La complicada huida (sueño)


Era el momento esperado después de décadas. Debía salir de ahí y yo quería su compañía. Los recuerdos de años eran grilletes en cada una de las habitaciones de esa prisión; en cada pasillo, balcón, ventana enrejada. Incluso estaban presentes en el patio de ‘recreo’ que daba al exterior.

Tirados en cama, en la celda, fingíamos dormir ante la vigilancia.

Había que escapar y yo sabía las claves. Eran frases, no demasiado largas para recordar pero un reto a mi memoria dañada. En voz baja le pedí a él que las memorizara también. Le dije que era la única forma por si en el momento del escape nos arrebataban todo, todas las notas, todas nuestras posesiones.

Puse en marcha el plan cuando todos en la prisión estaban despiertos. La gente caminaba por todos lados sin sospechar que se acercaba la alarma, el veneno escondido, el momentáneo caos.

Y así llegó. Eclipsé sus mentes con la sustancia disfrazada. Una mano tendida hacia mí en súplica, pero no. A partir de entonces nadie me recordó. Pude caminar ante sus ojos como una desconocida. Nadie trató de detenerme cuando usé las claves aprendidas para largarme.

Ahora todos me sonreían, ciegos. Oh, pero yo sabía. Yo recordaba todo, las décadas y las frases.

Y era un lugar nuevo la prisión. Un lugar de retiro junto al mar: barcos y veleros anclados en las orillas, gente paseante bajo el sol. Se acercaba el ocaso. Muchos querían volver a casa y yo no sabía hacía dónde era eso.

Así que me acerqué al muelle donde la gente feliz lucía algo angustiada. Querían la vía de salida más rápida. Y yo no. Yo miraba el mar con ojos nostálgicos de quien no quiere apartarse, y pensaba que nada me haría más feliz que sumergir mis pies en sus lenguas azul cobalto.

¿Está cerrado el mar? El encargado de los barcos dijo que no. Y cuando me miró a los ojos, supe que él sabía quién era yo. Pudo ver a través del olvido. Dejó a los otros marcharse en el submarino exprés, y me ofreció un paseo lento que me permitiría mirar a mi antojo las olas.

Acepté. Me bañé en mi camarote frente al amplio ventanal que mostraba el mar. Todo era agua a mi alrededor: la vista, el tacto, en mi boca, y el vapor. Nada más necesitaba mi corazón que mi propio elemento. El cabello largo y fastidioso se aplacaba en el rocío de la regadera caliente.

Oh, ¿y por qué no me he lanzado al mar?, pensé.

Llegando a puerto, seguí una voz conocida hacia afuera. Y me encontré una pistola apuntando a mi frente. Y no una, veinte armas hacia mí, en una extraña práctica policial en plena vía pública.

Pero había un hombre que me apuntaba fijo y me sonreía. Hazlo, pensé, mirando su rostro indescifrable. Me encogí esperando la bala cuando tiró del gatillo. Y vi llegar a mi rostro agua, de su pistola de agua. Agua, agua, agua. Y sonreí al entender su gesto. Y sentí la angustia en mí y no alivio. Nunca alivio. Solo agua, agua, agua.

Abrir los cuarteles


Les comparto una entrada para el blog Arte y denuncia. Es un sueño que tuve, relacionado con la situación actual de la búsqueda de los estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa, México.

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Si de verdad van a abrir los cuarteles militares para ver si los estudiantes desaparecidos están allí, yo quiero entrar. Eso soñé. Eso realmente soñé. Acabo de despertar y lo escribo.

Fui al cuartel, me dejaron entrar con mi gafete de reportera. Entré a una sala donde había varios reporteros, quienes rápidamente pudieron notar mi poca experiencia. Yo era más joven. Vestía de negro. Un señor me pasó la mano por la cabeza como se acaricia a una niña pequeña que tiene miedo. «Lo que estamos a punto de ver….», pensó, mientras me hacia un gesto significativo con la cabeza.

Sí estaba asustada. Nunca había ido a una morgue. Los demás reporteros avezados en ello procedieron a ponerse largas batas verdes y a cubrirse el rostro con cubrebocas. Yo solo tome una libreta y un bolígrafo, y saqué mi celular para tomar fotos.

Eché a andar detrás de ellos.

Pero a donde llegué no era una…

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Claudia (sueño)


Salió de nuestra casa alterada, Claudia, mi hermana. Yo hablaba cosas importantes pero ella no alcanzaba a escucharlas. Su mente estaba distraída, fija en alguna cosa que yo no entendía.

