El ojo del universo


El cuerpo no responde,
el alma
se concentra en el dolor.

El azul marino
—¿o el negro?—
la devora,
y pides perdón.

No hace falta.
Yo comprendo y no:

las opciones se reducen
al extrañe o el destroce,
la implosión o la explosión;
la sinrazón.

Y me miras fijo:
«Yo sé tus pensamientos».
Sí y no.

Ellos no, pero yo los veo todo el tiempo.

El ojo del universo
observa desde lejos
nuestra obsesión.

Y cantamos los recuerdos
en los giros de los bailes
alegres y tristes,
sin redención.

Hablamos de nuestros hijos
que no están presentes.
«Yo sé tus pensamientos»,
dices.
Y no.

Ellos no, pero yo los veo todo el tiempo.

Y el ojo del universo
arroja su mirada
ubicua y silente,
y no sabremos nunca
si tenemos su perdón.

Sophie y más y más muerte


(Soñé que) ella quería matar a Sophie, mi hija.

Yo la buscaba en el garage, pensando que ya la había matado, pero Sophie estaba afuera con su impermeable rojo, mojándose en la lluvia.

Había estado jugando afuera, y ahora lucía asustada.

—Sophie, ven aquí —la llamé.

Y vino hacia mí, con su cabello rubio y despeinado. Y junto con ella, mis otros tres hijos, dos niños y una niña. Los envolví en un abrazo.

Pero el peligro seguía. Ella iba a matar a Sophie con un rifle.

Sigue leyendo