(Dizque) alma gemela


(Soñé que) debía ir en busca de mi supuesta alma gemela. Alguien me había dicho dónde encontrarlo, y yo seguía sus instrucciones.

Conocía el edificio. Subí al elevador de la izquierda, no al de la derecha como siempre hago. Y de inmediato me arrepentí: No funcionaba bien, parecía detenerse más tiempo del normal en cada piso. Para cuando llegó al tercer piso, literalmente las paredes del elevador se me venían encima, eran como paneles de seda color rosado. Claustrofobia.

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Nena


(Soñé que) miraba hacia abajo desde un balcón sin rejas. Estaba acostada bocabajo sobre el piso, y mi cabeza colgaba hacia el abismo de un par de pisos. La gravedad hacia colgar mi cabello claro y largo frente a mis ojos. Lo peiné entre mis dedos, y por un momento eso me dio la señal de que estaba en medio de un sueño (en la vigilia, mi cabello  luce igual de corto que el de un chico). O tal vez esto era el futuro, pensé.

Mientras miraba hacia el balcón del piso de abajo y hacia el pasto que creía en la banqueta, sentía nostalgia. Pensaba en el hombre que debía visitarme esa tarde y cuyo retraso me hacía sumirme en la añoranza. Una añoranza que cargaba desde mi infancia, una larga añoranza de él, que yo sabía que no terminaría jamás, ni siquiera si eventualmente aparecía esa tarde en mi casa.

Abandoné la esperanza tras un rato y me puse de pie. Cuando volteé hacia la habitación que tenía a mis espaldas, vi dos figuras descansando en la cama: Mi madre y mi hija (…)

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Amuleto


Había ido a un mercado a comprar un amuleto a un amigo que era dueño del puesto. Tras buscar un rato, lo hallé: Una cadena de chaquiras azules.

Él tuvo que irse y me dejó sola con una anciana y un chico. Entonces, el cielo comenzó a cerrarse mientras se acercaba una gran tormenta.

Yo tuve miedo porque no sabía cómo regresar a casa. Nos subimos todos a un camión, y en él había un niño.

El niño no sabía que estaba muerto, al igual que yo y mis acompañantes. «La única razón por la que puede vernos es porque está muerto como nosotros», le dije a la anciana, bajando la voz para que el pequeño no me oyera.

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Dying


Mi pequeña hermanita estaba muy enferma.

Yo la sostenía mientras ella tosía sangre, casi echada en el suelo a un lado del sillón.

La estreché entre mis brazos. Abracé ese cuerpecito pequeño del tamaño de una niña de seis años, pero creo que tenía más, tal vez nueve. Sus ojos oscuros tenían una cualidad conocida, así como su cabello castaño corto hasta la barbilla.

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Nudo corredizo / Mariposas negras


Que iba a colgarme con una cuerda. Estábamos en un clóset muy pequeño y la cuerda era demasiado larga. Una chica que estaba conmigo me ayudó a acortarla. Fuera de eso, la cuerda funcionaba, el nudo corredizo era perfecto.
Alguien lo había dejado todo dispuesto para mí muerte. Y yo estaba dispuesta.
Pero no llegué a hacerlo. Cambio de sueño.
—————
Tenía que matar a alguien, un viejo, pero en el último momento me arrepentía.
Me senté a contárselo a una amiga y a reírnos juntas del pobre hombre.
En ese momento, llegó volando una mariposa negra, de esas que presagian muerte. Fue directo hacia mí. Comenzó a atacarme.
Y entonces se le unieron más. Más mariposas negras volando y estrellándose contra mi cara, contra todo mi cuerpo. Y yo, en un estado de angustia, gritaba y rogaba que alguien hiciera algo, que alguien las alejara de mí.

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Puerta blanca


Él y yo ante una puerta blanca, cerrada. Ante una puerta que no queriamos traspasar.

Estábamos bien del otro lado. No interesaba lo que había más allá. Éste era nuestro lugar.

Ni adentro ni afuera, simplemente separados de lo que sea que hubiera del otro lado, de ese misterio: oficinas llenas de trabajo importante que hacer, miembros de un régimen secreto elaborando estrategias, cuarteles de hombres armados preparados para atacar.

Yo me inclinaba por esto último, por eso me sobresalté cuando se escuchó la voz grave y rasposa de un hombre al otro lado de la puerta.

Preguntó si todo estaba en orden. ¿Si todo estaba en orden…? La pregunta no iba dirigida a mí, ciertamente, sino a aquel que estaba de pie junto a mí al otro lado de la puerta.

Él respondió que sí, que todo estaba bajo control, que la prisionera estaba bajo control.

Era yo la prisionera. Y él, mi celador.

Pero debajo de eso, de ese papel, él me cuidaba, era mi protector: Mi guardia y mi guardián.

Llena de miedo, traté de cubrir el ojo de la puerta para que el hombre al otro lado no pudiera ver lo que pasaba aquí.

Él estaba preparando comida para mi, como solía hacer.

Caminó conmigo y me dejó en el camino hacia el campo, cargada de comida escondida en los bolsillos. Me dijo que le había pedido a la encargada de las labores que no me hiciera trabajar demasiado. A mi no me gustaba esa idea. Pero en el fondo, me conmovía que hiciera eso por mí, y me conmovían todas las cosas que solía hacer.