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Acerca de Carla Paola Reyes

Editora general de Editorial Salto al reverso. Mi objetivo es fomentar mi crecimiento profesional y personal impulsando a escritores y artistas para que publiquen sus propios libros. Soy editora general de la Editorial Salto al reverso, que publica obras de poesía, relato y artes plásticas en inglés y en español.

Eterno


Otra vez, 

Eterno, 

frente a tus ojos claros, 

tu mirada disidente, 

la mía, delatora. 

¿Por qué insisto, 

insisto tanto, 

en mirarme en ti, 

en ultrajarme? 

Otra vez, 

invierno, 

no podré perdonarme. 

Es eterno tu llanto,

como dios, 

         eterno. 

Eterno, pero lejano. 

El dulce estruendo


Tras el estruendo,

bajé mis ojos 

al ras del suelo, 

cegados, cuando antes 

habían estado 

equivocados. 

Hasta despedacé

tu alma translúcida 

entre mis manos 

y me abriste 

el corazón 

en dos pedazos. 

Tras el estruendo 

bajé mis ojos 

avergonzados, 

caminé sobre cristales 

amontonados 

sobre los restos 

de mi pasado. 

Y fue una pérdida 

de nuestros cuerpos 

enamorados, 

y fue una lástima 

nuestros espíritus 

tan alejados. 

Tras el estruendo 

de cristales rotos ,

cerré mis ojos, 

maté mis manos, 

castigué por años 

nuestro amor 

que no se borra 

ni con engaños. 

Tras el estruendo ,

cedí mis labios, 

perdí tu abrazo. 

El asesinato 

de nuestro amor 

no me perdono. 

Tras el estruendo, 

cristales rotos,

enamorados. 

Autorretrato en angustia


Los ojos en húmedo brillo,

el cabello corto como un chico, 

la tez pálida, 

las mejillas encarnadas, 

la frustración, 

la impotencia, 

la preocupación y la angustia. 

Me he arrodillado

para rogar, temblando, 

una promesa de seguridad 

                         y cuidados 

para prometer de rodillas, 

jurando, protegerlo a él 

contra el miedo y lo falso, 

contra su miedo a lo falso, 

contra los miedos falsos. 

Los ojos destelleando, 

encegueciendo el llanto. 

Pequeña (Autorretrato)


Pequeña y frágil, 

semidesnuda.

A medias niña, 

miedosa, muda. 

Amante buena, amada blanca, 

e irresponsable e irrevocable.

Pequeña y quieta, 

poco sociable, 

enamorada, 

fiel y cansada. 

Pequeña y frágil, 

desnuda y santa. 

En angustia, 

en la bruma. 

Angustiada, 

abrumada.          

Autorretrato de otoño tibio


Una cicatriz 

sobre la boca, enrojecida, 

resaltando sobre los labios 

que, al menos hoy, 

no están tan pálidos. 

 

Las mejillas limpias, 

de sol, encendidas. 

 

La mirada de asombro 

ante el pensamiento 

denso, bello y mágico 

que sugiere lo abstracto. 

 

La piel desnuda 

bajo lo blanco. 

 

El cabello en oro,

enmarcando el rostro. 

 

El aire suspendido 

dentro, algún segundo. 

 

Los hombros delgados 

en líneas suaves, 

soportando el peso 

del viento violento. 

 

Una cruz escondida 

en el pecho. 

 

Los ojos obscuros 

sin su acostumbrado 

y púrpura cerco. 

 

Frágil y sin niebla, 

Bonita y atenta.

Eliza


A medida que iba cayendo la tarde, ella apresuraba el paso. El piso mojado iba quedando atrás bajo sus botas toscas, sus ojos oscuros miraban atentos el camino. 

Cruzamos nuestros caminos justo debajo del puente que atraviesa la gran avenida, nos miramos a los ojos un solo segundo y fue suficiente: inmediatamente la quise para mí. 

Sé que su nombre era Eliza, aunque nunca me lo dijo. Todavía niña, había atado su cabello chino con una cinta amarilla; todavía virgen, dejaba al descubierto sus piernas delgadas bajo la breve falda. 

Iba sola, pero no mostraba miedo. Me miró fijamente a los ojos y siguió su camino, creyendo que estaba a salvo de todo peligro, pero no era así. Me creyó uno de todos aquellos hombres que recorren la ciudad: obreros a su trabajo, padres en busca de sus hijos; me creyó uno de esos que acarician groseramente con la vista, el cuerpo de una mujer que pasa, le lanzan un “piropo” entre dientes y luego se marchan sin hacer nada. 

Y para no mentir, acepto que yo soy casi siempre como aquellos hombres. Yo vivo también en esta ciudad sucia y peligrosa. Sí, yo también camino hacía mi trabajo mal pagado y voy de prisa a buscar a mis hijos a la escuela; y sí, también veo fijamente a las muchachas guapas y suelo soltar a su paso algún halago obsceno. Pero esta vez mantuve para Eliza mi boca cerrada, porque esa tarde no estaba dispuesto a ser uno de todos, uno más de los que pasan. No iba a conformarme con sólo mirarla. 

A lo lejos, en el cielo, se distinguía la nube gris. Cuando intercambiamos miradas, me pareció distinta a las otras. Ella, aunque más joven, no bajó la vista, incómoda; ni tuvo en su rostro algún gesto de repulsión hacia mí. Parecía mayor a sus años. Empecé a seguirla por las calles frías.

Había dado comienzo la silenciosa persecución. Ella no lo supo al principio, así que siguió con su caminata, apresurada pero despreocupada. Cuando al fin notó la figura del hombre que le seguía los pasos desde hacía cinco cuadras, volteó con insistencia hacia atrás para convencerse. Pasábamos entonces por una de las calles más ruidosas de la ciudad, llena de escaparates, tiendas y luces. 

