Nena


(Soñé que) miraba hacia abajo desde un balcón sin rejas. Estaba acostada bocabajo sobre el piso, y mi cabeza colgaba hacia el abismo de un par de pisos. La gravedad hacia colgar mi cabello claro y largo frente a mis ojos. Lo peiné entre mis dedos, y por un momento eso me dio la señal de que estaba en medio de un sueño (en la vigilia, mi cabello  luce igual de corto que el de un chico). O tal vez esto era el futuro, pensé.

Mientras miraba hacia el balcón del piso de abajo y hacia el pasto que creía en la banqueta, sentía nostalgia. Pensaba en el hombre que debía visitarme esa tarde y cuyo retraso me hacía sumirme en la añoranza. Una añoranza que cargaba desde mi infancia, una larga añoranza de él, que yo sabía que no terminaría jamás, ni siquiera si eventualmente aparecía esa tarde en mi casa.

Abandoné la esperanza tras un rato y me puse de pie. Cuando volteé hacia la habitación que tenía a mis espaldas, vi dos figuras descansando en la cama: Mi madre y mi hija (…)

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Caja nuclear


Se estaban acercando. Nos avisaron mientras nos refugiábamos en improvisadas trincheras a un lado de un edificio derrumbado.

Los superiores decidieron atacar primero.

Mi esposo y yo seríamos los encargados. Nos ordenaron armar la bomba. Era un pequeño artefacto nuclear que cabía en una caja. Tuve que colocar los explosivos junto con varias piedras cuya función era evitar que explotara inmediatamente.

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Dying


Mi pequeña hermanita estaba muy enferma.

Yo la sostenía mientras ella tosía sangre, casi echada en el suelo a un lado del sillón.

La estreché entre mis brazos. Abracé ese cuerpecito pequeño del tamaño de una niña de seis años, pero creo que tenía más, tal vez nueve. Sus ojos oscuros tenían una cualidad conocida, así como su cabello castaño corto hasta la barbilla.

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Sofía


Llevaba mis manos a mi vientre, tocaba un bulto y entonces recordaba que estaba embarazada… Percibía un color lila al hacerlo, y así supe que era una niña: Sofía Fernanda.

Pensé que pasaría mas tiempo antes de que tuviera que decírtelo, antes de que me topara contigo de frente,  antes de que tuvieras que verlo y yo tuviera que decirte su nombre…

Un ‘rave’, mi hija y la muerte del mago


En una gran explanada llena de gente, él y yo teníamos que llegar a algún lado. Vimos pasar a tres jóvenes muy particulares, vestidos con rastas y ropa extremadamente grande.  Bailaban al caminar. Él quiso seguirlos porque sabía que se dirigían a un rave de los mejores.

Pero yo recordé que estábamos ahí para asistir a la escuela. Las clases se impartían al aire libre, bajo carpas.

Había faltado tantas veces a la clase de estadística que ni siquiera recordaba si ya estaba reprobada. Dejé mi bolsa en un lugar vacío junto a mis compañeras y les dije que regresaría antes de que iniciara la clase. Por supuesto nunca lo hice.

Fui a buscarlo. Él se había reunido con un grupo de gente que bailaba afuera de un extremo de la gran plaza. Allí, detrás de una puerta, se llevaría a cabo el gran rave.

Lo vi entrar y lo seguí hacia adentro. Me sorprendió encontrarme dentro de una iglesia. Era enorme y subterránea, y su humedad de caverna enfriaba todas las cosas. Mis ojos no alcanzaban a abarcar todo el interior. Sólo veía bancas de madera y veladoras encendidas. Escuchaba cánticos cargados de eco.

Un hombre que estaba de pie junto a mí me habló en susurros: «Tienes que caminar hacia el fondo y doblar a la izquierda para llegar. Una vez ahí…». Lo interrumpí diciéndole que yo no iba a esa fiesta. Que yo sólo iba a buscar a alguien.

Me dejó pasar y caminé por un pasillo techado, hacia donde pensaba que él se había dirigido.

Al final del corredor, me encontré en un espacio abierto, limitado por árboles en sus orillas. Al centro había un lago, brillando tenuemente bajo la luz nublada de la tarde. Y al fondo del lago había una estatua vieja de bronce, enclavada entre la hierba y árboles que lo rodeaban.

lago estatua hija raveMe acerqué lentamente, caminando sobre una plataforma de madera que daba al centro del lago. Todo era mágico, encantado. Flotaba una sensación de soledad y una paz que era tan consoladora que me perturbaba. No podía ser real.

De repente, él apareció junto a mí. Me dijo que había querido enseñarme esto desde hace años.

Me contó que ésta era una fuente encantada. Según la leyenda del lugar, el príncipe y su doncella se amaban, pero por algún encantamiento quedaron separados. Él fue hechizado y convertido en estatua y destinado a permanecer allí durante toda la eternidad hasta que ella volviera a buscarlo.

