Mi habitación azul


Él habia decorado mi cuarto como regalo hacia mí. Había una cama baja con una colcha impresa con una obra de Monet, algo naranja y amarillo y rojo. Sobre la cama, a manera de móvil, colgaba un aparato similar al Kindle, que parecia servir para leer libros en voz alta.

En las paredes pintadas de azul, había un decorado con diseño de peces. Y a través de la gran ventana, se veia el cielo de la noche. ¿Qué pasa con el cielo?, pregunté. Estrelllas rojas y fugaces iluminaban el fondo negro, en medio de millones de planetas y soles.

Alguien que estaba afuera me llamaba. Yo pedia un segundo porque queria seguir mirando el cuarto.

Luego sali y supe que algo malo me esperaba allá afuera: un gran grupo de personas pedían mi cabeza en venganza por lo que yo le hice. ¿A quién? ¿Estaba muerto? ¿Era mi culpa que estuviera muerto? ¿De dolor?

Pero vi una silueta más allá y reconocí a ese hombre. Estaba vivo, pero caminaba lentamente hacia afuera y no me permitía mirar su rostro. Su cabello ocultaba sus ojos.

La turba furiosa me condujo hacia afuera. Acepté ir con ellos sólo cinco minutos. Una vez afuera, comencé a volar sobre las calles, para alejarme de ellos, pero también en su búsqueda. Volaba como sé hacerlo, sólo que esta vez de una manera más furiosa, más de prisa, más brusca.

Un ‘rave’, mi hija y la muerte del mago


En una gran explanada llena de gente, él y yo teníamos que llegar a algún lado. Vimos pasar a tres jóvenes muy particulares, vestidos con rastas y ropa extremadamente grande.  Bailaban al caminar. Él quiso seguirlos porque sabía que se dirigían a un rave de los mejores.

Pero yo recordé que estábamos ahí para asistir a la escuela. Las clases se impartían al aire libre, bajo carpas.

Había faltado tantas veces a la clase de estadística que ni siquiera recordaba si ya estaba reprobada. Dejé mi bolsa en un lugar vacío junto a mis compañeras y les dije que regresaría antes de que iniciara la clase. Por supuesto nunca lo hice.

Fui a buscarlo. Él se había reunido con un grupo de gente que bailaba afuera de un extremo de la gran plaza. Allí, detrás de una puerta, se llevaría a cabo el gran rave.

Lo vi entrar y lo seguí hacia adentro. Me sorprendió encontrarme dentro de una iglesia. Era enorme y subterránea, y su humedad de caverna enfriaba todas las cosas. Mis ojos no alcanzaban a abarcar todo el interior. Sólo veía bancas de madera y veladoras encendidas. Escuchaba cánticos cargados de eco.

Un hombre que estaba de pie junto a mí me habló en susurros: «Tienes que caminar hacia el fondo y doblar a la izquierda para llegar. Una vez ahí…». Lo interrumpí diciéndole que yo no iba a esa fiesta. Que yo sólo iba a buscar a alguien.

Me dejó pasar y caminé por un pasillo techado, hacia donde pensaba que él se había dirigido.

Al final del corredor, me encontré en un espacio abierto, limitado por árboles en sus orillas. Al centro había un lago, brillando tenuemente bajo la luz nublada de la tarde. Y al fondo del lago había una estatua vieja de bronce, enclavada entre la hierba y árboles que lo rodeaban.

lago estatua hija raveMe acerqué lentamente, caminando sobre una plataforma de madera que daba al centro del lago. Todo era mágico, encantado. Flotaba una sensación de soledad y una paz que era tan consoladora que me perturbaba. No podía ser real.

De repente, él apareció junto a mí. Me dijo que había querido enseñarme esto desde hace años.

Me contó que ésta era una fuente encantada. Según la leyenda del lugar, el príncipe y su doncella se amaban, pero por algún encantamiento quedaron separados. Él fue hechizado y convertido en estatua y destinado a permanecer allí durante toda la eternidad hasta que ella volviera a buscarlo.

Miré más atentamente la estatua. Representaba a un hombre fornido y guapo, vestido con mallas, jubón, y sobre los hombros, una capa. Su rostro había quedado petrificado en una mueca sutil de sufrimiento, y sus cabellos, inmóviles en el momento en que algunos le caían sobre la frente.

De pronto, sentí un movimiento en la orilla del lago junto a donde yo estaba. Me puse en cuclillas y me acerqué más y, en medio de las aguas estancadas y mohosas, vi surgir una figura desde el fondo: una mujer.

Retrocedí asustada. Vi su cuerpo mojado, sus cabellos empapados y su rostro desfigurado por la desesperación.

