Dying


Mi pequeña hermanita estaba muy enferma.

Yo la sostenía mientras ella tosía sangre, casi echada en el suelo a un lado del sillón.

La estreché entre mis brazos. Abracé ese cuerpecito pequeño del tamaño de una niña de seis años, pero creo que tenía más, tal vez nueve. Sus ojos oscuros tenían una cualidad conocida, así como su cabello castaño corto hasta la barbilla.

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Nudo corredizo / Mariposas negras


Que iba a colgarme con una cuerda. Estábamos en un clóset muy pequeño y la cuerda era demasiado larga. Una chica que estaba conmigo me ayudó a acortarla. Fuera de eso, la cuerda funcionaba, el nudo corredizo era perfecto.
Alguien lo había dejado todo dispuesto para mí muerte. Y yo estaba dispuesta.
Pero no llegué a hacerlo. Cambio de sueño.
—————
Tenía que matar a alguien, un viejo, pero en el último momento me arrepentía.
Me senté a contárselo a una amiga y a reírnos juntas del pobre hombre.
En ese momento, llegó volando una mariposa negra, de esas que presagian muerte. Fue directo hacia mí. Comenzó a atacarme.
Y entonces se le unieron más. Más mariposas negras volando y estrellándose contra mi cara, contra todo mi cuerpo. Y yo, en un estado de angustia, gritaba y rogaba que alguien hiciera algo, que alguien las alejara de mí.

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Las cuatro dimensiones


Subí la escalera y me encontré ante la entrada de un departamento. Todo lucía sucio y desgastado, como en una vecindad.

Tras la puerta de lámina blanca, encontré otras cuatro puertas que daban a cuatro cuartos vacíos e igualmente sucios.

De alguna manera supe que cada cuarto representaba una dimensión: longitud, altura, profundidad y tiempo.

Me acerqué al cuarto del Tiempo, que parecía llamarme más que los demás. Entré y vi escombros en el piso. Más allá, estaba la puerta de un baño.

En él, tras una cortina plástica de regadera, supe que se encontraba algo que me llamaba cada vez más imperiosamente, como un pulso, como el sonido repetitivo que hacen las olas del mar por la noche, barriendo el aire… ffffff… ffffff… cada vez más fuerte.

Atraída sin remedio, pese al horror que sentía por lo que pudiera haber detrás, me acerqué.  Y sin lanzar primero mis manos para protegerme, metí de lleno la cara, a través de la cortina, en la regadera. Y miré…

Y de inmediato, sentí el impulso de tirarme por la ventana. Lo que estaba detrás de la cortina vendría por mí. Era preferible lanzarme hacia la nada.

Y lo hice. Salté.

Y caí en un jardín abierto, cubierto de pasto seco.

Pensé que estaba muerta, pero entonces alguien llegó por mí, en una especie de carreta.

Yo había perdido mis zapatos en mi caída, pero esa persona me los devolvió. Me subió a la carreta y me llevó de ahí.

Había más personas con nosotros en la carreta. Se detuvieron a pedir algo de beber y, después de dudar, pedí una cuba, que no sabía en absoluto a ron ni a coca.

Les conté mi experiencia en el cuarto, en la regadera. Pero a nadie parecía importarle, simplemente querían marcharse de allí, seguir la fiesta.

Luz rosada, miedo olvidado


Elegí mi vestido para la fiesta de esa tarde. Era color rosa, con falda corta y floreado en la parte de arriba. Debajo de él, me puse lo que parecía un baby doll de la misma tela pero transparente.

Estaba en mi casa, era una especie de vecindad venida a más, con caminos franqueados por jardineras llenas de plantas, y en cada terminación, una casa de un solo piso. Yo vivía en una de ellas. Sola.

Cuando salí hacia a la calle, era la hora del atardecer. La luz tenía una cualidad rosada, como si estuviera mirándolo todo a través de ese pequeño cristal color ahumado con el que jugaba cuando era niña.

