Ciudades lejanas


(Sigo soñando con) ciudades lejanas. Camino todas las noches por calles desconocidas y edificios imaginados.

Sueños aterciopelados en colores cálidos, anaranjados.

Una librería hermosa, una mesa de cafetería rodeada de gente de otros países, personas nuevas para conocer.

Una universidad enorme, y yo empujando una carriola a través de sus jardines y viendo un espectáculo desde las gradas de un enorme estadio.

(Él soñó) dos veces que yo caía de un edificio. La primera en un edificio extranjero y por falta de pericia, la segunda de un edificio familiar y por voluntad propia.

realidad alterna sueños caleidoscopio

Asesinos abstractos


(Soñé que) querían matarme. Cuando entramos al estacionamiento, un coche se emparejó al nuestro y mi esposo me dijo: «Agáchate».

Los del auto rojo comenzaron a disparar, y yo permanecí agachada contra la puerta, ocultando mi cabeza de la ventanilla. Él trataba de agacharse también, pero seguía manejando.

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Caja nuclear


Se estaban acercando. Nos avisaron mientras nos refugiábamos en improvisadas trincheras a un lado de un edificio derrumbado.

Los superiores decidieron atacar primero.

Mi esposo y yo seríamos los encargados. Nos ordenaron armar la bomba. Era un pequeño artefacto nuclear que cabía en una caja. Tuve que colocar los explosivos junto con varias piedras cuya función era evitar que explotara inmediatamente.

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Amuleto


Había ido a un mercado a comprar un amuleto a un amigo que era dueño del puesto. Tras buscar un rato, lo hallé: Una cadena de chaquiras azules.

Él tuvo que irse y me dejó sola con una anciana y un chico. Entonces, el cielo comenzó a cerrarse mientras se acercaba una gran tormenta.

Yo tuve miedo porque no sabía cómo regresar a casa. Nos subimos todos a un camión, y en él había un niño.

El niño no sabía que estaba muerto, al igual que yo y mis acompañantes. «La única razón por la que puede vernos es porque está muerto como nosotros», le dije a la anciana, bajando la voz para que el pequeño no me oyera.

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Nudo corredizo / Mariposas negras


Que iba a colgarme con una cuerda. Estábamos en un clóset muy pequeño y la cuerda era demasiado larga. Una chica que estaba conmigo me ayudó a acortarla. Fuera de eso, la cuerda funcionaba, el nudo corredizo era perfecto.
Alguien lo había dejado todo dispuesto para mí muerte. Y yo estaba dispuesta.
Pero no llegué a hacerlo. Cambio de sueño.
—————
Tenía que matar a alguien, un viejo, pero en el último momento me arrepentía.
Me senté a contárselo a una amiga y a reírnos juntas del pobre hombre.
En ese momento, llegó volando una mariposa negra, de esas que presagian muerte. Fue directo hacia mí. Comenzó a atacarme.
Y entonces se le unieron más. Más mariposas negras volando y estrellándose contra mi cara, contra todo mi cuerpo. Y yo, en un estado de angustia, gritaba y rogaba que alguien hiciera algo, que alguien las alejara de mí.

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Ataque químico



Fui la última en entrar al cuartel. Crucé el umbral y fue entonces cuando comenzaron a sonar las sirenas: La alerta de un ataque químico.

Como el protocolo de seguridad dicta, cerré las puertas tras de mí tan rápido como pude y subí los cierres de la protección plástica que aisla al edificio de los gases tóxicos.

Las manos me  temblaban, fue entonces cuando sentí que uno de mis compañeros las sostenía entre las suyas para calmarme. Alex me ayudó a subir el resto de los cierres. Al terminar, me abrazó para tranquilizarme. Un poco de alivio cálido entre el caos.

Alguien dio un grito ahogado. Volteé hacia donde todos miraban: Un niño pequeño de cabello negro estaba tocando el vidrio con su manita.

Miré hacia mis superiores con un gesto de duda. Una parte de mí gritaba que no podíamos dejarlo allá afuera. Pero su negativa muda fue más imperiosa que cualquier emoción mía.