La estatua comenzó a moverse desde el fondo, como si alguien hubiera accionado algún interruptor, y avanzó hacia la mujer del agua.

Esto no era posible, me dije. Los vi encontrarse en el centro del lago y abrazarse. Luego no pude ver nada.

Caí sentada sobre la plataforma de madera y volteé una vez más hacia el agua. Ya no había estatua, ni príncipe ni doncella, pero vi salir a otra figura más del lago.

Ésta era más chica, y ágilmente subió al borde, caminó por la plataforma de madera y se abalanzó sobre mí.

Era una niña pequeña y me abrazaba. Me abrazaba con todas sus fuerzas. Me desprendí de ella un segundo, sin entender. Vi su cara sonriente, su piel blanca y tersa, y su cabello negro y corto que me recordaba al de él.

Entonces comprendí: Era mi hija. Me lo repetí una y otra vez en el éxtasis de la alegría y la confusión. Mi hija. ¿Qué habíamos hecho? ¿Cuando había sucedido esto? ¿Dónde había estado ella durante los cinco años que aparentaba tener?

Nadie contestó a mis preguntas y me di cuenta de que en realidad no me importaba saber las respuestas. Sólo estaba feliz de tener a mi hija entre mis brazos.

Él se agacho junto a mí y nos abrazó a las dos.

——-

Estaba en una ciudad grande y llena de gente: una mezcla entre Disneylandia y San Francisco. Todo era amarillo y lleno de sol.

Caminaba por las largas calles llenas de puestos y tiendas hacia el lugar donde nos reuníamos todos, donde vivíamos todos. Éramos todos amigos y éramos muchos, decenas quizás, repartidos en varias casas y vecindades cercanas. Éramos todos familia.

Llegué a una de nuestras casas. Dejé mi bolsa sobre la mesa del comedor y me senté a platicar con las chicas mientras veíamos hacia la calle a través de los enormes ventanales abiertos.

Todas las casas eran así, abiertas. Puertas abiertas, ventanas abiertas, apenas había paredes. El techo era la única ventaja de tenerlas.

Decían que había llegado un mago a la ciudad, un ilusionista. Que se iba a presentar en el muelle al atardecer.

De inmediato quise verlo, siempre me han fascinado los trucos y las ilusiones que dejan a mi mente absorta.

Me dirigí hacia allá y los demás dijeron que me alcanzarían luego. Caminé por el muelle, un espacio muy largo de agua, flanqueado por dos extremos de concreto a cada lado. Al fondo, había un enorme muro lleno de vegetación que era la frontera de la ciudad.

Caminé por el extremo derecho del muelle, esquivando a las personas que estaban sentadas en el suelo, en grupos, observando el acto.

Me paré lo más cerca que pude del muro que estaba al fondo.El mago estaba ahí, vestido de negro. Estaba haciendo un acto de escapismo. Lo vi sumergirse en un tanque lleno de agua. Lo vi tratar de salir de él, tirando de cadenas y nudos sin éxito. Las ramas y enredaderas del muro enmarcaban su desesperación.

Después de unos minutos de intentos infructuosos, los organizadores rápidamente nos pidieron que nos marcháramos, y bloquearon nuestra vista con mamparas. Yo crucé y regresé por el lado izquierdo del muelle, quería llegar a contarles todo a los demás.

Ya sobre la calle, me encontré con un amigo que era policía. Le pregunté qué había pasado con el mago, si él creía que sobreviviría. «Ya está muerto», dijo. Y se fue a colaborar en el suceso que estremecía a aquel pueblo pequeño.

Yo seguí caminando hacia mis casas, o al menos eso pensé, porque de repente me di cuenta de que volaba. De la manera habitual. Estaba recostada paralelamente al pavimento, moviendo los brazos como remos para impulsarme. Simplemente flotando encima de la calle.

Avanzaba con dificultad, los obstáculos como árboles y jardineras me estrobaban. Además, sabía que no estaba tan concentrada como para poder dominar mi vuelo. Cada movimiento requería mi máxima concentración. Y en ocasiones, mi cara rozaba el suelo.

Por fin me reuní con ellos. Hablamos del mago, hablamos de la fiesta del día siguiente, la que reuniría a toda la familia. Y yo me marcharía al día siguiente, en avión.

Iría al aeropuerto a hacer un fila y a enrentarme contra las personas del resto del mundo que no comprendían a nuestra ciudad.

Nostalgia


Ella se mira las manos, extrañada;

las examina frente a sus ojos

dudando,

temiendo que pueda ser verdad:

Que la nostalgia se sienta tan real,

que la emoción de extrañarlo

se sienta en los dedos

como un breve cosquilleo,

como si su mano quisiera encontrar a otra

que abandonó hace tiempo.

