Medusa, el lobo y la bomba nuclear


(Soñé que) Debíamos luchar contra Medusa; ella se hacía  pasar por una mujer común y corriente, una profesora para ser exactos. Ella enseñaba en Hogwarts.

Precisamente una de las cosas que debía enseñarnos era cómo acabar con Medusa, pero por supuesto no lo había  hecho. Harry y yo nos dimos cuenta de su verdadera  identidad al mismo tiempo.

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Caja nuclear


Se estaban acercando. Nos avisaron mientras nos refugiábamos en improvisadas trincheras a un lado de un edificio derrumbado.

Los superiores decidieron atacar primero.

Mi esposo y yo seríamos los encargados. Nos ordenaron armar la bomba. Era un pequeño artefacto nuclear que cabía en una caja. Tuve que colocar los explosivos junto con varias piedras cuya función era evitar que explotara inmediatamente.

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Luz rosada, miedo olvidado


Elegí mi vestido para la fiesta de esa tarde. Era color rosa, con falda corta y floreado en la parte de arriba. Debajo de él, me puse lo que parecía un baby doll de la misma tela pero transparente.

Estaba en mi casa, era una especie de vecindad venida a más, con caminos franqueados por jardineras llenas de plantas, y en cada terminación, una casa de un solo piso. Yo vivía en una de ellas. Sola.

Cuando salí hacia a la calle, era la hora del atardecer. La luz tenía una cualidad rosada, como si estuviera mirándolo todo a través de ese pequeño cristal color ahumado con el que jugaba cuando era niña.

Atravecé la calle y llegué a la fiesta familiar. La gente estaba sentada en varias mesas. Mamá trajinaba con bandejas de comida y bebidas. Me pidió que la ayudará y lo hice, pero de repente me sucedió algo extraño…

No logro recordar qué fue lo que me molestó/asustó tanto, sólo sé que salí corriendo rumbo a mi casa. Crucé la calle corriendo lo más aprisa que pude. Entré en la vecindad y me perdí entre sus caminos y escaleras blancas. Subía y bajaba, entraba en un pasilllo y doblaba en otros.

Sentía pasos a mi espalda. Entre más me apresuraba por escapar, más miedo tenía. Más asustada estaba de los que me seguían, y de lo que había visto/sentido/oído allá atrás. Un miedo atroz, insoportable, que me consumía por entero.

Llegué a una escalera empinada, con decenas de escalones. No había otro camino y supe que sería imposible escapar de ellos a tiempo. Volteé para encarar a mis perseguidores.

Y sólo encontré frente a mí a dos personas que no me han hecho nunca daño. Él y su madre.

Y ellos preguntaron cuál era mi miedo. Recuerdo que se los expliqué, pero no puedo explicármelo a mí misma. Y ellos dijeron que no pasaba nada, que todo estaría bien. Y al final, todo está bien.

Mi habitación azul


Él habia decorado mi cuarto como regalo hacia mí. Había una cama baja con una colcha impresa con una obra de Monet, algo naranja y amarillo y rojo. Sobre la cama, a manera de móvil, colgaba un aparato similar al Kindle, que parecia servir para leer libros en voz alta.

En las paredes pintadas de azul, había un decorado con diseño de peces. Y a través de la gran ventana, se veia el cielo de la noche. ¿Qué pasa con el cielo?, pregunté. Estrelllas rojas y fugaces iluminaban el fondo negro, en medio de millones de planetas y soles.

Alguien que estaba afuera me llamaba. Yo pedia un segundo porque queria seguir mirando el cuarto.

Luego sali y supe que algo malo me esperaba allá afuera: un gran grupo de personas pedían mi cabeza en venganza por lo que yo le hice. ¿A quién? ¿Estaba muerto? ¿Era mi culpa que estuviera muerto? ¿De dolor?

Pero vi una silueta más allá y reconocí a ese hombre. Estaba vivo, pero caminaba lentamente hacia afuera y no me permitía mirar su rostro. Su cabello ocultaba sus ojos.

La turba furiosa me condujo hacia afuera. Acepté ir con ellos sólo cinco minutos. Una vez afuera, comencé a volar sobre las calles, para alejarme de ellos, pero también en su búsqueda. Volaba como sé hacerlo, sólo que esta vez de una manera más furiosa, más de prisa, más brusca.

Estado de emergencia


Era mi cumpleaños y todos me festejaban. Estábamos sentados en una mesa de jardín blanca y redonda, en medio de una tarde oscura que amenazaba tormenta.

Alguien trajo un pastel, y en ese momento, cayó sobre nosotros una lluvia de serpentinas brillantes y metálicas. Todo era azul, azul en mi tono favorito. Soplé las velas mientras pedía un deseo.

Una chica que estaba sentada a la mesa parecía fastidiada por estar ahí. Los demás estaban alegres y bebían.

No quería apartarme de esa visión porque era muy reconfortante. Sin embargo, llegó un momento en que no pude ignorar más las señales de peligro que venían del cielo oscurecido.

De repente, nos encontrábamos todos dentro de un edificio. Había habido una explosión afuera, un estallido muy poderoso y estábamos rodeados de fuego.

Tratamos de salir pero la policía había sellado las puertas. Estábamos en un estado de emergencia y no podíamos salir, no iban a permitirlo.

Subimos y bajamos a través de las escaleras metálicas de emergencia, buscando una forma de salir.

Varios hombres comenzaron a agruparse y a tratar de establecer un control sobre los demás. Algunos tenían rifles. Por un momento, quisimos hacerles frente, pero nos superaban.