Atravecé la calle y llegué a la fiesta familiar. La gente estaba sentada en varias mesas. Mamá trajinaba con bandejas de comida y bebidas. Me pidió que la ayudará y lo hice, pero de repente me sucedió algo extraño…

No logro recordar qué fue lo que me molestó/asustó tanto, sólo sé que salí corriendo rumbo a mi casa. Crucé la calle corriendo lo más aprisa que pude. Entré en la vecindad y me perdí entre sus caminos y escaleras blancas. Subía y bajaba, entraba en un pasilllo y doblaba en otros.

Sentía pasos a mi espalda. Entre más me apresuraba por escapar, más miedo tenía. Más asustada estaba de los que me seguían, y de lo que había visto/sentido/oído allá atrás. Un miedo atroz, insoportable, que me consumía por entero.

Llegué a una escalera empinada, con decenas de escalones. No había otro camino y supe que sería imposible escapar de ellos a tiempo. Volteé para encarar a mis perseguidores.

Y sólo encontré frente a mí a dos personas que no me han hecho nunca daño. Él y su madre.

Y ellos preguntaron cuál era mi miedo. Recuerdo que se los expliqué, pero no puedo explicármelo a mí misma. Y ellos dijeron que no pasaba nada, que todo estaría bien. Y al final, todo está bien.

Playa nocturna


Una niña estaba ahí, siguiéndome, necesitándome.

Estábamos rodeadas de gente, en una casa, pero aún así sentía que estábamos solas.

Ella sabía muchas cosas y quería decírmelas, pero no encontraba cómo expresarlas.

———–

Mi padre nos dijo que quería darnos una sorpresa y nos llevó por un camino entre las hileras de casas que se alzaban, inmóviles y silenciosas, en la noche.

Reconocí el sonido y el aroma del mar al final del camino. La arena negra en los pies me lo confirmó. Al final de la estrecha vía se abría el mar nocturno. Todo era obscuridad y silencio, excepto por las pisadas de nosotros cuatro.

Las olas bañaban tranquilamente la playa. Al mirar hacia la izquierda, se veían los últimos restos del ocaso, una luz tenue y anaranjada que daba algo de vida al cielo y a la orilla vacía de casas.

Mi madre quiso ir hacia allá, pero él no. Dijo que la sopresa aguardaba más allá, hacia el lado derecho de la playa, hacia la obscuridad cerrada.

La sorpresa era una casa, una casa vacía, obscura y grande. Con cuartos hermosos, pero si nada nuestro. Y sin embargo, ahí estábamos todos nosotros.

(Ohh, simbolic…)

Un ‘rave’, mi hija y la muerte del mago


En una gran explanada llena de gente, él y yo teníamos que llegar a algún lado. Vimos pasar a tres jóvenes muy particulares, vestidos con rastas y ropa extremadamente grande.  Bailaban al caminar. Él quiso seguirlos porque sabía que se dirigían a un rave de los mejores.

Pero yo recordé que estábamos ahí para asistir a la escuela. Las clases se impartían al aire libre, bajo carpas.

Había faltado tantas veces a la clase de estadística que ni siquiera recordaba si ya estaba reprobada. Dejé mi bolsa en un lugar vacío junto a mis compañeras y les dije que regresaría antes de que iniciara la clase. Por supuesto nunca lo hice.

Fui a buscarlo. Él se había reunido con un grupo de gente que bailaba afuera de un extremo de la gran plaza. Allí, detrás de una puerta, se llevaría a cabo el gran rave.

Lo vi entrar y lo seguí hacia adentro. Me sorprendió encontrarme dentro de una iglesia. Era enorme y subterránea, y su humedad de caverna enfriaba todas las cosas. Mis ojos no alcanzaban a abarcar todo el interior. Sólo veía bancas de madera y veladoras encendidas. Escuchaba cánticos cargados de eco.

Un hombre que estaba de pie junto a mí me habló en susurros: «Tienes que caminar hacia el fondo y doblar a la izquierda para llegar. Una vez ahí…». Lo interrumpí diciéndole que yo no iba a esa fiesta. Que yo sólo iba a buscar a alguien.

Me dejó pasar y caminé por un pasillo techado, hacia donde pensaba que él se había dirigido.