Como si fuera posible ignorar

el sollozo al fondo de la garganta,

ese abismo perpetuo que aguarda

a que él olvide y ella se vaya.

Holbox


Silencio permanente.
El mar ante mí, dispuesto,
miles de metros adentro.
Y mis pies aún caminan la arena,
el agua de azul turquesa,
azul marino y profundo,
beige luminoso y cielo,
y una eterna nube blanca.
El calor del sol, ardiendo,
ilumina mi cuerpo.
Por momentos, todo brilla en amarillo.
El sonido apacible del mar,
el viento y un pajaro canta.
Esto no puede ser verdad.
Sencillamente,
esto es imposible.
Embriagada de tanta belleza…

Otoño


Calle Misterios #11.

La casa junto al lago brillaba, antigua. Estábamos en la cocina de ese hogar conocido, mirando la puesta de sol (en otoño). Pero él no estaba.

Esa casa siempre será nuestra, no quiero olvidarla.

Yo había conocido a su padre.

Insistian en que nos quedáramos a dormir. Su abuela y su madre nos decían que la casa era enorme, que tomáramos uno de los muchos cuartos en vez de ir a un hotel. Pero él no quería, así que yo dije que no.

Desde entonces yo no era nada para él…

—-

Mi hermana y yo intentando actuar, saltando por un tubo y cantando. Yo lo hacía extremadamente mal y reíamos como antes, tiradas en el pasto sin importarnos la gente. Divertidas.

Puertas y guerra


Estábamos en la segunda guerra. Nos escondíamos detrás de un par de edificios altos, de aspecto bastante moderno. Me habían cortado todo el cabello. Enfundados en uniformes de camuflaje y todos rapados, incluso nos parecíamos. Así era más fácil hacerme pasar por un chico para intentar la huida. Pero en el último momento, todos nos pusimos pelucas multicolores. No sé la razón, pero parecía ser la última oportunidad de alegría en nuestras vidas.

Me dispuse a correr entre la lluvia de balas que caería en cuanto nos divisaran desde las torres de vigilancia…

—–

Limpiaba de espinas a un pequeño bebé. Había tocado sin querer un cactus y  había quedado cubierto. Cuando terminé, lo acosté en su cuna. Me asombré de su mínimo tamaño.

Entré a una panadería. Buscando pan, comencé a caminar por un pasillo que mostraba puertas traslúcidas a ambos lados. Pensé que sería el sitio ideal para el negocio de mis sueños.

Me decidí a abrir una puerta y encontré que la pequeña habitación conducía a una puerta idéntica a la primera, y del mismo modo, a una tercera puerta y a una cuarta.

Me aseguré de que nadie me veía, y abrí la primera, la segunda y la tercera puerta. Y cuando llegué a la cuarta, supe que iba a encontrar aquello que estaba buscando: la respuesta, la revelación.

Pero justo cuando di vuelta a la manija, el despertador sonó , disparando mi frustración.

Quiero ver que hay detrás.

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Ella quería traficar droga. Intentamos disuadirla todos, pero ya la habían convencido. Sin embargo, yo sabía que aún tenia oportunidad de escapar de eso. Aceptó hablar con mi padre. Estaba desesperada y creo que iba a ceder ante sus argumentos.

La ciudad extraña a la orilla del mar


Yo nadaba en el mar y no era la única.

Miraba atrás y veía una gran ciudad perfilada contra el horizonte.

Los edificios extraños de esta ciudad, entre árabe y soviética, brillaban con la luz del ocaso. Había un edificio al centro que mostraba una media luna y un reloj. Era como un edificio de CNN, con titulares de noticias, pero escritas en árabe.

A su izquierda, había un edificio alto, ancho y recargado, como una especie de templo chino.

Había edificios modernos y rascacielos como los de Nueva York.

Pero por encima todo, destacaban unas estructuras altas en forma de postes con tres cruces. Podrían parecer como postes de electricidad, pero su propósito era otro. Eran una especie de monumentos: estructuras de control.

Eran doradas y deslumbraban bajo la luz del sol poniente. Yo no podía dejar de mirar la extraña ciudad que se alzaba justo a la orilla del mar.

Y mientras nadaba, comentaba con los demás que era la ciudad más fea que habíamos visto. Aunque en realidad no, simplemente era muy extraña.

(Aquí he tratado de representarla, con mis grandes limitaciones en el dibujo. La estructura que parece un árbol de Navidad gigante es en realidad lo que semejaba a un templo chino).

http://china.pordescubrir.com/el-templo-del-cielo-en-beijing.html