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Acerca de Carla Paola Reyes

Editora general de Editorial Salto al reverso. Mi objetivo es fomentar mi crecimiento profesional y personal impulsando a escritores y artistas para que publiquen sus propios libros. Soy editora general de la Editorial Salto al reverso, que publica obras de poesía, relato y artes plásticas en inglés y en español.

Puerta blanca


Él y yo ante una puerta blanca, cerrada. Ante una puerta que no queriamos traspasar.

Estábamos bien del otro lado. No interesaba lo que había más allá. Éste era nuestro lugar.

Ni adentro ni afuera, simplemente separados de lo que sea que hubiera del otro lado, de ese misterio: oficinas llenas de trabajo importante que hacer, miembros de un régimen secreto elaborando estrategias, cuarteles de hombres armados preparados para atacar.

Yo me inclinaba por esto último, por eso me sobresalté cuando se escuchó la voz grave y rasposa de un hombre al otro lado de la puerta.

Preguntó si todo estaba en orden. ¿Si todo estaba en orden…? La pregunta no iba dirigida a mí, ciertamente, sino a aquel que estaba de pie junto a mí al otro lado de la puerta.

Él respondió que sí, que todo estaba bajo control, que la prisionera estaba bajo control.

Era yo la prisionera. Y él, mi celador.

Pero debajo de eso, de ese papel, él me cuidaba, era mi protector: Mi guardia y mi guardián.

Llena de miedo, traté de cubrir el ojo de la puerta para que el hombre al otro lado no pudiera ver lo que pasaba aquí.

Él estaba preparando comida para mi, como solía hacer.

Caminó conmigo y me dejó en el camino hacia el campo, cargada de comida escondida en los bolsillos. Me dijo que le había pedido a la encargada de las labores que no me hiciera trabajar demasiado. A mi no me gustaba esa idea. Pero en el fondo, me conmovía que hiciera eso por mí, y me conmovían todas las cosas que solía hacer.

Playa nocturna


Una niña estaba ahí, siguiéndome, necesitándome.

Estábamos rodeadas de gente, en una casa, pero aún así sentía que estábamos solas.

Ella sabía muchas cosas y quería decírmelas, pero no encontraba cómo expresarlas.

———–

Mi padre nos dijo que quería darnos una sorpresa y nos llevó por un camino entre las hileras de casas que se alzaban, inmóviles y silenciosas, en la noche.

Reconocí el sonido y el aroma del mar al final del camino. La arena negra en los pies me lo confirmó. Al final de la estrecha vía se abría el mar nocturno. Todo era obscuridad y silencio, excepto por las pisadas de nosotros cuatro.

Las olas bañaban tranquilamente la playa. Al mirar hacia la izquierda, se veían los últimos restos del ocaso, una luz tenue y anaranjada que daba algo de vida al cielo y a la orilla vacía de casas.

Mi madre quiso ir hacia allá, pero él no. Dijo que la sopresa aguardaba más allá, hacia el lado derecho de la playa, hacia la obscuridad cerrada.

La sorpresa era una casa, una casa vacía, obscura y grande. Con cuartos hermosos, pero si nada nuestro. Y sin embargo, ahí estábamos todos nosotros.

(Ohh, simbolic…)

Mar de hielo


Trazaba letras en un cuaderno que antes había usado. Caracteres sin sentido que me hacían recordar quién yo era yo, quién solía ser antes de todo, que me relajaban.

Estaba en una clase y el profesor me decía que tenía que verlo como una tesis, todo como una tesis, Y yo pensaba en premisas y silogismos, en teorías y comprobaciones, en condicionantes.

Sabía a que se refería. Lo que sea que yo escriba, debe ser visto como una tesis, como un trabajo de escuela. Con cuánta dedicación los hacía…

—-

Paseaba en coche por una carretera europea. Caminos rectos y fríos, cargados de belleza. Avanzando entre nieve y pasto.

Nos detuvimos a la orilla de una playa hermosa. El agua del océano entraba en una pequeña costa, y se mezclaba con pedazos de hielo, algas y vapor.

Una mujer nadaba en medio de todo ello: cabello negro, piel clara y túnica blanca.

Quise saber con urgencia cómo se sentía el agua. El hielo y el vapor me confundían.

