Eterno


Otra vez, 

Eterno, 

frente a tus ojos claros, 

tu mirada disidente, 

la mía, delatora. 

¿Por qué insisto, 

insisto tanto, 

en mirarme en ti, 

en ultrajarme? 

Otra vez, 

invierno, 

no podré perdonarme. 

Es eterno tu llanto,

como dios, 

         eterno. 

Eterno, pero lejano. 

El dulce estruendo


Tras el estruendo,

bajé mis ojos 

al ras del suelo, 

cegados, cuando antes 

habían estado 

equivocados. 

Hasta despedacé

tu alma translúcida 

entre mis manos 

y me abriste 

el corazón 

en dos pedazos. 

Tras el estruendo 

bajé mis ojos 

avergonzados, 

caminé sobre cristales 

amontonados 

sobre los restos 

de mi pasado. 

Y fue una pérdida 

de nuestros cuerpos 

enamorados, 

y fue una lástima 

nuestros espíritus 

tan alejados. 

Tras el estruendo 

de cristales rotos ,

cerré mis ojos, 

maté mis manos, 

castigué por años 

nuestro amor 

que no se borra 

ni con engaños. 

Tras el estruendo ,

cedí mis labios, 

perdí tu abrazo. 

El asesinato 

de nuestro amor 

no me perdono. 

Tras el estruendo, 

cristales rotos,

enamorados. 

Autorretrato en angustia


Los ojos en húmedo brillo,

el cabello corto como un chico, 

la tez pálida, 

las mejillas encarnadas, 

la frustración, 

la impotencia, 

la preocupación y la angustia. 

Me he arrodillado

para rogar, temblando, 

una promesa de seguridad 

                         y cuidados 

para prometer de rodillas, 

jurando, protegerlo a él 

contra el miedo y lo falso, 

contra su miedo a lo falso, 

contra los miedos falsos. 

Los ojos destelleando, 

encegueciendo el llanto. 

Pequeña (Autorretrato)


Pequeña y frágil, 

semidesnuda.

A medias niña, 

miedosa, muda. 

Amante buena, amada blanca, 

e irresponsable e irrevocable.

Pequeña y quieta, 

poco sociable, 

enamorada, 

fiel y cansada. 

Pequeña y frágil, 

desnuda y santa. 

En angustia, 

en la bruma. 

Angustiada, 

abrumada.          

Autorretrato de otoño tibio


Una cicatriz 

sobre la boca, enrojecida, 

resaltando sobre los labios 

que, al menos hoy, 

no están tan pálidos. 

 

Las mejillas limpias, 

de sol, encendidas. 

 

La mirada de asombro 

ante el pensamiento 

denso, bello y mágico 

que sugiere lo abstracto. 

 

La piel desnuda 

bajo lo blanco. 

 

El cabello en oro,

enmarcando el rostro. 

 

El aire suspendido 

dentro, algún segundo. 

 

Los hombros delgados 

en líneas suaves, 

soportando el peso 

del viento violento. 

 

Una cruz escondida 

en el pecho. 

 

Los ojos obscuros 

sin su acostumbrado 

y púrpura cerco. 

 

Frágil y sin niebla, 

Bonita y atenta.

Cortinas


Está todo dispuesto:

se ha pagado el precio,

se ha subido la escalera,

se cierra la puerta,

se ahuyenta la luz que molesta

—cortinas—

a los que se aman o se amaban,

y hoy se buscan entre sombras,

y se encuentran en la lucha,

como amantes, a ratos,

como fieras,

encerrados en un cuarto

y en un trance

donde poca luz se filtra.

—ventanas—

Solo ruidos, no palabras,

la incoherencia y el aliento

cálido sobre la almohada

y sobre la piel descubierta

de nosotros, los que se aman

o de los que hace no mucho

aceptaban que se amaban.

Reloj de arena


Jamás existió el tiempo,
ni el posible presente,
ni el ayer.
Sólo fue
un reloj de arena
que se deja disolver

(entre mis piernas).

Sólo fue el tiempo robado
al desesperante tic tac
de los relojes de tu infierno
y de mis escaleras.

Nunca fue el tiempo,
ni el otro, ni tú.
Nunca fueron tus manos,
fui yo
la que eligió la ruta a la nada,
el reloj sin mañana,
el futuro sin esperanza,
el perdón.