Miré más atentamente la estatua. Representaba a un hombre fornido y guapo, vestido con mallas, jubón, y sobre los hombros, una capa. Su rostro había quedado petrificado en una mueca sutil de sufrimiento, y sus cabellos, inmóviles en el momento en que algunos le caían sobre la frente.

De pronto, sentí un movimiento en la orilla del lago junto a donde yo estaba. Me puse en cuclillas y me acerqué más y, en medio de las aguas estancadas y mohosas, vi surgir una figura desde el fondo: una mujer.

Retrocedí asustada. Vi su cuerpo mojado, sus cabellos empapados y su rostro desfigurado por la desesperación.

La estatua comenzó a moverse desde el fondo, como si alguien hubiera accionado algún interruptor, y avanzó hacia la mujer del agua.

Esto no era posible, me dije. Los vi encontrarse en el centro del lago y abrazarse. Luego no pude ver nada.

Caí sentada sobre la plataforma de madera y volteé una vez más hacia el agua. Ya no había estatua, ni príncipe ni doncella, pero vi salir a otra figura más del lago.

Ésta era más chica, y ágilmente subió al borde, caminó por la plataforma de madera y se abalanzó sobre mí.

Era una niña pequeña y me abrazaba. Me abrazaba con todas sus fuerzas. Me desprendí de ella un segundo, sin entender. Vi su cara sonriente, su piel blanca y tersa, y su cabello negro y corto que me recordaba al de él.

Entonces comprendí: Era mi hija. Me lo repetí una y otra vez en el éxtasis de la alegría y la confusión. Mi hija. ¿Qué habíamos hecho? ¿Cuando había sucedido esto? ¿Dónde había estado ella durante los cinco años que aparentaba tener?

Nadie contestó a mis preguntas y me di cuenta de que en realidad no me importaba saber las respuestas. Sólo estaba feliz de tener a mi hija entre mis brazos.

Él se agacho junto a mí y nos abrazó a las dos.

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Estaba en una ciudad grande y llena de gente: una mezcla entre Disneylandia y San Francisco. Todo era amarillo y lleno de sol.

Caminaba por las largas calles llenas de puestos y tiendas hacia el lugar donde nos reuníamos todos, donde vivíamos todos. Éramos todos amigos y éramos muchos, decenas quizás, repartidos en varias casas y vecindades cercanas. Éramos todos familia.

Llegué a una de nuestras casas. Dejé mi bolsa sobre la mesa del comedor y me senté a platicar con las chicas mientras veíamos hacia la calle a través de los enormes ventanales abiertos.

Todas las casas eran así, abiertas. Puertas abiertas, ventanas abiertas, apenas había paredes. El techo era la única ventaja de tenerlas.

Decían que había llegado un mago a la ciudad, un ilusionista. Que se iba a presentar en el muelle al atardecer.

De inmediato quise verlo, siempre me han fascinado los trucos y las ilusiones que dejan a mi mente absorta.

Me dirigí hacia allá y los demás dijeron que me alcanzarían luego. Caminé por el muelle, un espacio muy largo de agua, flanqueado por dos extremos de concreto a cada lado. Al fondo, había un enorme muro lleno de vegetación que era la frontera de la ciudad.

Caminé por el extremo derecho del muelle, esquivando a las personas que estaban sentadas en el suelo, en grupos, observando el acto.

Me paré lo más cerca que pude del muro que estaba al fondo.El mago estaba ahí, vestido de negro. Estaba haciendo un acto de escapismo. Lo vi sumergirse en un tanque lleno de agua. Lo vi tratar de salir de él, tirando de cadenas y nudos sin éxito. Las ramas y enredaderas del muro enmarcaban su desesperación.

Después de unos minutos de intentos infructuosos, los organizadores rápidamente nos pidieron que nos marcháramos, y bloquearon nuestra vista con mamparas. Yo crucé y regresé por el lado izquierdo del muelle, quería llegar a contarles todo a los demás.

Ya sobre la calle, me encontré con un amigo que era policía. Le pregunté qué había pasado con el mago, si él creía que sobreviviría. «Ya está muerto», dijo. Y se fue a colaborar en el suceso que estremecía a aquel pueblo pequeño.

Yo seguí caminando hacia mis casas, o al menos eso pensé, porque de repente me di cuenta de que volaba. De la manera habitual. Estaba recostada paralelamente al pavimento, moviendo los brazos como remos para impulsarme. Simplemente flotando encima de la calle.

Avanzaba con dificultad, los obstáculos como árboles y jardineras me estrobaban. Además, sabía que no estaba tan concentrada como para poder dominar mi vuelo. Cada movimiento requería mi máxima concentración. Y en ocasiones, mi cara rozaba el suelo.

Por fin me reuní con ellos. Hablamos del mago, hablamos de la fiesta del día siguiente, la que reuniría a toda la familia. Y yo me marcharía al día siguiente, en avión.

Iría al aeropuerto a hacer un fila y a enrentarme contra las personas del resto del mundo que no comprendían a nuestra ciudad.