Bajé del auto y corrí a la orilla. Mi mano tocó el agua y recibió la agradable sensación de tibieza: el calor y el frío coexistiendo en móviles zonas.

Mi habitación azul


Él habia decorado mi cuarto como regalo hacia mí. Había una cama baja con una colcha impresa con una obra de Monet, algo naranja y amarillo y rojo. Sobre la cama, a manera de móvil, colgaba un aparato similar al Kindle, que parecia servir para leer libros en voz alta.

En las paredes pintadas de azul, había un decorado con diseño de peces. Y a través de la gran ventana, se veia el cielo de la noche. ¿Qué pasa con el cielo?, pregunté. Estrelllas rojas y fugaces iluminaban el fondo negro, en medio de millones de planetas y soles.

Alguien que estaba afuera me llamaba. Yo pedia un segundo porque queria seguir mirando el cuarto.

Luego sali y supe que algo malo me esperaba allá afuera: un gran grupo de personas pedían mi cabeza en venganza por lo que yo le hice. ¿A quién? ¿Estaba muerto? ¿Era mi culpa que estuviera muerto? ¿De dolor?

Pero vi una silueta más allá y reconocí a ese hombre. Estaba vivo, pero caminaba lentamente hacia afuera y no me permitía mirar su rostro. Su cabello ocultaba sus ojos.

La turba furiosa me condujo hacia afuera. Acepté ir con ellos sólo cinco minutos. Una vez afuera, comencé a volar sobre las calles, para alejarme de ellos, pero también en su búsqueda. Volaba como sé hacerlo, sólo que esta vez de una manera más furiosa, más de prisa, más brusca.

Estado de emergencia


Era mi cumpleaños y todos me festejaban. Estábamos sentados en una mesa de jardín blanca y redonda, en medio de una tarde oscura que amenazaba tormenta.

Alguien trajo un pastel, y en ese momento, cayó sobre nosotros una lluvia de serpentinas brillantes y metálicas. Todo era azul, azul en mi tono favorito. Soplé las velas mientras pedía un deseo.

Una chica que estaba sentada a la mesa parecía fastidiada por estar ahí. Los demás estaban alegres y bebían.

No quería apartarme de esa visión porque era muy reconfortante. Sin embargo, llegó un momento en que no pude ignorar más las señales de peligro que venían del cielo oscurecido.

De repente, nos encontrábamos todos dentro de un edificio. Había habido una explosión afuera, un estallido muy poderoso y estábamos rodeados de fuego.

Tratamos de salir pero la policía había sellado las puertas. Estábamos en un estado de emergencia y no podíamos salir, no iban a permitirlo.

Subimos y bajamos a través de las escaleras metálicas de emergencia, buscando una forma de salir.

Varios hombres comenzaron a agruparse y a tratar de establecer un control sobre los demás. Algunos tenían rifles. Por un momento, quisimos hacerles frente, pero nos superaban.

Surgieron otros grupos de poder y nosotros también conformamos uno. Cuando un policía pregunto que quién estaba a cargo, encontró que casi todas las manos estaban alzadas.

Me di cuenta de que tendríamos que pasar horas y quizás días encerrados en aquel lugar. Propuse buscar comida y ropa para abrigarnos. Yo estaba muy incómoda con lo que traía puesto.

Una prima mía se ofreció a acompañarme  buscar ropa. Antes de irme con ella, sentí la necesidad de avisarle a la persona que parecía ser la más importante en mi mundo, quien es prácticamente mi hermano. Él me pidió que fuera con cuidado.

Ella y yo corrimos por el pasillo conscientes de que íbamos a encontrar muchos peligros.

Nos atravesamos con un grupo de hombres que saqueaban el hotel. Supimos que nos harían daño, pero teníamos que ir.

Cuando llegó el elevador, subí a él, pero me sorprendí cuando vi que su interior medía apenas un metro por un metro.

Sentí claustrofobia y sali, bajo la mirada de los hombres. Le dije a ella que saliera pero se rehúso.

Decidí bajar siete pisos por las escaleras. Corrí hacia bajo y abrí una puerta que me condujo a una gran sala llena de gente pasando leyendo, mirando películas, jugando cartas.

