Verde, blanco y rojo


Imagen destacada Unsplash (CC0).

(Soñé) que iban a matarnos a todos. Estábamos en una casa de campo. Yo podía ver a través del gran ventanal, si descorría la cortina, el paisaje exterior.

Elton John soñaba de fondo en mi cabeza.

«So goodbye, yellow brick road…»

Había agua a lo lejos; pensé que era mar. No. Un lago, no sé. Empezó a nevar y el extenso campo se llenó de hielo. El paisaje era hermoso. Una bandada de flores rojas gigantes descendió de los cielos. Quise tomar una foto para salvar su belleza. Pero enseguida las orquídeas carmesí comenzaron a perseguir a las familias que paseaban, atacándolas como pájaros despiadados. Todos corrieron.

Flores rojas sobre la nieve, cubriendo el pasto verde.

Vi animales extraños queriendo matar. Los hombres corrían. El hielo en el suelo los hacía resbalar. Entonces cerré la cortina, eché los cerrojos. Supe que no servirían de mucho.

Pasé por una ventana y vi a un criminal vestido de militar. Sostenía un rifle. Entonces lo recargó apuntando al aire y soltando una amenaza:

—Ahora sí ya se les cargó la chingada.

Todos íbamos a morir.

«Oh, I finally decided where my future lies…»

Metimos a mi hijo a un cuarto. Tenía sueño. Lo arropé entre las cobijas y quise que al menos no escuchara nada del caos exterior. Se durmió. Me preparé para acostarme junto a él y protegerlo con mi cuerpo.

Y entonces comenzó la balacera.

Ráfagas contra paredes y muros de la casa, ráfagas contra los muros vecinos y hacia el campo abierto.

Escuché gritos de pánico. Yo solo adivinaba el pasto verde cubierto de hielo cubriéndose de sangre. Verde bajo el blanco bajo el rojo. Verde, blanco y rojo.

«…beyond the yellow brick road.»

Asesinato planeado (sueño)


Estaba dicho y todos lo sabían: Iban a matarme. Era necesario. Era una lucha de poder en la que yo no tenía nada que ver, pero aun así…

Como la hija del presidente, mi muerte era necesaria para poder culpar a los terroristas de ello y así desatar la guerra, pero sería la gente de mi padre la que daría el golpe. Y él era quien había dado la orden de sacrificarme.

Habían dado a mis asesinos una lista con los horarios y situaciones en que yo era más vulnerable: las horas en que dormía en mi cama con la ventana abierta, las noches en que regresaba a casa por aquella oscura y solitaria calle. Sólo era cuestión de tiempo y yo esperaba y esperaba, entre nerviosa y resignada.

Encontré a algunos conocidos en la calle. Tras saludarlos, les pregunté si ellos sabían que yo estaba condenada a morir. «Sí». Y que qué opinaban al respecto. «Así es la vida, dear».

Y a esa sensación de inquietud constante y rabia contenida, se sumó el sentimiento de traición por parte de todos los que conocía.

Ahora no me quedaba más que esperar.