Hubiera resultado fácil para Eliza el perderse entre la gente, de no haber sido porque yo no tenía ojos más que para ella. En una esquina, un hombre harapiento echaba fuego por la boca, Eliza pasó sin mirarlo, apresurando el paso bajo la luz roja del semáforo.

No quise alcanzarla: desde lejos disfrutaba mejor el movimiento de su falda, que descubría sus piernas al caminar. Por fin, empezó a llover, las gotas mojaron su cabellera negra y su blusa delgada. El sol menguaba gradualmente y los autos encendían ya sus luces. 

Al parecer, mi esposa tendría que esperar un rato más para verme llegar a casa. El recorrido por la ciudad me resultaba tan excitante porque frente a mí tenía una preciosa atracción, mejor que los niños que hacen malabares en el alto, mejor que cualquier espectáculo citadino, aún mejor que la mejor prostituta: frente a mí tenía a Eliza, bellísima, temblando de angustia.

Finalmente, corrió al divisar ya cerca la estación del metro. Casi no tocaban sus botas el pavimento. Entró deprisa por los torniquetes, corrió escaleras abajo, pero, cuando quiso entrar al vagón, todas las puertas estaban cerradas. 

Apenas alcanzó a escuchar el silbido que anunciaba la partida del tren y en seguida, la hilera de vagones color naranja echó a correr y se perdió en la oscuridad de un túnel. Cuando Eliza miró hacia atrás, sólo quedábamos ella y yo, de pie sobre el andén. 

Carta a mi enemigo


No volveremos a hablar. Yo lo decidí y él me acusará de arbitraria. Por mi bien no debo volver a verle, pero al final, Dios decidirá. Había, como siempre, tanto por decir, pero nos negamos. Y yo me complazco dolorosamente en imaginar aquel encuentro que rehusé:

Mañana de sábado, él habría llegado antes de la hora acordada, y yo le habría encontrado cerca de la puerta de vidrio, mirando hacia fuera, esperándome con ansias y con rabia. Yo entonces habría llegado, llego, por detrás suyo y él no me habría visto, él no me ve. No me atrevo a llamarle porque ¿cómo lo haría? ¿Con qué nombre? ¿Con su nombre de pila el cual jamás pronuncié sin extrañeza o con el apodo cariñoso con el que lo nombré en los tiempos de nuestro amor? Ninguno, cualquiera sonaría falso después del odio.

Decide voltear en ese momento, ahorrándome así la palabra forzosamente equivocada. No hay sonrisa, nunca volverá a nuestros labios. Solamente hay, para mí, un breve gesto de saludo.

Él viste pantalones oscuros y algo entallados, y una playera sin mangas que yo sé que ha elegido con el fin de impresionarme, por última vez, con su cuerpo moldeado y musculoso. En realidad, me repugna ahora. Se ha dejado crecer el cabello y resulta extraño sin anteojos. No puedo decidir cómo lo prefiero, este aspecto nuevo sólo acentúa mi impresión de él como un extraño. Ojala lo fuera. Nunca entendí por qué tuvimos que conocernos.

Me aterroriza tener que besarle en la mejilla, el simple roce de su piel contra la mía es algo que no podré soportar. <<Hola>> <<Hola>> Por fin el temido beso, la cercanía me provoca una oleada de coraje y miedo. Me digo <<No odies, no>> y respiro profundamente.

Salimos del lugar, me abre la puerta con su jodida caballerosidad habitual y camina detrás de mí. No más a mi lado, con mi brazo rodeando su cintura, mi mano enganchada a la bolsa de su pantalón. No más.

Separados, y él siguiéndome como el verdugo sigue a la víctima. Dios sabe que los papeles deberían ser al revés, pero Él me ha hecho perdonarle aquellos tiempos en que él fue para mí el verdugo más cruel. En consecuencia, no voy a victimarle como hubiera querido antes, para saciar mi odio, odio de antes. No más. <<No odies, respira>> 

Doblar a la izquierda al terminar la cuadra, cruzamos la calle y llegamos a aquel rincón denominado para siempre como «nuestro lugar»: un par de escalones en el portal de un pequeño edificio de oficinas. Por fin se acerca, se queda de pie frente a mí. Me siento en un escalón, después de sacudir con la mano el polvo acumulado. <<Pintaron este lugar de blanco>> dice él o digo yo, no hay mayor diferencia, es el único comentario neutral que podemos hacernos. <<Sí… me gustaba más antes>> <<A mí también>>

Entonces me ofrece un cigarro, Camel, por supuesto. Lo acepto y me lo enciende con un vil encendedor amarillo. (Llega súbitamente a mi memoria el recuerdo de aquella vez que arrojó furioso su costoso zippo negro a mitad de la calle, sin embargo no logro recordar el porqué. Sé casi intuitivamente que la causa de su enojo era yo, como en tantas otras ocasiones.)

Le pido que se siente junto a mí. Orgulloso, mueve la cabeza negativamente <<¿Cómo vamos a hablar así?>> le pregunto. <<¿Hablar, hablar de qué?>> Su tono irónico me avisa que ha comenzado la última batalla, la que ambos perderemos, como perdimos siempre. Hay casi ira en su voz, me asusta. Hay un nudo en mi garganta, hago un esfuerzo más. <<Paciencia, paciencia, no odies, no…>> Interrumpe mi pensamiento gritando: <<¿Vienes a decirme que quieres perdonarme? No necesito tú perdón, aquí los dos somos víctimas y victimarios, ¿entiendes?>> 

Decido que no puedo más. No tolero un encuentro con él, ni siquiera el recuerdo futuro de su misma invención. No volveremos a hablar, por mi bien y para no volverle a odiar.