Al saltar entre las mesas, derribé los naipes de un hombre, dos veces de hecho. El me persiguió pero yo logre subir al elevador y cerré las puertas aprisa.

Se cerraron, dejándolo afuera, pero temí que estuviera allí cuando las puertas abrieran.

Comencé a pensar en que no quería soñar eso y me desperté, dispuesta a olvidar la pesadilla.

Un ‘rave’, mi hija y la muerte del mago


En una gran explanada llena de gente, él y yo teníamos que llegar a algún lado. Vimos pasar a tres jóvenes muy particulares, vestidos con rastas y ropa extremadamente grande.  Bailaban al caminar. Él quiso seguirlos porque sabía que se dirigían a un rave de los mejores.

Pero yo recordé que estábamos ahí para asistir a la escuela. Las clases se impartían al aire libre, bajo carpas.

Había faltado tantas veces a la clase de estadística que ni siquiera recordaba si ya estaba reprobada. Dejé mi bolsa en un lugar vacío junto a mis compañeras y les dije que regresaría antes de que iniciara la clase. Por supuesto nunca lo hice.

Fui a buscarlo. Él se había reunido con un grupo de gente que bailaba afuera de un extremo de la gran plaza. Allí, detrás de una puerta, se llevaría a cabo el gran rave.

Lo vi entrar y lo seguí hacia adentro. Me sorprendió encontrarme dentro de una iglesia. Era enorme y subterránea, y su humedad de caverna enfriaba todas las cosas. Mis ojos no alcanzaban a abarcar todo el interior. Sólo veía bancas de madera y veladoras encendidas. Escuchaba cánticos cargados de eco.

Un hombre que estaba de pie junto a mí me habló en susurros: «Tienes que caminar hacia el fondo y doblar a la izquierda para llegar. Una vez ahí…». Lo interrumpí diciéndole que yo no iba a esa fiesta. Que yo sólo iba a buscar a alguien.

Me dejó pasar y caminé por un pasillo techado, hacia donde pensaba que él se había dirigido.

Al final del corredor, me encontré en un espacio abierto, limitado por árboles en sus orillas. Al centro había un lago, brillando tenuemente bajo la luz nublada de la tarde. Y al fondo del lago había una estatua vieja de bronce, enclavada entre la hierba y árboles que lo rodeaban.

lago estatua hija raveMe acerqué lentamente, caminando sobre una plataforma de madera que daba al centro del lago. Todo era mágico, encantado. Flotaba una sensación de soledad y una paz que era tan consoladora que me perturbaba. No podía ser real.

De repente, él apareció junto a mí. Me dijo que había querido enseñarme esto desde hace años.

Me contó que ésta era una fuente encantada. Según la leyenda del lugar, el príncipe y su doncella se amaban, pero por algún encantamiento quedaron separados. Él fue hechizado y convertido en estatua y destinado a permanecer allí durante toda la eternidad hasta que ella volviera a buscarlo.

Miré más atentamente la estatua. Representaba a un hombre fornido y guapo, vestido con mallas, jubón, y sobre los hombros, una capa. Su rostro había quedado petrificado en una mueca sutil de sufrimiento, y sus cabellos, inmóviles en el momento en que algunos le caían sobre la frente.

De pronto, sentí un movimiento en la orilla del lago junto a donde yo estaba. Me puse en cuclillas y me acerqué más y, en medio de las aguas estancadas y mohosas, vi surgir una figura desde el fondo: una mujer.

Retrocedí asustada. Vi su cuerpo mojado, sus cabellos empapados y su rostro desfigurado por la desesperación.

La estatua comenzó a moverse desde el fondo, como si alguien hubiera accionado algún interruptor, y avanzó hacia la mujer del agua.

Esto no era posible, me dije. Los vi encontrarse en el centro del lago y abrazarse. Luego no pude ver nada.

Caí sentada sobre la plataforma de madera y volteé una vez más hacia el agua. Ya no había estatua, ni príncipe ni doncella, pero vi salir a otra figura más del lago.

Ésta era más chica, y ágilmente subió al borde, caminó por la plataforma de madera y se abalanzó sobre mí.