Al final del corredor, me encontré en un espacio abierto, limitado por árboles en sus orillas. Al centro había un lago, brillando tenuemente bajo la luz nublada de la tarde. Y al fondo del lago había una estatua vieja de bronce, enclavada entre la hierba y árboles que lo rodeaban.

lago estatua hija raveMe acerqué lentamente, caminando sobre una plataforma de madera que daba al centro del lago. Todo era mágico, encantado. Flotaba una sensación de soledad y una paz que era tan consoladora que me perturbaba. No podía ser real.

De repente, él apareció junto a mí. Me dijo que había querido enseñarme esto desde hace años.

Me contó que ésta era una fuente encantada. Según la leyenda del lugar, el príncipe y su doncella se amaban, pero por algún encantamiento quedaron separados. Él fue hechizado y convertido en estatua y destinado a permanecer allí durante toda la eternidad hasta que ella volviera a buscarlo.

Miré más atentamente la estatua. Representaba a un hombre fornido y guapo, vestido con mallas, jubón, y sobre los hombros, una capa. Su rostro había quedado petrificado en una mueca sutil de sufrimiento, y sus cabellos, inmóviles en el momento en que algunos le caían sobre la frente.

De pronto, sentí un movimiento en la orilla del lago junto a donde yo estaba. Me puse en cuclillas y me acerqué más y, en medio de las aguas estancadas y mohosas, vi surgir una figura desde el fondo: una mujer.

Retrocedí asustada. Vi su cuerpo mojado, sus cabellos empapados y su rostro desfigurado por la desesperación.

La estatua comenzó a moverse desde el fondo, como si alguien hubiera accionado algún interruptor, y avanzó hacia la mujer del agua.

Esto no era posible, me dije. Los vi encontrarse en el centro del lago y abrazarse. Luego no pude ver nada.

Caí sentada sobre la plataforma de madera y volteé una vez más hacia el agua. Ya no había estatua, ni príncipe ni doncella, pero vi salir a otra figura más del lago.

Ésta era más chica, y ágilmente subió al borde, caminó por la plataforma de madera y se abalanzó sobre mí.

Era una niña pequeña y me abrazaba. Me abrazaba con todas sus fuerzas. Me desprendí de ella un segundo, sin entender. Vi su cara sonriente, su piel blanca y tersa, y su cabello negro y corto que me recordaba al de él.

Entonces comprendí: Era mi hija. Me lo repetí una y otra vez en el éxtasis de la alegría y la confusión. Mi hija. ¿Qué habíamos hecho? ¿Cuando había sucedido esto? ¿Dónde había estado ella durante los cinco años que aparentaba tener?

Nadie contestó a mis preguntas y me di cuenta de que en realidad no me importaba saber las respuestas. Sólo estaba feliz de tener a mi hija entre mis brazos.

Él se agacho junto a mí y nos abrazó a las dos.

——-

Estaba en una ciudad grande y llena de gente: una mezcla entre Disneylandia y San Francisco. Todo era amarillo y lleno de sol.

Caminaba por las largas calles llenas de puestos y tiendas hacia el lugar donde nos reuníamos todos, donde vivíamos todos. Éramos todos amigos y éramos muchos, decenas quizás, repartidos en varias casas y vecindades cercanas. Éramos todos familia.

Llegué a una de nuestras casas. Dejé mi bolsa sobre la mesa del comedor y me senté a platicar con las chicas mientras veíamos hacia la calle a través de los enormes ventanales abiertos.

Todas las casas eran así, abiertas. Puertas abiertas, ventanas abiertas, apenas había paredes. El techo era la única ventaja de tenerlas.

Decían que había llegado un mago a la ciudad, un ilusionista. Que se iba a presentar en el muelle al atardecer.

De inmediato quise verlo, siempre me han fascinado los trucos y las ilusiones que dejan a mi mente absorta.

Me dirigí hacia allá y los demás dijeron que me alcanzarían luego. Caminé por el muelle, un espacio muy largo de agua, flanqueado por dos extremos de concreto a cada lado. Al fondo, había un enorme muro lleno de vegetación que era la frontera de la ciudad.