Retazos de sueños


Que estaba de pie junto a una ventana, mirando hacia afuera. Llevaba un vestido café que me quedaba perfecto. Aún no se notaba, pero yo sabía que estaba embarazada y no podía esperar para soltar la noticia en medio de la comida familiar. Una alegría tranquila, una paz contenta.

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Que caminábamos por una ciudad con edificios modernos que se perdían en las alturas. Cruzábamos un semáforo cuando vi, en medio de la calle, el torso y la cabeza de un jabalí petrificado en una especie de gel. Espantada, noté que estaba vivo porque parpadeó. Nadie parecía ponerle atención.

No tuve mucho tiempo de horrorizarme por eso, porque entonces vi unos pequeñísimos ratones en el suelo. Estaban cubiertos de pelos pegajosos. Comenzaron a subirse sobre mi esposo, sobre sus piernas y su ropa. Quise quitárselos de encima con algunos manotazos, pero también estaban encima de mí, por todos lados. Echamos a correr y desperté.

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Baños. Cada noche sueño que debo encontrar un baño. Y todos están sucios u ocupados, o no cierran. Siempre tengo prisa.

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Me desperté con un sabor a sal en la boca. Era tan intenso, que al despertar tuve que buscar algo dulce que comer.

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Que conocía a Bono. 🙂 Estaba en un edificio al que un amigo mío me dejó entrar. Fui a pedirle un autógrafo. Me lo dio y comenzamos a hablar. Lo tomé de las manos, lo abracé y le expliqué lo que significaba para mí.

Él se veía cansado y enfermo, y no quería salir a enfrentar a la gente. Logró escabullirse en un auto y me dijo que subiera. Lo hice, pero me bajé unas cuadras adelante porque tenía que volver. Antes de irme lo besé en la boca.

Salí corriendo por una ciudad desconocida, pero que me era vagamente familiar.

Mateo


Debí haberlo sabido.

Iba a encontrarme con él a las dos en punto en el andén del camión. Era un día importante: Me habían pedido volver a presentarme en público y estaba nerviosa. Era la primera vez en casi tres años que cantaba ante tanta gente. Antes no tenía tanto miedo escénico, pero ahora confiaba más en mi voz.

Pasaban apenas de las dos y él no llegaba. Me detuve en el andén con mis cuatro hijas a mi alrededor y le pedí a la más pequeña que me pasará el celular para llamarle a su padre. Julia lo tomó y trató de teclear el teléfono de su padre, como había visto hacer a sus mayores.

Me quedé mirando sus deditos sobre las teclas y comencé a sospechar lo peor. Debí haberlo sabido. Sin razón alguna, recordé mis dedos sobre las cuerdas de mi guitarra como si representaran las señales que debí haber visto antes.

Con una preocupación creciente tomé el teléfono de las manos de Julia y le dije a las niñas que era tarde y que llamaría a su padre a la casa. Julia respondió:  «Papá nunca está preocupado por nada». Era su héroe.

Marqué y sonó varias veces el tono de llamada.

Mateo…

Contestó una desconocida voz masculina: «Bueno». Se hizo un silencio porque me quedé sin habla. Fue entonces cuando escuché las cámaras fotográficas emitiendo varios clics por segundo. Y lo entendí todo.

Me alejé un poco de las niñas, me agaché contra un muro y pregunté: «¿Quién habla? ¿Qué ha pasado? ¿Mateo?».

Quien asumí era un oficial de policía repondió, confirmando mis peores temores: «Señora, lo siento, lo encontramos en el suelo. Tenía una carta dirigida a usted junto a él».

«Nooooo», pensé y gemí a un tiempo.

Él dijo: «Por favor, señora, no me haga esto más difícil de lo que ya es»: Y yo pensé: «¿Qué clase de palabras son esas para una mujer que acaba de enterarse de que se ha quedado viuda con cuatro hijas».

Le pedí que me leyera la carta, escrita en papel amarillo:

«Sé que te he arrebatado tu última oportunidad razonable de que tu música fuera reconocida una vez más como algo bello. Pero quiero darte esto a cambio».

El oficial dijo que había un disco con una pequeña canción grabada. Me imaginé que Mateo pensó que esa canción sería la clave para aliviar la montaña de sufrimiento que me había echado encima con su acción. Pero yo sabía que no. Y era una canción que no escucharía.

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De nuevo y como siempre, yo sabía que es perfectamente posible, al menos para mí, volar.

Y volaba sobre las calles cercanas a mi casa, como siempre he volado, sin elevarme demasiado. Los vecinos me odiaban un poco porque solía pasar junto a sus ventanas flotando en el aire y ellos no lo entendían. Y a mí me parecía absurdo que no supieran volar si era tan sencillo y real.

Esta vez, recorría las calles sobre las azoteas, pero me di cuenta de un detalle: Me costaba trabajo volar en otra dirección. No quería volar ni a la derecha ni a la izquierda, y tampoco quería ir a donde no había ido antes (muy simbólico esto, ja).