Cruz


Saliendo de una reunión en una casa ajena, me extrañó oír música conocida desde el interior de mi coche. Lo había dejado abierto y peor, andando. Se había calentado y sobre el volante estaba la cruz de oro, medio derretida por el calor.

Mis dedos… ¡No!


Subíamos largas y amplias escaleras eléctricas blancas hacia nuestros centros de trabajo. Y yo lo veía, unos escalones más arriba, tan guapo, riendo con su amigo, sin saberse observado.

En la carretera, mi coche estaba orillado. Yo estaba indecisa sobre qué camino tomar para volver a casa. Ella, de pelo negro, entró al coche y me roció con un gas para envenenarme y cortarme los dedos.

Yo estaba esperando para hablar en el radio o en la TV. Esperaba mi turno para entrar a la cabina, ensayando mi discurso, pero olvidaba los nombres.

Mientras esperaba, jugábamos una especie de memorama con mis dedos amputados. Era fácil: meñique con meñique, índice con índice…

Estrellas y mensajes


Un campo abierto a cielo abierto, de noche. El mejor invento: una heladería en la que tu creabas el sabor que tu desearas para tu helado. Mucha gente estaba en las mesas o sentada sobre el pasto, platicando o comiendo.

Comenzó el bombardeo y muchos corrieron a refugiarse. Yo vi las luces de las explosiones más allá, mientras en el cielo comenzaba una lluvia de estrellas. Eran hermosas y además tenían mensajes, querían decirnos algo.

El hombre de los ojos claros quería hablar conmigo, por segunda vez en mis sueños. Ahora no quería entregarme una carta, sino hablar conmigo para revelarme que… no lo supe. Pláticas pendientes.

La invasión y mi hija (I)


(Soñé que) salí de casa y caminé  hacia el gran complejo que era como una ciudad en sí misma. Me registré en uno de los viejos hoteles, color rojo quemado. Tomé mi llave y salí a recorrer el lugar. Entré a un edificio en el que había salones de clases. La gente allí parecía conocerme, saber que era nueva. Me decían «Carla, porque no vuelves a casa a dormir». Y yo me negaba porque sabía que estaba perdida.

Desde que salí del hotel me propuse recordar la ruta a detalle, debido a que conozco mi escasa habilidad espacial y sé que me es muy difícil ubicarme. Pero no pude encontrar la ruta de regreso. Vagué por calles a la luz del sol, tratando de encontrar el punto de partida. Había un teclado en la banqueta… En el piso de piedra era posible teclear las letras y estas aparecían grabadas en algún otro sitio del suelo. Nada de grafitis o pintas hechas a mano.

Caminé, vagué… me encontré a un chico de unos 17 años, apresuré el paso. Él me dijo: ¿Por qué huyes?. Lo miré y supe que nos conocíamos. Le dije que estaba perdida y le pedí un toque del cigarro que fumaba.

Me ayudó a llegar al edificio de los salones. Una vez allí me quedé sola y comencé a volar como suelo hacerlo en mis sueños: en posición horizontal (cual si estuviera nadando) y casi al ras de suelo. Había gente allí bebiendo o sólo platicando en las mesas y me miraban extrañados. Alguno preguntó: ¿Carla, por qué vuelas? Y yo dije: «Porque yo sí puedo y ustedes no».

Busqué, aún volando, una salida al lugar. A través de una ventana salí al exterior. Me encontré en una explanada enorme. Caminando, descubrí edificios gigantes de empresas como Airbus y bancos estadounidenses.

Sentí que algo no andaba bien, esos aviones volaban muy bajo. De pronto vi venir uno hacia mí, iba a aplastarme… ohh no, eran dos. Todos caían. Había algo disparándoles, eran máquinas que lanzaban lásers.

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Puente sobre el mar


El puente nacía en el muelle con una escalera en forma de caracol. Su estructura era sencilla con un único barandal color rojo adobe, a pesar de ello era alto y extenso. Atravesaba el ancho mar brillante en azul cobalto. Hermoso.

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Caminamos por el muelle y atravesamos un mercado lleno de puestos. Entramos a un local para recibir un dinero, mientras ellos esperaban la entrega yo me quedé en la entrada. Había un señor con un perro pastor alemán que me recordó al que una vez tuve.  Le acaricié la cabeza y su dueño me advirtió: «No». Demasiado tarde: el animal chillaba y gruñía a mi alrededor, como en busca de atención. En un momento dado me mordió y no se soltó. Grité, pidiendo ayuda a la gente alrededor, a los policías que estaban en aquella esquina. Nadie se acercó. Desperté con la sensación de dolor todavía en el costado.

Primito…


Soñé contigo… Qué venías a pasar Navidad aquí y querías que fuéramos a un concierto o a un parque de diversiones, o una mezcla entre las dos, no sé. Yo estaba tan contenta de verte, nos abrazábamos tan fuerte… como si no nos hubiéramos visto en años, que de hecho así es… No tengo ni una foto juntos para ilustrar 😦 aunque creo que nos tomaron una la última vez. ¿Dónde estará?

(Ahh… tú la tenías)

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Escape


La banda argentina de rock tocaba en un lugar pequeño, mil personas a lo más los escuchaban. Los hermanos la lideraban, ambos con guitarras y voz. De repente uno de ellos cayó muerto y el otro a su lado, llorando. Todos sospechaban de un ataque, de un complot.

Salí del lugar antes de que se convirtiera en un caos y me encontré en un inmenso campus o ciudad universitaria donde varios jóvenes pintaban carteles rebeldes en rotafolios. En un salón, se juntaban varios para tramar una venganza contra los asesinos del cantante o contra cualquier cosa.

Al fin, descubrí que lo que fuera que planeaban iba en contra mía y que debía escapar ya de allí. Traté de pasar inadvertida, pero varios chicos me impedían el paso a cada momento. Por fin llegué a la hacienda enorme que era propiedad de un anciano que tenía el poder. También debía huir de él.

Caminé tratando de no hacer ruido por los jardines del lugar. Sonó mi celular, contesté en seguida, era ella, la que solía ser mi amiga, pero se había doblegado ante el poder del viejo. Salió a buscarme y le dije que debía ayudarme a escapar.

Sonrió despreocupada con su cabello rubio y chino enmarcándole la cara. Me llevó por un lago artificial que pasaba por debajo de la casa. Me dijo que comenzara a nadar, que ella iría tras de mí. Pero uno de los vigilantes, rifle en mano, la descubrió. Yo seguí nadando y no supe si logró salir.

Llegué al camino y me subí a un destartalado camión blanco sin techo. Me confundí entre los pasajeros, sintiéndome por primera vez un poco a salvo…