Caminé por el extremo derecho del muelle, esquivando a las personas que estaban sentadas en el suelo, en grupos, observando el acto.

Me paré lo más cerca que pude del muro que estaba al fondo.El mago estaba ahí, vestido de negro. Estaba haciendo un acto de escapismo. Lo vi sumergirse en un tanque lleno de agua. Lo vi tratar de salir de él, tirando de cadenas y nudos sin éxito. Las ramas y enredaderas del muro enmarcaban su desesperación.

Después de unos minutos de intentos infructuosos, los organizadores rápidamente nos pidieron que nos marcháramos, y bloquearon nuestra vista con mamparas. Yo crucé y regresé por el lado izquierdo del muelle, quería llegar a contarles todo a los demás.

Ya sobre la calle, me encontré con un amigo que era policía. Le pregunté qué había pasado con el mago, si él creía que sobreviviría. «Ya está muerto», dijo. Y se fue a colaborar en el suceso que estremecía a aquel pueblo pequeño.

Yo seguí caminando hacia mis casas, o al menos eso pensé, porque de repente me di cuenta de que volaba. De la manera habitual. Estaba recostada paralelamente al pavimento, moviendo los brazos como remos para impulsarme. Simplemente flotando encima de la calle.

Avanzaba con dificultad, los obstáculos como árboles y jardineras me estrobaban. Además, sabía que no estaba tan concentrada como para poder dominar mi vuelo. Cada movimiento requería mi máxima concentración. Y en ocasiones, mi cara rozaba el suelo.

Por fin me reuní con ellos. Hablamos del mago, hablamos de la fiesta del día siguiente, la que reuniría a toda la familia. Y yo me marcharía al día siguiente, en avión.

Iría al aeropuerto a hacer un fila y a enrentarme contra las personas del resto del mundo que no comprendían a nuestra ciudad.

Persecución y escondite (otra vez)


Estábamos en un viejo anfiteatro, rodeados de una veintena de personas. Todo parecía ir bien. Pero entonces ellos dijeron que eran hombres lobo, y que bastaba ver su cabello rojo encendido y sus adornos verdes para comprobarlo.

Yo no pensé que nos atacarían, pero él me tomó de la mano y me obligó a correr.

Corrimos fuera del anfiteatro y nos encontramos dentro de un estadio. Iba a dirigirme hacia la salida, donde había guardias y quizá una posibilidad mayor de huir, pero él subió por las gradas y yo lo seguí.

Subimos hasta llegar a los palcos. Abrí la puerta de uno y entré. Nos separamos.

Abrí puertas tras puertas, subí escaleras y más escaleras. Corría, en pánico, a través de baños, a través de cuartos. Hasta que llegué a una serie de departamentos.

Entré a un departamento, silenciosamente. Las paredes eran de madera y el sol iluminaba todo. Abrí puertas y clósets, en busca de un lugar donde ocultarme. Robé un vestido verde para poder cambiarme de ropa y no ser reconocida. Oí los pasos de la dueña de la casa y tuve que salir.

Iba a subir por una escalera, pero escuché pasos que bajaban. Me quedé petrificada. Una chica bajó, me miró y dijo: «Te están buscando en el piso de arriba».

Volví sobre mis pasos y corrí hacia al otro lado del pasillo, completamente asustada y abrí la primera puerta. Resultó ser una especie de oficina, con una hilera de baños a un costado. Estaba dispuesta a meterme en un bote de basura de ser necesario, con tal de que no me encontraran, pero no cabía en ninguno.

Vi un gran clóset, de pared y pared y de piso a techo. Subí, con trabajo, a la parte más alta y me hice espacio, quitando muñecas y ropa. Otras dos chicas estaban allí, también escondiéndose.

Traté de cubrirme con las mismas ropas para que los perseguidores no me vieran si es que abrían las puertas.

Cerré la puerta corrediza frente a nosotras y jalé con todas mis fuerzas de la puerta pequeña del lado derecho, que se seguía abriendo.

Rezaba con todas mis fuerzas para que no me encontraran, que no me encontraran por favor…