Río


 

PERLA EN EL BOSQUE IV


Fotografía: «The Same River», derivada de «Cascade River» de Josh Hild (Unsplash).

 

Me ha parecido cruel
usar el agua en contra mía;
mi elemento, mi ser.

No había entendido
que el océano dentro
no era mío.

No había entendido
que el río…

… que el río
alimentaba el estanque
que subía hasta ahogarme.

No había comprendido
por qué era interminable
el mar eterno, renovable,
el ahogo incesante.

Estaba de pie a mitad del bosque,
respondiendo una pregunta
que sí/no ameritaba respuesta,
como no ameritaban preguntas
—ni antes ni nunca—
todas mis entregas.

Pero siempre las había:
la explicación,
la justificación,
la desaprobación,
la vergüenza.

Los «por qués» y los «acaso…»,
∴, el dolor desde la garganta
hasta el sitio de la espada.

Estaba de pie y caí de rodillas;
el río inundó el bosque
y se bifurcó en dos vías:
hacia un lago congelado
y hacia un delta ajardinado.

Y un sol dorado
arrojó una claridad cobriza
sobre la desembocadura.
que se dividía.

El calor bronceado
evaporó el agua-arma,
el ataque, el desmayo,
el ahogo avergonzado.

Y entonces vi que se abría
un pequeño sendero de florecillas.

Salmo 69


Perla en el bosque II


[Al bosque,
convocada
por una pregunta
años postergada].

«No me anegue la corriente de las aguas»,
pienso mientras siento
el océano dentro
subir desde mi centro.

Cuando él,
arrodillado,
sus manos sobre mis caderas,
mirando/esquivando
mis ojos lejanos,
exclama/cuestiona:

—¿Qué es lo que has dicho,
desdichada?

»¿Han sabido acaso
que me amabas?

«¡Que me trague el abismo!».
«¡Que el pozo cierre sobre mí su boca!».

Tiemblo mientras afirmo.

Y entonces veo el torrente
infiltrarse dentro del bosque
en forma de río.