La calle era fea. El barrio era conocido como uno de los mas peligrosos de la ciudad. Era mediodía. Su cabello negro brillaba bajo el sol. Yo siempre la miraba hacia arriba, tan mayor, tan fuerte y decidida. La quería tanto…

Cruzamos la calle y nos recargamos contra un auto oxidado y abandonado. Yo seguía hablándole pero ella apenas oía nada. Su mirada estaba clavada en la tiendita que estaba en la acera opuesta, justo al lado de nuestro portal. Allí estaban ellos, los que lo controlaban todo, quienes nos tenían amenazadas de por vida, y que la tenían harta y enfurecida.

Me hizo una seña para que me acercara. Abrió su bolso y me mostró un cuchillo ancho y corto como de carnicero. Abrí la boca de sorpresa.

—¡Claudia…!

Sin decirme nada, cruzó la calle ya con el cuchillo empuñado. Se fue directo contra las dos chicas que atendían la tienda. Creó que las hirió para quitarlas del paso y poder encararlos a ellos.

No supe más porque entré corriendo a casa. Aunque yo sabía que allí no había nadie; bueno, nadie que pudiera ayudarme. Aun así recorrí las habitaciones desordenadas y sucias. Gritando en desesperación el nombre de mi hermana.

Nadie, hasta que llegué al cuarto en el que dormía ese buen hombre, mi padre, al que realmente apenas conocía. Era tan anciano que no podía siquiera levantarse de la cama desde hace años. Yo estaba tan angustiada que descubrí su rostro de entre las sábanas y le dije: «Ayúdame. Es Claudia». Y enseguida me arrepentí de turbar su descanso.

El hombre se levantó. Era tan, tan viejo que yo pensé que iba a quebrarse al levantarse. Fue hacia la puerta conmigo con la preocupación pintada en el semblante.

Y entonces la vimos entrar: bella y herida, toda ensangrentada pero satisfecha. Había pagado un precio por nosotros, un precio que apenas comenzábamos a entender.

Cable


Toda la noche, como en un delirio,
explicaba cosas que no entenderás
porque yo misma no sé explicarlas
al despertar.

De pie, nos separaba un negro vacío
y el mismo mensaje se repetía:

Nada que lamentar.

Te hablé sobre la importancia de tu risa,
de como el silencio se malinterpreta,
de como hay etapas en que somos felices
y otras en las que sólo queda aguardar.

Baja la guardia, decía.
La guardia baja sentía.

Y la importancia de saber tu sonrisa.

De pie, y a través del vacío negro
la conexión se hizo clara,
visible y física:

Entre nuestras almas, un cable iluminado.
Era la luz que atraviesa un túnel oscuro y largo.

Cierra los ojos y puedes verla,
(…).

‘Y vendrá la fiesta’


Un sueño para variar.

Una fiesta. Mucho que celebrar: alegrías ajenas como propias; victorias.

Una alberca, y la gente que comienza a llegar. Yo, sumergida en el agua, bajo el sol, contenta y haciendo reclamos en juego al anfitrión. Luego, cientos de personas abarrotan el lugar, se hace de noche, mujeres semidesnudas bailan sobre las mesas, diversión, alcohol y lo mejor de todo, su rostro feliz… su risa feliz.

Luego, en el baño, una muchacha se acerca a mí. Me habla al oído y yo niego con la cabeza porque ya sé que va a decir. Y yo trato de decir no, yo no, ya no. Sin importarle nada, acerca su boca a la mía y mete su lengua. Y deja allí la sustancia.

—Tú puedes soportarla —me dice y se va.

Escupo en mi mano la pastilla y miro a mis amigas a través del espejo del baño. Como dos diablitos en mis hombros me dicen: anda. Y la trago. Y durante dos segundos miro como mis ojos cambian, como nacen sombras moradas debajo de ellos y en mi pecho, y percibo la sensación lejana que se apodera de mí.

Y entonces el autocontrol lo frena todo.

Y me detengo el viaje.

Y luego despierto.

Boy


I think I saw you
—boy—
through a tunnel,
through the ether.

And I was left speechless.

But I understood.

I was thinking of her;
her wrist tied to mine
with a string.

¿Would you accept
to be bound to me,
too?

My eyes were staring at the drops.
In front of me, the water, the wall,
and surrounding me, the mist
and the presence of everyone I love.

And there I saw you.

And I got it, boy,
that you are a soul.

Beau-ti-ful soul.

My lips were silenced,
my heart was struck.

I dreamt of you.
And I understood.

Fotografía: 'Kite on a finger' por Daniel Herd / CC BY

Fotografía: ‘Kite on a finger’ por Daniel Herd / CC BY