Si abríamos la puerta para él, todos estaríamos muertos.

En mi cabeza sonaba a todo volumen una canción: “There’s no reason, there’s no secret to decode. If you can’t save it, leave it dying on the road”.

La mayoría del personal de la agencia corrió a refugiarse en la parte trasera del edificio, donde un domo transparente los aislaba del aire exterior.

Tendieron sábanas y toallas para sentarse en el suelo de aquel patio. Fue entonces cuando me di cuenta de que quizá pasaríamos meses encerrados allí, sin nada que hacer más que esperar, mirar y racionar las provisiones.

Me quedé al frente del edificio, como mi puesto de autoridad demandaba, y esperé el inicio del ataque.

Un grupo de patrullas llegó a toda velocidad por el extremo izquierdo de la calle y se detuvo frente al cuartel. Los agentes no se atrevieron a bajar de sus autos y simplemente miraron hacia las puertas de vidrio de mi edificio.

El estridente sonido de las sirenas llegaba amortiguado a mis oídos debido al aislamiento del edificio. Todo lucía al mismo tiempo irreal y extremadamente cierto.

Un grupo mayor de autos avanzó desde el extremo contrario de la calle, claramente tratando de huir del ataque químico: esa gran nube negra que parecía perseguirlos.

Al toparse con las patrullas, no tuvieron más remedio que detenerse, y esperar el golpe.

Yo sólo miré, impotente, a través de la ventana, hasta que la nube negra lo devoró todo.

Cuando se disipó el humo, me atreví a asomarme, junto con otros miembros del personal, por la ventana de la oficina a mi derecha. Pude ver, en medio de los residuos del gas oscuro, restos de edificios y muebles hechos polvo y, entre ellos, esqueletos y cráneos humanos.

Recuerdo que solamente pude preguntarme qué tan poderoso era ese gas como para reducir a huesos a personas que segundos antes estaban con vida.

Afortunadamente, nosotros estábamos a salvo. Atrapados, pero a salvo.

Sombrero de espinas


Estaba caminando por una calle oscura. Lloraba mi propia muerte. Recuerdo con claridad que estaba devastada, por la muerte de alguien, y ese alguien era yo misma.

Al final de ese callejón, encontré lo que buscaba: un ‘sombrero de espinas’, entretejido con tallos secos de rosas.

Debía colocarlo en mi cabeza.

———

Estábamos todos discutiendo.

No recuerdo bien el motivo, simplemente recuerdo que yo le dije a alguno de los dos: ‘¡Ya no digas más eso!’

Entonces tomé una silla de madera, y golpeé al hombre varias veces en la cabeza. La silla simplemente se rompió. En realidad, nadie salió herido.

Trepé a una parte superior de la habitación. Como una barra de concreto que estaba casi rozando el techo de la cocina. Era algo que solía hacer antes de ir a la escuela, para tomar mi lunch o algo así.

Cuando miré hacia abajo vi a un prima que había regresado, que había logrado dejar al hombre que la maltrataba. Bajé corriendo y la abracé con todas mis fuerzas.

——

La escuela. Llegaba tarde a una clase y atravesaba el enorme campus corriendo a toda velocidad.

Subí por un elevador y entré a una sala de cómputo para imprimir un trabajo. Un chico guapo me explicó un par de cosas sobre la impresora.

Corrí hacia el salón, sin saber muy bien en qué parte del laberíntico edificio estaba. Vi a una vieja amiga y supe que el salón estaba allí. Me animaron a entrar, pese a que ya habían pasado 45 minutos de clase.

——–

Otra vez la escuela. Varios compañeros huyeron de la clase de aquella maestra estricta. Logre sentarme junto a aquel niño. Me hacía reír mientras sacaba los cuadernos de mi papelera.

El resto de los alumnos boicoteamos la clase. Todos dijimos que debíamos salir por algo fuera del salón. Salimos corriendo justo a tiempo para que la maestra no nos viera.