Energy fields


Crawling from the edges
to the inside.

Qué incómodo is to reach
for los demás
cuando el único alivio
es uno mismo,
when the only relief
is to stay away
and protect
oneself
from the painful energy fields
that surround and harm
this effort to live
—el esfuerzo de vivir—.

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Guerrero


Mi primer poema para Salto al reverso en mucho tiempo. Pueden votarlo aquí: https://saltoalreverso.com/2018/04/30/votacion-6-para-la-antologia/

SALTO AL REVERSO

Hermoso y terrible,
el momento
en que convocan
a la batalla.

Hay tan poca tregua
entre cada matanza…

Aún la sangre de ayer
palpita en mis oídos.

Si cierro los ojos
aún puedo ver
los laberintos.

Y sin embargo,
yo juré
cumplir el mandato

sin importar la muerte,
la ausencia, la fe,
el enemigo.

Las hojas de té
giran, indecisas,
en la taza.

Los ojos de ella preguntan:
«¿Irás?».
La beso en la frente.
«Iré».

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Tres estudiantes de cine…


Arte y denuncia

¿Será cierto?
«Tres estudiantes de cine
son asesinados
y disueltos en ácido

por el narco»,
así reza el titular.

Me destruye leerlo
a las nueve a eme
con un café con leche.

Qué poco puedo hacer.
Votar en la dirección contraria
o no sé…
¿servirá de algo?
Dejar mis letras
para conmemorar
un nuevo horror,
la tragedia mierda
de ver tres vidas
disueltas
por ‘error‘.

Inenarrable,
incomprensible.
Oh, México…
dolor.


«Asesinados y disueltos en ácido los tres estudiantes de cine desaparecidos en Jalisco»: Miembros del Cartel Jalisco Nueva Generación confundieron a los alumnos con sus rivales en la región.
https://elpais.com/internacional/2018/04/24/mexico/1524532515_935757.html

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Escapando del recuerdo – Benjamín Recacha García


SALTO AL REVERSO

Escapando del recuerdo
Por Benjamín Recacha García

Sara trabaja en un camping de montaña durante la temporada veraniega. Luis es un turista solitario que busca paz para su corazón herido. Una mañana coinciden en el cuarto de la lavadora, sin sospechar que ese encuentro fortuito podría ser el punto de partida a una nueva vida; un nuevo comienzo que les permita escapar de los recuerdos que los mantienen anclados a relaciones pasadas.

Esa misma noche vuelven a verse en el bar, y la electricidad empieza a fluir. Más tarde, rodeados de naturaleza, bajo la luna y las estrellas, intercambian confesiones y sienten nacer una conexión especial. Pero algo de lo que dice Luis abre una puerta del pasado de Sara que ella quería mantener cerrada, y se asusta, tanto que decide regresar a Granada, al abrazo de su Alhambra admirada.

Luis no entiende qué ha pasado, pero sí sabe que…

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El ojo del universo


El cuerpo no responde,
el alma
se concentra en el dolor.

El azul marino
—¿o el negro?—
la devora,
y pides perdón.

No hace falta.
Yo comprendo y no:

las opciones se reducen
al extrañe o el destroce,
la implosión o la explosión;
la sinrazón.

Y me miras fijo:
«Yo sé tus pensamientos».
Sí y no.

Ellos no, pero yo los veo todo el tiempo.

El ojo del universo
observa desde lejos
nuestra obsesión.

Y cantamos los recuerdos
en los giros de los bailes
alegres y tristes,
sin redención.

Hablamos de nuestros hijos
que no están presentes.
«Yo sé tus pensamientos»,
dices.
Y no.

Ellos no, pero yo los veo todo el tiempo.

Y el ojo del universo
arroja su mirada
ubicua y silente,
y no sabremos nunca
si tenemos su perdón.

Invasores / Orden (pesadillas)


Vinieron en medio de la noche e irrumpieron en mi casa, una mujer, un hombre y un chico. Aún no salgo del terror.

Entraron a mi hogar como si fuera el suyo, caminando por las habitaciones como si les pertenecieran.

Corrí por el teléfono para llamar al número de emergencias, pero me detuvieron. Cuando el chico me arrojó sobre la cama, mordí su mejilla antes de que pudiera tocarme hasta que le arranqué un pedazo de piel, pero a él no pareció importarle. Los otros lo reprendieron y me dejó en paz. Me explicaron que solo necesitaban un lugar para pasar la noche porque la policía los buscaba.

Nos fuimos ‘a dormir’; era de madrugada. Yo, en cama, no dormía, solo estaba preparada para el ataque. Tomé como arma cualquier cosa que pudiera defenderme, pero una parte de mí me decía que era mejor que los dejara en paz. Y entonces, de mañana, tomarían sus cosas y se irían.

Más tarde, miré las noticias en el celular. Allí estaba el rostro de ella en todas partes.

—¿Esta eres tú? —le pregunté, poniéndole el teléfono frente a la cara.

—Sí.

Y ellos eran el hijo y el esposo. Ella era una activista o algo por el estilo. Me compadecí un poco, en medio de mi enorme cautela. Miré sus pocas pertenencias.

—¿Tienen suficiente ropa?

—Apenas… ¿Tienes jabón?

—Sí.

—¿Pañales?

—¿Pañales? No.

Junté algunas cosas para darles. Y rogué dentro de mí: «¿No es verdad que se irán pronto, antes del amanecer?».


Yo había preparado todo con calma, según las instrucciones. Pasé horas armando mi pequeño equipaje, las únicas pertenencias que podría llevarme a ese viaje hacia ‘el lugar seguro’ al que las autoridades prometieron llevarnos. No es que tuviéramos alternativa alguna. Era un comando obligatorio: era la guerra (o el fin del mundo) y debíamos ingresar a un refugio.

Solo una pequeña maleta por persona, dijeron.

Así que guardé en ella todo aquello de valor: una antología, las revistas, libros, cuadernos, algunas cartas, impresiones de conversaciones, fotografías, archivos en el USB, anillos, aceite de menta, lavanda, pequeños, pequeños recuerdos gigantescos que lo son todo para mí. Y todo ordenado. El orden de mi vida por el que tanto he trabajado y luchado.

No recuerdo siquiera haber llevado alguna ropa.

Cuando los militares llegaron, el lugar ya estaba casi vacío. Varias personas los esperábamos con nuestras pequeñas maletas o portafolios en las manos.

Su actitud desde que llegaron: los amos del mundo, los dueños de la suerte de todos; y lo eran.

Tomaron mi maletín y lo sopesaron y lo midieron a ojo.

—Es demasiado.

Uno de ellos lo abrió y, sin piedad, regó el contenido por el suelo y lo pisó, procurando que todo quedara totalmente destruido.

Mi desolación no puedo ni expresarla.

—Vuelve a hacerlo.

Y yo pensé: «¿Cómo?, ¿cómo puedo reemplazar todas esas cosas valiosas que no existen más, y el orden en que las dispuse. Mis recuerdos, mis recuerdos, todos esos recuerdos que me esforzado en atar como hilos que tienden a destrenzar…».

Y a pesar de ello, comencé a planear la nueva maleta. Mi mente no me da tregua. La supervivencia no da tregua.

La suprema falta


Los ojos cerrados
que miran hacia arriba,
ciegos,
en un espasmo de dolor.

La boca abierta,
y en la garganta
palpita,
muda,
una llaga de dolor
que es lava,
materia del alma,
que punza y supura
la herida más alta:
la suprema falta.