Era una niña pequeña y me abrazaba. Me abrazaba con todas sus fuerzas. Me desprendí de ella un segundo, sin entender. Vi su cara sonriente, su piel blanca y tersa, y su cabello negro y corto que me recordaba al de él.

Entonces comprendí: Era mi hija. Me lo repetí una y otra vez en el éxtasis de la alegría y la confusión. Mi hija. ¿Qué habíamos hecho? ¿Cuando había sucedido esto? ¿Dónde había estado ella durante los cinco años que aparentaba tener?

Nadie contestó a mis preguntas y me di cuenta de que en realidad no me importaba saber las respuestas. Sólo estaba feliz de tener a mi hija entre mis brazos.

Él se agacho junto a mí y nos abrazó a las dos.

——-

Estaba en una ciudad grande y llena de gente: una mezcla entre Disneylandia y San Francisco. Todo era amarillo y lleno de sol.

Caminaba por las largas calles llenas de puestos y tiendas hacia el lugar donde nos reuníamos todos, donde vivíamos todos. Éramos todos amigos y éramos muchos, decenas quizás, repartidos en varias casas y vecindades cercanas. Éramos todos familia.

Llegué a una de nuestras casas. Dejé mi bolsa sobre la mesa del comedor y me senté a platicar con las chicas mientras veíamos hacia la calle a través de los enormes ventanales abiertos.

Todas las casas eran así, abiertas. Puertas abiertas, ventanas abiertas, apenas había paredes. El techo era la única ventaja de tenerlas.

Decían que había llegado un mago a la ciudad, un ilusionista. Que se iba a presentar en el muelle al atardecer.

De inmediato quise verlo, siempre me han fascinado los trucos y las ilusiones que dejan a mi mente absorta.

Me dirigí hacia allá y los demás dijeron que me alcanzarían luego. Caminé por el muelle, un espacio muy largo de agua, flanqueado por dos extremos de concreto a cada lado. Al fondo, había un enorme muro lleno de vegetación que era la frontera de la ciudad.

Caminé por el extremo derecho del muelle, esquivando a las personas que estaban sentadas en el suelo, en grupos, observando el acto.

Me paré lo más cerca que pude del muro que estaba al fondo.El mago estaba ahí, vestido de negro. Estaba haciendo un acto de escapismo. Lo vi sumergirse en un tanque lleno de agua. Lo vi tratar de salir de él, tirando de cadenas y nudos sin éxito. Las ramas y enredaderas del muro enmarcaban su desesperación.

Después de unos minutos de intentos infructuosos, los organizadores rápidamente nos pidieron que nos marcháramos, y bloquearon nuestra vista con mamparas. Yo crucé y regresé por el lado izquierdo del muelle, quería llegar a contarles todo a los demás.

Ya sobre la calle, me encontré con un amigo que era policía. Le pregunté qué había pasado con el mago, si él creía que sobreviviría. «Ya está muerto», dijo. Y se fue a colaborar en el suceso que estremecía a aquel pueblo pequeño.

Yo seguí caminando hacia mis casas, o al menos eso pensé, porque de repente me di cuenta de que volaba. De la manera habitual. Estaba recostada paralelamente al pavimento, moviendo los brazos como remos para impulsarme. Simplemente flotando encima de la calle.

Avanzaba con dificultad, los obstáculos como árboles y jardineras me estrobaban. Además, sabía que no estaba tan concentrada como para poder dominar mi vuelo. Cada movimiento requería mi máxima concentración. Y en ocasiones, mi cara rozaba el suelo.

Por fin me reuní con ellos. Hablamos del mago, hablamos de la fiesta del día siguiente, la que reuniría a toda la familia. Y yo me marcharía al día siguiente, en avión.

Iría al aeropuerto a hacer un fila y a enrentarme contra las personas del resto del mundo que no comprendían a nuestra ciudad.

Nostalgia


Ella se mira las manos, extrañada;

las examina frente a sus ojos

dudando,

temiendo que pueda ser verdad:

Que la nostalgia se sienta tan real,

que la emoción de extrañarlo

se sienta en los dedos

como un breve cosquilleo,

como si su mano quisiera encontrar a otra

que abandonó hace tiempo.

Como si fuera posible ignorar

el sollozo al fondo de la garganta,

ese abismo perpetuo que aguarda

a que él olvide y ella se vaya.