Surgieron otros grupos de poder y nosotros también conformamos uno. Cuando un policía pregunto que quién estaba a cargo, encontró que casi todas las manos estaban alzadas.

Me di cuenta de que tendríamos que pasar horas y quizás días encerrados en aquel lugar. Propuse buscar comida y ropa para abrigarnos. Yo estaba muy incómoda con lo que traía puesto.

Una prima mía se ofreció a acompañarme  buscar ropa. Antes de irme con ella, sentí la necesidad de avisarle a la persona que parecía ser la más importante en mi mundo, quien es prácticamente mi hermano. Él me pidió que fuera con cuidado.

Ella y yo corrimos por el pasillo conscientes de que íbamos a encontrar muchos peligros.

Nos atravesamos con un grupo de hombres que saqueaban el hotel. Supimos que nos harían daño, pero teníamos que ir.

Cuando llegó el elevador, subí a él, pero me sorprendí cuando vi que su interior medía apenas un metro por un metro.

Sentí claustrofobia y sali, bajo la mirada de los hombres. Le dije a ella que saliera pero se rehúso.

Decidí bajar siete pisos por las escaleras. Corrí hacia bajo y abrí una puerta que me condujo a una gran sala llena de gente pasando leyendo, mirando películas, jugando cartas.

Al saltar entre las mesas, derribé los naipes de un hombre, dos veces de hecho. El me persiguió pero yo logre subir al elevador y cerré las puertas aprisa.

Se cerraron, dejándolo afuera, pero temí que estuviera allí cuando las puertas abrieran.

Comencé a pensar en que no quería soñar eso y me desperté, dispuesta a olvidar la pesadilla.

Persecución y escondite (otra vez)


Estábamos en un viejo anfiteatro, rodeados de una veintena de personas. Todo parecía ir bien. Pero entonces ellos dijeron que eran hombres lobo, y que bastaba ver su cabello rojo encendido y sus adornos verdes para comprobarlo.

Yo no pensé que nos atacarían, pero él me tomó de la mano y me obligó a correr.

Corrimos fuera del anfiteatro y nos encontramos dentro de un estadio. Iba a dirigirme hacia la salida, donde había guardias y quizá una posibilidad mayor de huir, pero él subió por las gradas y yo lo seguí.

Subimos hasta llegar a los palcos. Abrí la puerta de uno y entré. Nos separamos.

Abrí puertas tras puertas, subí escaleras y más escaleras. Corría, en pánico, a través de baños, a través de cuartos. Hasta que llegué a una serie de departamentos.

Entré a un departamento, silenciosamente. Las paredes eran de madera y el sol iluminaba todo. Abrí puertas y clósets, en busca de un lugar donde ocultarme. Robé un vestido verde para poder cambiarme de ropa y no ser reconocida. Oí los pasos de la dueña de la casa y tuve que salir.

Iba a subir por una escalera, pero escuché pasos que bajaban. Me quedé petrificada. Una chica bajó, me miró y dijo: «Te están buscando en el piso de arriba».

Volví sobre mis pasos y corrí hacia al otro lado del pasillo, completamente asustada y abrí la primera puerta. Resultó ser una especie de oficina, con una hilera de baños a un costado. Estaba dispuesta a meterme en un bote de basura de ser necesario, con tal de que no me encontraran, pero no cabía en ninguno.

Vi un gran clóset, de pared y pared y de piso a techo. Subí, con trabajo, a la parte más alta y me hice espacio, quitando muñecas y ropa. Otras dos chicas estaban allí, también escondiéndose.

Traté de cubrirme con las mismas ropas para que los perseguidores no me vieran si es que abrían las puertas.

Cerré la puerta corrediza frente a nosotras y jalé con todas mis fuerzas de la puerta pequeña del lado derecho, que se seguía abriendo.

Rezaba con todas mis fuerzas para que no me encontraran, que no me encontraran por favor…

Hitler o Voldemort


Nos dimos cuenta de que iban tras nosotros. Así que echamos a correr por los jardines de un sitio grande como una hacienda. Avanzamos, agachándonos junto a las paredes, ocultándonos.

Entramos a una pequeña casa vacía y tratamos de escondernos, acostándonos en el suelo detrás de los sillones. Yo traté de ocultar sus pies detrás de aquel sillón verde, pero era muy visible. Comprendí que yo no lograría esconderme de esa manera, así que me metí como pude dentro del estante de un clóset. Apenas cabía y temía que si alguien lo abría me encontraría de inmediato. Así que traté de ocultarme, echándome encima ropa y cobijas.

Ellos llegarían en cualquier momento. Mi angustia estaba al límite.

Entraron en la casa y yo traté de no hacer ruido. Ni siquiera respiraba. Imaginaba el destino de él, rogaba porque no pudieran distinguir sus pies bajo el sillón.

Al final, él se reveló ante ellos, pero no le hicieron ningún daño. Rieron y lo tomaron como una broma. Agradecí al cielo por eso.

Ellos nos buscában porque éramos diferentes, para castigarnos porque éramos diferentes.

Cuando salieron de la casa, yo me escabullí hacia un auto y me escondí en una especie de cajuela que daba a la parte interna del coche. Trataba de cubrir mi cuerpo por completo con una frazada.

El auto se puso en marcha, y el coche en que ellos iban quedó detrás del mío.

En el asiento trasero del auto que me transportaba,  iba sentada una muchacha sonriente. Me vio y trató de hablar conmigo, sin prestar atención a mi pánico.

Ella no se daba cuenta de que cada movimiento que yo hacía o cada palabra que ella me dirigía, podría revelar mi presencia a aquellas personas. Y entonces, yo sería presa de ellos, y me castigarían o provocarían mi muerte.