y caminar hacia nuestro asesino, pensé: «Quizá sigo viva, quizá…», pero entonces vi nuestros cuerpos tirados junto al elevador ensangrentados, y al asesino, de pie.

En la celda


Me había quedado dormida. Al abrir los ojos veo que ha amanecido por completo. Miro el reloj: marca las 10:10 a.m. Me siento sobre la dura cama, aún adormilada. 

De súbito, recupero la consciencia y el pensamiento terrible me atraviesa como un cuchillo: hoy van a ejecutarme. La muerte me espera a las 11 de la mañana. 

Siento un estremecimiento de miedo por todo el cuerpo, como si un peso terrible comprimiera todos mis órganos por dentro. Trato de dominarme, la carcelera me está mirando. Me pongo de pie y me acerco a ella, noto que las piernas me tiemblan. 

A medida que me acerco trata de esbozar una sonrisa y muestra sus dientes sucios y cariados, su uniforme envuelve sus carnes deformes y sus brazos regordetes que me tienden una mano a través de las rejas. 

Tomo su mano, cariñosamente, y ella abre la boca para decirme algo. Pero, en ese momento se oye un ruido de pasos en el pasillo, ambas volteamos, sobresaltadas, y vemos llegar al director del reclusorio. Pienso que ha llegado la hora. El corazón me late desbocado, el estómago se vuelve un negro vacío y las manos se empapan de sudor. 

El director me mira seriamente desde su imponente altura, un gesto cruel le desfigura los labios. Sufro en espera de sus palabras:

Su ejecución está programada para las 11 de la mañana, ahora sólo vengo a preguntarle si tiene algún último deseo. 

Quiero bañarme – respondo sin titubear y yo misma me sorprendo por la rapidez de mi respuesta.

Quiero estar limpia cuando me llegue la hora de morir. Me llevan a la zona de regaderas. El lugar está vacío. Las demás presas están en sus celdas. Me siento aliviada, por un segundo, del espantoso miedo a la muerte, por el hecho de estar sola o casi sola. 

Mi carcelera me acompaña, pero estoy acostumbrada a su presencia. Me quito el odioso uniforme azul marino que he vestido durante años, me desnudo completamente sin falsos pudores. Abro la llave del agua caliente sin esperanza alguna, en este lugar no he conocido más que baños helados. 

Me llevo una grata sorpresa – pienso amargamente que seguramente será la última – al sentir el calor envolviéndome el cuerpo y el vapor llenando el aire de la habitación. Miro a mi carcelera.

Siempre me ha gustado el agua. – le confieso. Y ella sonríe tristemente.

Un jabón corriente es lo único de lo que dispongo para limpiar mi cuerpo, lo deslizo sobre toda mi piel una y otra vez, deseando que el baño no termine nunca. Experimento una sensación de paz, todo desaparece: desaparece mi carcelera, desaparecen los muros de la prisión e imagino que estoy en mi propia casa, tomando un baño como cualquier persona, sin miedo a morir, sin miedo a ser ejecutada. 

Cierro la llave del agua, tomo una de las muchas toallas que cuelgan en las paredes. Seco mi cuerpo lentamente, sabiendo que es la última vez que veré mi piel desnuda. 

Me dispongo a ponerme de nuevo el sucio uniforme azul marino, cuando entonces la carcelera me tiende unas ropas color naranja: el uniforme para la ejecución. Me quedo sin aire por un momento, el miedo a la muerte se convierte ahora en terror. Llorando quedo, me pongo el nuevo uniforme.

De regreso en mi celda, encuentro a mi madre esperándome. Llora amargamente, sin embargo, cuando me ve entrar, trata de contenerse para proporcionarme algo de calma. Se lo agradezco interiormente. 

Se sienta junto a mí en la cama y pasa un brazo sobre mis hombros. Ahora que ella está aquí siento que no podré resistir más. Mi carcelera corre la cerradura y nos mira un momento con los ojos húmedos, luego se aleja algunos pasos. 

Mi madre empieza a hablarme de Dios en un tono consolador. 

Mientras ella habla, miro las paredes de mi pequeña celda, grises, cuarteadas. El foco en el centro del techo está apagado, la luz del día entra a través de la ventana tupida de barrotes que da hacia el patio de la prisión. 

De repente mi vista se topa con algo querido: la figura de la Virgen de Guadalupe. Me mira desde en el rincón más oscuro de la habitación, colgada en una de las paredes sucias. El discurso de mi madre me habla de Ella. 

Siento que mi respiración se calma, y por un momento cierro mis ojos sin miedo. 

Mi madre mi abraza y me dice que todo va a estar bien. Entonces, escucho de nuevo pasos en el pasillo, esta vez los reconozco claramente. El sobresalto me hace saltar de la cama y acercarme a la reja. 

Mi madre me había tranquilizado, pero ahora no puedo evitar el temblor en mis manos y mis rodillas, y la terrible sensación del pánico. El director se planta frente a la celda y dice con voz grave y profunda:

Es hora. – Y dirigiéndose a mi madre – Por favor, señora.

Mi madre estalla en sollozos, yo la abrazo y le digo que la quiero, que todo va a estar bien. 

La carcelera abre la cerradura, la reja de metal rechina, su sonido se asemeja a un lamento. Mi madre y yo seguimos abrazadas, siento que si la suelto me partiré en dos. 

Finalmente, mi madre es arrastrada afuera por un vigilante. La miro desparecer entre los pasillos, gruesas lágrimas me corren por las mejillas, tiendo mis manos hacia ella. 

Todo pasa demasiado rápido. Me es imposible conservar las fuerzas, siento que en cualquier momento caeré al suelo. Mi carcelera me pone una mano en el hombro y me veo sujetada por un par de hombres fornidos que no sé de donde salieron o a que hora aparecieron. 

Me hacen entrar a una habitación circular. El sol entra a través de numerosos ventanales, por un momento la luz me ciega. En el centro está de pie un hombre delgado vestido de traje. 

Miro a mi alrededor, sintiéndome extraña, el paroxismo de mi miedo me ha llevado a sentirme un poco ajena a mi situación. Me siento totalmente confundida. El hombre trajeado pronuncia mi nombre. Un par de brazos me empujan hacia el centro del cuarto. Después de algunos pasos quedó frente a él y lo miro a los ojos. 

Tiene una expresión seria, pero siento que de un momento a otro soltará una carcajada. Lo miro con curiosidad. 

Siento mi corazón latir fuertemente contra mi pecho, pienso que moriré antes de que me maten. Pienso que quizás ya estoy muerta. 

El hombre me extiende una hoja y pronuncia unas palabras que no alcanzo a comprender. ¿Dijo “libertad”? No, no entiendo. Intento leer la hoja de papel que me ha entregado, pero las palabras danzan en la hoja siguiendo el temblor incontrolable de mis manos. ¿Qué dice? ¿”Indulto”? La emoción no me deja respirar, no me deja ver, no me deja… Caigo al suelo.